Sin remitente

Toc, toc, toc. 

Adivina quién. 

¿No me abres la puerta? 

No es cómo si no supieras cómo es el mundo detrás de la mirilla —apunta, toc, toc, toc—. Tu sonido favorito son los tonos de espera, por eso me los he memorizado sentada con el cable en espiral entre los dedos, coqueteándole al tiempo. Siempre cae buzón. 

Vamos a jugar algo.

Ya te sabes las reglas, podrás ser el primero, pero nunca el único en tirarme de las trenzas contra el arenero. Te has amañado de nuevas trampas, esta es casi, casi idéntica a mí. Rizos de caoba, mejillas tostadas por el sol, y puedo reconocer esa mirada ignorante a veinte años de distancia, no podría ser de otra forma, si la has elegido así. Y sé tus intenciones, ¿sabes tú las mías? Mientes tanto —y tan bien— para ser un hombre que «nunca sabía qué decir». Siempre subrayando mis palabras, porque ese es mi talento, qué palabra usar, qué tragar, qué escupir. Tu versión más perfecta, la costilla encajada. Y sin embargo, lo más valioso no era poder consolar tu tristeza con poemas, cartas en puño y cartílago, sino mi silencio. 

Cuán preciado puede ser callar, ¿no lo crees? Mas te cuesta tanto, tanto. Me necesitas muda, pero no soportas el recogimiento del mar, desde tu orilla tan sola. No soportas saber que sé. Y no te culpo. De ti aprendí que todo hombre nace siendo mal querido; para aquel que nace sobreviviendo, la mentira es su único adjetivo. Pero eres tan, tan tonto. No todos los monstruos se hacen grandes, eso también lo aprendí de ti. Sólo fuiste el tentempié de una serie de depredadores, uno más parecido al otro, y tan poquita cosa al final. Qué grande se ve el abandono cuándo el cuerpo es pequeño, cuando te besa con la boca áspera y alcoholizada. Tú también fuiste pequeño, minúsculo bajo el cinturón del monstruo que azota, por eso me dejaste ahí, como tributo, la sustitución perfecta. 

Yo escapé, pero tú no querías huir, Querías ser más que esa enormidad. Más cruel, más sádico, más víctima, más santo. 

¿A ella también le has dicho que si alguno quisiera hacerle daño, le partirías las piernas? Por supuesto que no, no usas la misma retahíla entre peones. Ella no ha dejado las lágrimas de purpurina en tu camisa, qué adorable me veía con el rostro pintado de mariposas e ilusiones, ni ha rogado por un poco, una ínfima, pequeñísima, parte de ti en pertenencia. He olvidado cómo te veías, no tu voz ficticia. La nariz sangrante y las lágrimas de cocodrilo, ¿a los cuántos meses dejaste de buscarme en objetos perdidos? Todavía me como las costras de las rodillas.

Pudiste haber continuado, como defendiste, intentando ser feliz. Pero la soberbia te puede más que el recato, sigues siendo la misma materia reprobada. Te he visto en tantos escenarios, y en todos, cada uno de tus tú, terminan igual. A veces huelen a alcohol, a veces a hierba, a veces a las curiosidades de una alucinación guiada que culminará entre mis piernas o entre mis brazos, pero siempre arrastrando la misma culpa. Colecciono tragedias como tú te atragantas de morbo de un deseo corrupto. No aceptas el rechazo de mi perdón, era tan solo natural que necesitaras abrir mi tumba, despertar a las larvas, regodearte en tu fantasía. Tenemos el mismo tumor, pero aún apuestas por que moriré primero. Ella es casi, casi, idéntica a mí. Impoluta, inocente, cándida, ¿te has asegurado de qué sí podrás envolverla lo suficiente hasta que transcribas tu final? El capullo se abre, quieras o no. Nadie quiere peor que aquel que quiere desde la necesidad, tú y yo lo entendemos bien. Y tú me necesitas, porque soy la pantomima. 

Toc, toc, toc, ¿sigues ahí? 

Mi tortura fue la excusa perfecta, aún le debes tanto a mi bilis, a mí flema. Mi silencio diáfano te ha regalado tantas cosas, y aún así tenías —por supuesto que tenías—, que intentar hurtar más. Las criaturas como tú tienen este extraño, fascinante impulso de comprobar si aún pueden atentar más contra la carne. Tu sangre es mi sangre y mi sangre se cobra, se desborda, se escurre entre las grutas donde hace eco tu pestilencia. Te convenía tanto mi silencio, usarme como la tentativa de consuelo, como la herida predilecta. Dime, ¿qué pasará cuando ya no puedas fingir que te inmolas por lo que (me) has hecho? 

¿Esos ojitos oscuros te seguirán mirando con el amor que alguna vez miré al mundo? 

Mímesis de mí.

Si caigo, no caerás conmigo. Hay un lugar mucho mejor para ti, uno que conoces tan bien y al que le temes tan profundamente...

Podías haberte conformado con mi ausencia de respuesta, con mi resignación comática. Pero tú necesitas hacer de todo lo mismo; he sido la madre de todos mis amantes, mas sólo tú has sido tan náusea, tan enfermedad. No quieres una madre, hombrecito triste, pusilánime. Tú miras a la mujer como tu amante, sea madre, sea amiga, sea enemiga, sea tu hija. Tu única hija. Somos todas parte de este universo repulsivo de castigo y vísceras, somos todas el mismo objetivo. De las más grande a la más chica. 

Entonces, ¿por qué huyes ahora? Ahora que tienes lo que quieres, mi ojo en tu lupa, mi yema en tu escara, ¿qué te asusta? ¿Es la repugnancia del reflejo, de saberme como tu única verdad? ¿O es la soledad que te espera cuando mi dolor, del que te has apropiado cual vulgar ladrón, no sea más tu instrumento? Querías mostrarme tu nueva muñeca, darle cuerda para saquearme las piezas que me quedaban. Ya alguien lo hizo antes que tú, para tu decepción. Y para mi aburrimiento, sé que sólo amas a la cría mientras ames a la madre, soy el sueño húmedo de tu familia feliz, y el pedazo de tu hueso más fiel a la creación de esta obra que llamaste olvido. Eres demasiado atrevido para ser alguien con tanto miedo a quedarse solo consigo mismo. Yo sé lo que soy, y yo he sobrevivido. ¿Cómo sobrevive, dime, aquel del sexo lúdico y fracasado? ¿En qué falda se esconde cuando se le acorta el hilo? ¿Dónde se refugia el cuerpo enfermo, enllagado, la boca desdentada de razones? Cuando el perfume a pus y orín se cuele por las esquinas, ¿quieres adivinar quién toca la puerta? 

En un atisbo de nostalgia, mi madre aún dice que me veo tan tú durmiendo.

Pero yo duermo con la conciencia limpia.

Deshazte de mi cuerpo

 Deshazte de mi cuerpo, 

o no. 

Cuando llegue el momento —no amargues el rostro, tú, yo, estas ganas de ausencia lo sabemos—, quizás puedas rescatar, todavía, pedacitos de mí. Saca de entre los huesos secos y la piel leprosa, enjúgame, por piedad. Sé que partiré antes que cualquiera de nosotros, y que me quedé más que cualquiera de ellos. Mas la miseria escuece, y más se hunde la astilla. Que de esta dulzura aún se liba, se alimenta: cóceme en tu espera, en tus dudas, en la única creencia de que sólo yo podía hacerme esto a mí misma. Hurga entre esta jaula de costillas y permíteme escupir las plumas que se me encarnaron entre las cuerdas vocales, ya no gritaré, descuida, nunca he podido, ¿pero no sería un consuelo volver a murmurar, siquiera? Vibrar tan bajito, como lo hago entre tus dedos, como la lira que se fractura con tus espuelas. Si me arrancadas los dientes, por fin, tal vez querrías volver a besarme; no tengo fuerzas para morder, aunque la tuviese, nunca fue un impedimento para ultrajar mi boca. 

Mete el dedo en la llaga, remuévelo, clávame las uñas, nadie me escuchará. 

Ponme en alfileres, de colores, acomodada en algodón.

Este pecho voodoo late como un tamborcillo de cuerda y ahora se me ha enredado, sólo necesito tirar la silla. Siempre he ido de puntillas por la vida, no se me ocurre otra forma de dejarla. Lávame la cara, por última vez, que ya no lloro y se me opacan los prismas con los que veía nuestro mundo. Esta capilla arde y me he quedado siendo la dama de honor. Tómame en autólosis, antes de que hieda lo que queda de mi alma, amarme siempre fue un acto de necrolagnia, pero te puedes llevar la parte menos agusanada de mi manzana, dejarme en el almíbar de sus semillas. Apresúrate en beber la sacarina de mi centro melaza antes de que arda, de que regrese al lugar de donde nunca debió brotar. Un pequeño injerto bastardo, parasito en las paredes de este dédalo, trepadora al fin. Hasta el adefesio más purulento resiente ser visto con ternura, si esta le recuerda su orfandad. Cuando llegue el momento, cógeme sin guantes, el asco lo perdono, pero no la esterilidad. Déjame llevarme las marcas colmena, el tacto enmohesido. Quiébrame los dedos de los pies, absuélveme de salir corriendo otra vez y creer que puedo escapar de la bruma. No consueles este hambre y déjame fenecer sabiéndome. Que el mayor acto de adoración es recordarme que nunca fui inmaculada, mi pureza fue violentada mucho antes de ti. Sólo la lavé a lamidas, como el perro herido que ofrece el lomo manso. Cuando la carne se pudra y la caricia amenace, si tan solo pudieras dejarme reposar en tu regazo, hasta que mis pulmones se sequen como flores de higo, sería (yo) suficiente. 

De esto que siente, que duele, que se rompe entre esquirlas, que ha permitido tanto.

Deshazte de mi cuerpo, que de mí ya lo han hecho. 

fascinare

   La espiga se encorva al viento, vaporoso, mientras tus dedos se intercalan con los míos. En el campo de trigo hay un silencio que silba, me enfría las orejas, tu voz es muda y aún así la escucho entre partículas de pastura y sol. El dorado del polvo se pierde en tu pupila ausente. 

   Si me soplaras tu aliento para respirar, ¿sentirías el agujero negro que construye mis entrañas? Tu boca es alimento, fruto y prosa, mi pecho está henchido de pasado, me arrastra, me arrastra... La marea nos marea, pero no te dejo. Tu respiración es un suspiro que ensordece. 

   El vacío salta en mí, mi cuerpo charco y llovizna; ojitos cansados, ¿me puedes sujetar? Si me resbalo de tus manos podría convertirme en brea ardiente bajo la miel de tu mirada. Hay aprehensión en el vistazo que le das al mundo —no hay mundo aquí—, y orbito alrededor del tuyo porque no encajo en el rompecabezas. Soy un matojo de venas pinchadas y tú un algodón virgen de hiel. 

   No me puedes salvar. 

   No estoy hecha para ser salvada. 

   Y si fueras a llorar, y si fueras a sangrar, y si el miedo fuera a entretejerse en el tercer intercostal, como un prurito malévolo, como una hiedra que se enreda, ¿qué soy yo, sino álcali y aceite? El perro manso, con los colmillos limados de hambre, la cola meneando al tacto de tus yemas. Déjame atragantarme en ese dolor, engullirlo en el mío estepario, mutilarme en él y alimentarte de la carne tierna, del almíbar que deja la sangre cuajada entre sudores. Que entre mis brazos te sepas amado antes de nacer, arropado en devoción. Que no te quede duda de muerte, porque de ella he gestado y vivido. 

   Tus pasos son muy largos y tengo piernas cortas. 

   En este corazón alfiletero late la inquina del abandono y la furia desdeñosa, triste de mí. Muerdo la mano que me alimenta y resollo al lado de la putrefacción de mis cadáveres, se apilan, entre larvas y légamo. Podrías vomitar tu angustia, verterla directamente en boca para alimentar al pichón en mi pecho, y no sentiré nada. Abrázame antes de que me quiebre, como un caleidoscopio, y mis prismas dejen en cenizas todo.  

   ¿Cómo un rostro tan triste puede ser tan hermoso? Me muerdo las uñas para tocarte, no vaya a ser que te me desmorones entre mordiscos; tanto como deseo acunarte y esconderte bajo mi falda, anhelo el sabor de tu sal, que mis dedos sean gubias en tus cuencas oculares y sorber cada necesidad de tu mirada, libarte, rumiar en la piel amoratada, arañada, arrullado por el reclamo de los ecos en mi cabeza, en el fuero de mi encarnizamiento. Pequeñas voces depravadas que se regocijan en la imagen de mi gula, metiendo la lengua en la llaga, coqueteando. ¿Puedes escuchar el ansia? Tus cabellos de heno se enredan entre mis manos, busco la aguja para coser mis fauces. Podría comerte, tu cuello late como un pequeño tambor de cuerda. 

   Mas retrocedo, con las patas quebradas por mí y para ti. En la contención se encuentra la entrega, en el castigo el premio. 

   Y duermo entre espigas, bajo tu palma caliente, sonriendo tras el bozal sin amarrar. 



La Merche

   Hay un muerto conmigo. Nadie lo sabe, mientras cuerpos colisionan piel con piel y polvo con polvo cuando la guagua se tambalea por ambos, un exceso de pasajeros y un camino con huecos profundos de desidia. Tengo el estómago vacío y volteado, los gritos de los tripulantes de esta nave miserable no ensordecen la realidad: hay un muerto conmigo. Ciento veinte kilos reducidos a una pequeña bolsa plástica de cenizas que parecen doscientos gramos de pimienta negra en una caja de madera que acabará en la basura. La sostengo en mi regazo como un sonajero mudo cuyas bisagras baratas apenas vibran con cada vaivén del automóvil que me parece se mueve tan lento como el propio tiempo. El pasajero a mi lado huele a cebolla y me tiene acorralado contra la ventana truncada, astillada y con el papel ahumado arañado. Miro a la calle como un negativo a medias.

   La Merche se murió. Algún día se iba a morir, dialogan mis recovecos en una protesta. Y lo sé. Mas no lo hace menos surreal. Su robusto cuerpo se veía aún más grande sobre el suelo del baño: un infarto, dijeron. Algo tan espontáneo no parecía propio de ella. Un gajo de carne enfitematoso sobre un pozo de fluidos. Nunca tuvo teléfono ni nadie que la quisiera y la encontré cinco días después. No olía particularmente mal, tampoco particularmente bien, perfumada en el lodo de una ducha rural, la tacita que usaba para bañarse llena todavía, mosquitos incubando en su interior. Nadie en la familia pidió un sepelio, cremada fue, como un perro al que se le dio el alivio de la eutanasia y cuyos restos seguramente ni siquiera son suyos, sino los de seis más. 

   Pero yo sí quería a La Merche. No siempre lo hice, es cierto.

   Tenía catorce cuando me tiraron en su casa; en toda familia existe la escoria, el lumpen emocional y focal. Esa era La Merche. En su ranchito de tablas y lámina, animales entrando y saliendo de la habitación-sala-cocina, la grasa corriendo en la fórmica engrapada de las paredes, casitas de barro colgadas en los bastones de tronco y tubos recortados que sostenían la estructura. La Merche, la pánfila Merche. La hermana que nadie podía ayudar, la tía inexcusable. Aunque nunca supe cuál fue su pecado, más que ser ella. 

   Mis padres habían decidido que lidiar conmigo era demasiado cuando no podían lidiar con ellos, y por supuesto, ¿qué mejor castigo habría para mi propio pecado que arrojarme a lo que ellos entendían como una enseñanza trágica para aprender a estimarlos? Supongo que encontrar las fotos de mi romance de liceo, el guapo y acneico chico del 2-B era verdaderamente la última gota. No la hierba, la pega, las malas notas, las cortadas, los gritos y la tragicomedia diaria: sino que fuera maricón. Ese día mi padre me azotó con la hebilla del pantalón hasta que sangré de la boca y la ceja reventada. Mi madre se encerró en la cocina a preparar lo que sea que había visto en televisión. Al día siguiente estaba en la reja hecha de mimbre y alambres oxidados de La Merche. Claro, con una bandeja de pasticho. Una pequeña ofrenda.

   Ella no hizo preguntas, de hecho, recuerdo exactamente sus palabras a mi madre, su sobrina: «¿Y vas a matar al muchachito porque te salió voltíao'?» mientras mi padre le gritaba desde la entrada que se apurara. Yo sólo permanecí de pie, en medio de todos, pero con La Merche agarrándome del hombro con su mano llena de pecas de sol y sus uñas amarillas y corvas. El sudor caía por mi nuca, un calor sobrenatural que me sofocaba. No sabía si por las lágrimas ahogadas en mi garganta o por la claustrofobia hedionda a humanidad.

    Olía a margarina y kerosene, un desayuno-almuerzo fundiéndose en una olla repujada de aluminio, sardinas enlatadas y huevos. Mi madre no me miró a los ojos en ningún momento, pero no había una puerta que azotar con arrogancia digna. Así que Merche sólo balbuceó algunas cosas que no entendí en mi náusea, golpeándola con un tapo curtido y mojado hasta que la sacó de su hogar. Le dio el pasticho a los perros de la calle.

   A Merche le hedían los pies a vinagre; tras un día completo en esas sandalias plásticas y rotas, en la colcha raída y machacada por el paso de los años apenas cabíamos lo dos, así que intentaba sobrevivir durmiendo con la cabeza en sentido opuesto a la suya, las primeras dos semanas apenas pude conciliar, con el ventilador maltrecho y repotenciado que giraba arrítmicamente. Al despertar, enrrollábamos la colcha con fuerza y la amarrábamos con una cabuya cruda, y barríamos el piso de tierra para poder arrimar dos sillas juntas y comer.

   Nunca me faltó alimento. Tal vez de higiene dudosa, ya que no era su fuerte, pero siempre puntual. Al principio me resistí, ya sea por orgullo o por la tristeza que inundaba mis entrañas, pero ella insistía de cualquier forma. De vez en cuando amenazando con sonarme con un palo. 

   Un día, en medio de un palo de agua que nos tiró la canal del techo e inundó la casa, Merche me dejó. Había salido cuando apenas lloviznaba, y ahí estaba yo, peste en la boca, tirando cubetas de agua y tratando de encaramar la colcha podrida en algún espacio que no estuviera humedecido. Quería morirme y maldije como no había tenido la oportunidad de hacerlo desde que me habían tirado ahí, a la buena de Dios. Entonces llegó ella, con el cabello cano y mal oxigenada tirado hacia atrás para que no le tapara los ojos hinchados, una sonrisa de oreja a oreja. Yo no entendía cómo se podía reír en tal situación tan... miserable, y mi ira, tan profunda e íntima, casi rompió ese gesto tan puro. Lloré, le reclamé, le grité y escupí preguntas como que cómo era capaz de vivir así, por qué tenía que yacer en tal desidia, cómo podía sonreír cuando todo era un lodazal, una mierda, cómo me había dejado solo. Cómo me había dejado. 

   Fue cuando la vi sentarse, su respiración agitada y rostro pálido como el papel. Hurgando en su escote, se sacó un frasco de la axila, extendiéndomelo con ternura. Un envase de queso fundido, de esos cuyo colorante tenía más relevancia que su sabor, pero que para personas como Merche eran un lujo tremendo, lo que para mí hubiese sido parte de la cena más normal en casa de mis padres.

   —Para unas arepitas fritas, papito...

   Esa noche comimos arepas fritas con Chigüí', como le decía ella al Cheese Whiz, y dormí abrazado a ella, frente con frente. Su cuerpo blando como un salvavidas enorme al lado de los tres huesos famélicos míos. 

   La estridencia de la música y los reclamos de alguien quejándose de que no le dejaron descender en su parada me aturden. Pienso en el silencio de aquel ranchito. En que el día antes de irme le hice un masaje en los pies a Merche. En que le prometí que le pondría un teléfono para que me contara qué había hecho, pero el servicio nunca fue aprobado en aquel sector ahora pseudocosmopolita, los ranchos se habían hecho menos ranchos, ahora eran de ladrillo y no de cartón comprimido. Pero el de ella había quedado fundido en el pasado, apenas adornado por una mata de mango que había crecido en mi ausencia y una cerca que había podido instalar con mi primer trabajo. 

   Al final nunca regresé a casa de mis padres, tampoco supe más de ellos, más allá de que seguían separados bajo el mismo techo y que mi padre tenía cáncer de hígado. No le vi la cara al morir, no le vi la cara a mi madre después.

   El forro del asiento del frente tiene manchas y quemaduras, todavía se lee su firma local, «Querido usuario, cuide de esta unidad. No ingiera alimentos ni bebidas». Me duele el estómago. 

   Cuando Merche murió, yo estaba fuera del estado, resolviéndome un ascenso. No me lo dieron. Me levanto a las 4am y regreso a las 7pm, el carajito eterno, oficinista que vive en las residencias. Una identidad mejor que el drogadicto maricón, pero no lo suficientemente mejor para llevarme a La Merche.

   He tenido algún novio, pero no ha durado. A veces porque no son los novios que quieren que se sepa que tienen novio. A veces porque sólo yo creía que lo éramos. Merche me decía «Tú enfócate en lo que debes, que hombres sobran. ¡Mírame a mí!, tan contenta sin uno». Y se reía, con esa boca tan grande como una luna acostada. Pero sé que ella también quería un amor. 

   Reviso la pequeña bolsa de mercado que cargo aparte del cofre de madera con sus cenizas: un Chigüí', café y dos panes. El pasajero a mi lado grita por la parada y la radio sintoniza alguna canción de Franco de Vita la intermitencia de las bocinas achicharradas apenas me deja entender la letra.

   Hay un muerto conmigo. Y con él me muero yo.

   «... Lluvia, lluvia, lluvia, si esta vez me toca a mí, yo lo quisiera saber...» 

A mi querida, punto.

    La melancolía...

   Si pudiera darte tan solamente un hálito lejos de ella; eres una polilla deslumbrada, ojos enormes y anegados en una calamidad que nos devora a todos. Siento tu miedo y lo desconozco, Ellen. Mi pequeña rapsoda, absorbida por un averno que no puedo consolar. Pero lo siento, en mi carne, en la ternura de mi espinazo y el centro más hondo...íntimo. Yo también he pecado, —¡«pecado», qué fácil es destronarla a una del derecho divino!—, en tributo a la agonía, a la incertidumbre. 

   Si pudiera darte tan solamente un hálito de su amor; por supuesto, mis manos desbordan. Tus dedos se entrelazan con los míos, y son tan fríos como las falanges de la propia muerte.Te miro morir cuando él se aleja. Thomas, tu Thomas. Conozco esa mirada, embebida en tu devoción; ¿siento celos, acaso? Envidia, sentimientos tan ambiguos, diferentes... Mi pecho no incuba celos, mi lecho también está ocupado por él. En su lugar, es Friedrich es quien adolece mi miseria... envidia, algo tan nauseabundo e impropio de ti, de tu nostálgico mundo, aquel donde huyes cuando desaparece el zarco del cielo y cae la penumbra. Envidia. 

   Darías tu vida por mí como yo por ti, mas no es sino el amor de una hermana lo que corre en tus pupilas. Hay tanto cansancio en tu mirada, tu rostro macilento de tristeza.

    Si tan solamente pudiera darte un hálito de mí; de mi vida, de mi existencia. Amo a Friedrich, amo a mis niñas, amo a Thomas por amarte a ti. ¿Cómo algo tan gentil se ha convertido en la podredumbre de tu alma? Mein Schatz, recorres los pasillos como un espantajo desvíado de Dios, y no puedo seguirte ahí, a ese pequeño y sórdido lugar, a la cripta de tus pensamientos. Entre acianos y árnica cae tu cuerpo, desnutrido, agotado. Y tan sólo puedo apaciguar tu febril espíritu con trapos y esperanzas.

   Friedrich teme por mí, pero su insistencia en dejarte ir sólo astilla mi corazón. ¿Soy egoísta por hacerlo jugar con cartas marcadas, o él es un actor que maquilla nuestra verdad, por lo mismo que todos nosotros, por amor? Sonríes cuando tocas mi vientre, mi familia es tu familia. Abandonada por la ignorancia de la crueldad, aún veo a esa niña en ti. Pequeña, perdida y atormentada Ellen, cuánto quisiera poderte abrazar desde el recuerdo de esa infancia, quizás es mi condición de madre la que me hace ansiar tal consuelo, al menos. 

   La sangre se cuela por las saeteras de esta consciencia ida, un sueño, un presagio. La oscuridad. Sus manos descarnadas entretejen mis entrañas, sorbiendo sus dientes podridos, Mefístofeles. El dolor. ¿Es esto lo que ha perseguido tus pasos? La úlcera me recorre, quema, tortura. Qué ironía, mi pedazo de cielo, vocecilla afásica, que no ha sido Dios quien condene mi querer. Veo el infierno.


El jardín de las mariposas

 


«El jardín de las mariposas» es el diario de un trastornado a través de los ojos de su víctima. Maya, la protagonista del primer peldaño de esta saga, nos ofrece un giro narrativo a la emoción de la persecución, del juego del policías y ladrones, y la adrenalina que caracteriza al thriller como género. Una experiencia construida en esencialmente flashbacks con matices desordenados, mas con una diégesis que se podría considerar pulcra, da pistas frustrantes y detalladas a agentes del FBI para deshilvanar la naturaleza corrompida del secuestrador, un hombre cruento que ocupó roles desde el benefactor hasta el amante, pero desalmado al final de la historia de cada una. Entre idas y venidas de la infancia de Maya enturbiada por la negligencia y precocidad, ella comienza a narrar el horror de un jardín de muros infinitos donde ella y otras chicas con fecha de caducidad serían atrapadas, tatuadas con intrincadas alas y finalmente enmarcadas una vez los años de su juventud acabase y estuvieran listas para ser cosechadas. Un invernadero para un fetichista del dolor. La dicotomía de la depravación y la resignación a una predilección enferma comienzan a enraizar en Maya una vez se convierte en la favorita de su captor, que decide compartirla, entregarla y protegerla del hijo de él, sexualmente degenerado, en un círculo de premio y castigo donde era acogida en el consuelo de su depredador si el hijo de éste la rompía. Con el reloj corriendo en su contra y con todas las chicas aceptando su final según cumplían años, la más pequeña, secuestrada cuando niña y decorada con el privilegio de no ser corrompida debido a sus deficiencias intelectuales, muere en el jardín, dejando al jardinero y a sus mariposas destrozadas, ofreciendo un pequeño y efímero atisbo del «amor» de él por ellas como sus presas. Sin embargo, sin entenderse con claridad si fue producto del encierro y el proceso de moldeamiento sexual, Maya se encuentra ahora enamorada del hijo menor del jardinero, a quien comienza a ser compartida. Descubre en él, que descubrió el secreto de la casa del horror de su padre por accidente, y que es convencido de guardar silencio a cambio de disfrutar de las mariposas, entregándose también a un sentimiento más allá del deseo hacia Maya, de quien, regresando al presente de sus recuerdos, dependerá su vida y libertad una vez cuente su historia tras la destrucción del jardín. 

Con una sordidez que podría encontrarse en narrativas más oscuras, como en las de Thomas Harris, y un esencia poética que convierte los diálogos de Maya en una declaración libre de aflicción y llena de cansancio, con un criminal que desde el inicio sabemos atrapado, Hutchinson entrega un libro que persigue tras ser culminado. 

panqueques

 


me como los panqueques quemados. 


los primeros panqueques nunca salen como deben; demasiada azúcar, demasiada leche. hay demasiado de algo. de mí. 


por eso me los como. 


mientras todos esperan su ración, yo borro los rastros de vainilla caramelizada y grumos de azúcar. si dejara un rastro, nadie me encontraría igual. 


trago. es amargo, duro, denso, crudo. se deshace en mi boca como hollín, quedándose entre mis dientes flojos. en el plato dejo los más bonitos; los esponjosos, suaves, los que recuerdan al hogar que no hemos tenido. 


me como los panqueques malos para que no los deban ver. para que la costra negra no enturbie la imagen de la última cena juntos, siempre es la última, pero nunca termina. todos ríen, yo mastico.


mi garganta sangra, pero también me río. 


hay sepsis en mi boca. 


la fruta podrida también puede hacer mermelada. me como las fresas feas, las de los gusanos. la pieza mohosa del pan. todos respiran, yo me atraganto.


aunque dejara un rastro de azúcar, nadie me buscaría. 


nadie verá mis uñas quebradas en la sartén. no hay huellas en mis dedos. 


la bilis tiene una extraña similitud con la mantequilla.


mi voz es sólo un ruido más en la autólisis permanente, constante. todos comen.


no hay que discutir, hay espacio para todos. un plato de comida caliente —


todos vamos a hervir.


en esta mesa nadie parpadea y todos engullen con la boca abierta, como un pez atado a la carnada de piel.


para el momento en que todos están servidos, yo ya estoy llena. mi cuerpo está hinchado, revienta en fumarolas de pus y flores. miel. 


¿también quieres servirte un trozo?


hay larvas en la harina.


tú no las ves. 


alguien se ahoga. 


yo sonrío.


no te preocupes, siempre me como los panqueques quemados. 


shadowban

    tengo en las pestañas todos tus parpadeos cuando no me miras y tu celular mirando a la mesa del bar; yo sé que te acuerdas de que no puedo recordar. también sabes que no engañas a la tripa que se encoje dentro de mí cuando apartas tus nudillos de mi mano si te fuera a rozar. y también sé que tengo el cuerpo flojo, laxo, muerto, corrupto de sentimiento, tus dedos lo acomodan para que, si se desmorona, sea otro el que vaya a culpar o a mi propia sombra. pero aquí no hay culpables, dice tu psiquiatra y la vida y los amigos y el autoamor en blíster y cuarenta grados rodando por la garganta, soy un daño colateral de ponerte a ti primero aunque primero que mi oxígeno estabas ya. tal vez debería comprarme ese boleto, culpar a las pastillas de todo este mal cuento, mas me prefiero sobria porque así recuerdo que sobrio ya no estaba el que me hundió en este juego. tenía nueve años y los vuelvo a tener. me soltaste la cadena sin yo tirar a morder. siempre es miércoles si miras todo al revés. y entiendo que no entiendas lo que te cuesta soltar, si me metes la lengua en la llaga, en la carne, pero no quieres el alma. aquí dentro ya no hay nada que saquear, ya se ha violado todo lo que se podía violar, dime a quién engañas cuando dices que no lo veías pasar; el peso, la acrobacia de robarme lo que igual sólo a ti te podía entregar. la mentira es una hipoxia que te llena el vientre, el mío ya no gesta, se calcina, se retuerce. y es que lo sé, comprendo, lo que es despertarte en tus huesos; y la sangre entre las piernas y el esputo seco. lo sabes y así dices que aún no lo entiendo. las flores salvajes al final no se mueren. no aprendo nuevos trucos, soy como un perro viejo, el niño con lepra del sótano de tu verso sobre por qué eso no se hace, y aquello no es correcto. quererte era un deseo, no parte de mis perfectos. y sé que estaba podrida para todos tus jardines, pero abono el silencio que me queda tras tus peros; por si sí me muero un día, y no me mata esta autoausencia, ¿le leerás a ellos lo que guardas de mi letra? contarles cuándo estuve y no sólo cuándo no, aquí afuera llueve y aún así me prendo en fuego por si sales a pasear no regreses al mismo filo con dos pies izquierdos. escribí hasta sobre tu perro, y aún así te soy inexistente, mis palabras se te salen por las putas heridas. no es el fin del mundo, pero era mi mundo, le puse fin al resto para orbitar en tu agujero negro. y yo ya estaba rota, eso no te lo niego, pero rota yo no rompo, yo limé mis dientes chuecos, para sonreír mansa, echarme en la alfombra, y en tu historial encontré que buscabas cómo enterrar mi cuerpo. arrancaré mis uñas contra el tapiz de tus entuertos, no hay crimen sin castigo y no hay castigo si no siento. la cortada duele más mientras más superficial, el papel no te mata, sólo te puede arañar. no soy más que el bosquejo que queda de tu vicio, tu bebes para hablarme y yo me purgo para no ensuciar. maquíllalo, cúralo, dámelo; la caricia exhausta, mi boca aún era casta, ahora nacen liendres que caminan por mi cama. nunca dormiste conmigo y ahora cargo con tu insomnio, mi tristeza no era un souvenir en tu velorio. al menos siente orgullo, al menos siente ganas, al menos mira a la cara de lo que desangras. mi amor no es trauma que tú puedas enmendar, mi trauma no soy yo, aunque así convenga en el borrador. hoy le digo a la niña que se cumplieron todos sus miedos. en tierra arrasada no existe más conquista, te dejaste mi bandera blanca detrás de tu salida. 

sobre los miércoles

 —Estás en una habitación llena de personas, muchas, muchas personas. Cuando cuente hasta cinco, todo desaparecerá. ¿A quién escuchas?

Knock, knock. Te toca. ¿Estás ahí? Detrás de estas paredes leprosas hay un mundo de algodón estéril, no-violado por la costra de la infinitud. Hueles a escarcha de frío y sol. El primer beso siempre es el más triste cuando conoces el final.

Pero aquí no hay finales.

Ni salidas.

La tristeza es un privilegio cuando se te sueltan las suturas, ¿cuál es tu nombre, bichito lisérgico?

Dime tu nombre cuando se escalda la piel contra el carbón, dime tu nombre cuando se cierra la garganta lacerada, dime tu nombre cuando se pudre el ombligo, el alimento, el lazo, el tendón que une, fino.

Tú-y-yo-yo-y-tú-tenemos-la-misma-costura-rota.

La víscera tierna tiembla cuando le hundes el dedo, como yo. ¿No es divertido? 

Mi nombre es el que me tejiste en los labios con tu lengua porosa. 

Knock, knock. ¿Sigues aquí? Abriste la puerta de mi sótano; diciendo que no.debía ser el carnero, el rezo voodoo. «No puedes salvar a todos», pero tampoco a mí. Somos las muñecas descosidas de Salem. Cortadas. Las muñecas también. Quid pro quo. Hueles a la gasa en la boca y rodillas moradas.

Déjame arrancarme las costras para mantenerte con vida.

Siempre he tenido miedo de olvidarlo todo. La mente engaña, el vómito en la losa, no. Y la espera y la esperanza y la brisa y la risa y la piel y la piedra y la marca y tus pies asqueados de los míos.

Buenos días, buenos días, buenos días, buenos días, estás bien.

Entiendo.

Escupe los dientes, ya no puedo morder. Libo mansa, encías cráter, y el pus. Mete tu lengua y sácame (tu) verdad. El algodón también sabe arder. Hay cucarachas crujiendo entre la carne y la uña. Me ahogo en tu aliento ósmosis.

—Cinco.

Knock, knock. Knock, knock. Knock, knock, knock, , knock, knock, knock, knock, , knock, knock, knock, knock, , knock, knock, knock, knock, , knock, knock,, knock, knock, , knock, knock, knock, knock, , knock, knock, knock, knock, , knock, knock, knock, knock, , knock, knock, knock, knock, , knock, knock, knock, knock, , knock, knock.

Sigo siendo la pequeña manzana del cuento de hadas, tú apunta con los ojos cerrados y sé mi Wilhelm Tell.



Betelgeuse y los girasoles

 Hace mucho, mucho tiempo, existieron dos reinos. El reino de El Sol, y el reino de La Noche. Envueltos en magia y poesía, sus muros se alzaban cada día para dar paso el uno al otro, sin tocarse siquiera, pues dentro de sus paredes una maldición se cernía para protegerlos de los errores mundanos.


Betelgeuse, reina de El Sol, sufría la maldición de la luz. Ciega de nacimiento, sus ojos jamás verían el ocaso de su reino, y aunque su magia era la de aquel astro, no podría saber cómo pintaba sus callejones. Había nacido de la tierra, entre girasoles y espigas de trigo tostado como su piel.


Brisa, la princesa de La Noche, por otro lado, sufría la maldición del silencio. Privada de llanto al nacer, en brazos de nadie y sola en el manglar, no podía emitir sonido alguno, ni cuando sentía alegría, ni cuando sentía tristeza. Sus pasos eran mudos y su respiración inexistente, como la de un fantasma; y así su silueta, una sombra sin gestos. 


Un día, tras la caída del muro, Betelgeuse abandonó el castillo con sus piecitos descalzos. Podía escuchar el ala de las aves partir el cielo zarco, y la sutil risa del arrollo, quien la guió a las fronteras de su fuero. Aquellos que traspasaban los límites del reino se perdían en la oscuridad del de La Noche, pues en aquel no existía luz y se escondían las fieras y monstruos que no podían sobrevivir a la luz de El Sol. Sólo los brujos de cada reino podían cruzar esas paredes sin morir... 


Pero Betelgeuse nunca había visto la luz, y la oscuridad eterna no era más que la narrativa de su propia carencia.


Cruzando el puente, sus huellas dejaban un rastro dorado que se desintegraba en pequeños esporas doradas de luz, luz que moría ahogada en la densa penumbra. Su largo cabello ébano arrastraba tras ella, sobre las hojas y tierra húmeda; La Noche debía ser un lugar muy frío, pensó, recorriendo con sus dedos la corteza de sus árboles. Escuchaba sonidos que no conocía; había trinar, pero no pájaros. Había crujidos, pero no del galopar de los caballos. No tenía miedo, sin embargo.


Y aquello, al manto que la arropaba, le parecía extraño.


Brisa estaba acostumbrada a ver a hechiceros y su casta hurgar en sus confines, mas aquella criatura de pies desnudos y pisadas de luciérnaga no olía, ni lucía como uno de ellos. Su uña de aguja recorrió el vacío que había entre el mentón de Betelgeuse y ella, respirando su aliento, estaba terriblemente cerca de su boca en todo el camino y ese pequeño ser no podía verla. Y por supuesto, tampoco escucharla.


Betelgeuse se detuvo, espantada, al sentir sus pies hundirse en algo fangoso. Su corazón no lo hizo, sin embargo, brincaba como una liebre enjaulada en su garganta. Se arrodilló, sintiendo el agua helada humedecer su cabello, y dejando correr sus dedos largos sobre el terciopelo de lo que descubrió eran hongos. La Noche también los tenía, entendió. Pero su tacto era distinto.


Se detuvo al sentir el abrigo mohoso sobre sus mejillas. Los dos ópalos que adornaban sus ojos se abrieron, temerosos, detrás de la cortina oscura de sus cabellos, pero no pudo moverse. Sentía la respiración de algo acariciando el puente de su nariz, pero no escuchaba que respirara. 


Brisa observaba a la reina con el detenimiento propio de un plebeyo a su dios; ¿acaso aquella criatura deseaba morir?, ¿cómo es que no temía por la oscuridad de su alrededor? Acunaba el rostro de Betelgeuse con sus dos manos lánguidas, con pequeñas y húmedas falanges que se hundían en la piel de arena, con cuidado, pero también firmeza. Sus rizos hacían cosquillas en la frente de la criatura de luz, que no pudo contener una pequeña risa.


Brisa soltó su rostro, retrocediendo con un gruñido que nadie oiría. Pero Betelgeuse la detuvo, sosteniendo su brazo. Ahora estaba arrodillada a su tamaño, y lo que era su brazo se convirtió en un lo que entendió era un hombro, y luego un cuello, que se encogió contra su palma caliente. La princesa no sabía cómo reaccionar a tal imposición, nunca nadie se había atrevido a tocarla: los brujos sólo recurrían a ella por el amparo de sus bosques, y en las historias de los libros siempre había sido retratada como una fiera sin nobleza. 


Frunció el ceño con indignación cuando sintió los dedos largos de la otra acariciar sus labios, que cedieron sin razón a abrirse. Betelgeuse no parpadeaba, la contemplaba con sus yemas, que recorrían la corona de dientes adornada por lo que vio —con su piel— que eran colmillos pronunciados y filosos, como los de una bestia. Pero en lugar de temer, suspiró.


«¿Cómo sabré que estás aquí si no puedo escucharte hablar?»


Brisa la miró, sus pupilas amargas dilatadas en sorpresa. 


El trinar de los grillos aumentó, haciéndose casi ensordecedor. Por supuesto, Betelgeuse no sabía qué eran aquellos bichos, pero aceptó esa respuesta.



Cada ocaso, la reina abandonaba la calidez de El Sol para encontrarse en con Brisa sobre sus lagunas. Fascinada con la arena de su piel y el cantar de su voz, la princesa de La Noche preparaba una orquesta de sonidos para su invitada; las nubes se escuchaba como la respiración de un bebé, el rastro de las serpientes decían que la había extrañado, el croar de las ranas significaba alegría... y sus labios, y su cuerpo, finalmente, eran un mapa exclusivo para Betelgeuse, quien aunque debía regresar cada amanecer, llevaba consigo la protectora oscuridad de la morada de la princesa.


Las estaciones pasaron y los muros se alzaron y cayeron cada día, así como cada día El Sol encontró a La Noche. 


Hasta que la maldición de El Sol sovacó a su reina. Despierta entre pesadillas, el hado de su realidad había arrebatado lo que más quería: el suspiro del día, las risas del pueblo, el gotear del arcoíris. Sólo había silencio, mórbido, tortuoso, y asfixiante silencio.


Corrió, desesperada. El brillo de sus huellas era turbio por el cristal de sus lágrimas que lo apagaba. Cruzó el puente, el bosque, sus sollozos eran como dagas que violaban la paz del templo.


Brisa acudió a sus quejidos, como quien busca a un cervatillo herido. Su presencia pasó desapercibida por Betelgeuse, quien arañaba las raíces de los árboles y se dejaba la piel de las rodillas contra la tierra.


«¿Dónde estás?»


Gimió.


Brisa no entendía cómo no podía escuchar el cantar de los grillos ni el silbido del viento, pero al intentar alcanzar el cuerpo de Betelgeuse, se encontró a sí misma en llamas. Dolorosas y crueles. Lloró, pero ningún sonido salió de su garganta.


«¿Cómo puedo sentir un amor que no puedo ver ni escuchar?» 


La voz de Betelgeuse se hundió en su centro como una aguja envenenada. 


«¿Si realmente me amas, por qué no hablas?»


Gimoteó, la oscuridad del bosque ardía en luz, calcinando la vida tras ella. Cada intento de Brisa en acercarse sólo resultó en dolor, pero su piel no ardía tanto como su garganta queriendo gritar.  


Entonces se rindió.


Sus canicas tristes se resignaron a una última pintura de los ojos de cristal de Betelgeuse, a los que recordó curiosos y cándidos la primera vez. Ahora inyectados en sangre y desasosiego. El Sol podía vivir sin La Noche, pero La Noche no podría existir sin El Sol.


En un último aliento, la princesa se entregó al fuego de la ira de Betelgeuse, abrazando sus brasas y acunando su cuerpo tenso como la cuerda de un violín. 


«Querido Dios, si aún hay un cielo para mí, hazme brillar en él... conviérteme en luciérnagas para adornar sus sueños, en agua para lavar sus lágrimas... dame una voz, te lo ruego, tan solo una vez...»


Perdida en su silencio, Betelgeuse se apagó, convirtiéndose en un atardecer eterno y tornasol.


Sin noche de quien esconderse, el reino de El Sol no volvió a alzar sus muros. Mas, con la llegada del crepúsculo, podían ver a su reina cruzar el puente, una y otra vez. 


Sin escuchar el eterno ulular que la seguía en la penumbra, como un espectro que le rezaba, cada día, con un amor mudo.



funny poem

 Pin Pon es un muñeco muy guapo y de cartón,

se lava las manitas con lágrimas de lino.


risas. su habitación está llena de todos, menos de él. hay dedos de harina en las sábanas, alguien ha prendido la cocina en fuego. ¿por qué no se ríe Pin Pon? sus ojos de canica no parpadean desde hace muchos, muchos días.


no hay descanso en sus sueños malva. 


el caramelo también desolla. 


Pin Pon es un muñeco muy guapo y de cartón,

se cose la boquita con hilo bermellón.


pero no lo anuda.


su casita de jengibre es un cementerio de promesas y besos de algodón, ¿por qué tiene miedo Pin Pon? las ratas abandonan el barco cuando se hunde, sus patitas desnutridas dejan un rastro de azúcar. risas.


ellas-nunca-lo-abandonarán. no necesita de nadie más.


nunca es caprichoso y se hizo ayer.


ahora ya no tiene un hogar donde volver, su rastro de migajas se ha deshecho en el moho. el corazón también se pudre violado por el tiempo, tiempo, tiempo, ¿cuánto tiempo tienes?


hay sangre en sus manos, pero él no puede sangrar. 


¿a quién has roto en pedazos tan pequeños, Pin Pon?


¿puedes escucharlo ahora?


si juegas a hacerte el muerto por tanto tiempo,

la muerte acabará clavando tu ataúd.



worms

 humans are so fascinating, lovely little coconut worms resting in the warmth of that long, long tree, it touches the sky and its touch is oily like dreams of hope and kiss. but I'm just the dirt, not a coconut worm, my body cannot handle the burning exposure of the tender skin to the sunlight no more, no more. delusional stones stoning the yet lacerated ones. I'm the dirt and dirt corrupts, I'm where life discomposes and the decapitated flowers germinate within sulfur and anger tingling the roots of these silky, oily trees. hell meets the sky also. for I am dirt, rage is not reachable.

&

 (un)requited love


I love noodles, I've always had. They're moist and silky, like rotting worms dipping in warm milk 


Mom and dad are fighting 

or is it mom alone? 

About something that I can't listen to


Noisy little shiny sticky thingy 


Flies are dragonflies when they hatch in your head


I'm so fly when he touches me,

I want him to do (me) so. 

So beauteous it is, my insides are melting

when his fingers interwine with mine


I love you 

I love you 

I love you


I can't speak 


—Shhh, don't make a fuzz about it


Dad and mom are fighting, 

or is it dad alone? 


Noodles are getting soggy and my feet can't touch the floor


The floor is hell

and I'm staying there


And there's to my Lord almighty;

forgive me, love, for what I've loved


He says he understands it,

but how could love be this deep

when I can't speak it out and it 

keeps seething in until it skins


Hurts


All love, all of my love, my, my,

it has to be unrequited for I am 

in this world for the spoken 


I love him 

I love him

I love him


His breath is barely touching my nape

thorough to make my blood race 


Bestow on me indulgence of thee


I might have to be dead as well

before finding myself deserving


Of him

her


I can't hear mom and dad

when his dragonfly kisses draws the remembrances of those tall white walls covered in bloody glitter 


I have a word that won't come out

and a cup of soggy noodles


I love noodles

I've always had

sagitario, de Júpiter



amo a una chica,

sus ojos son dos canicas de chocolate dulce.


no le gusta el chocolate amargo y eso está bien

porque a mí tampoco me gusta lo amargo del mundo.


me gusta ella.


ella dice que su voz podría despertar a todos los pájaros, yo digo que ha llenado la jaula de mi pecho con su risa, diáfana y diurna.


amo a una chica.


ella dice que no tiene ni idea de cómo hacer arte, yo digo que no tiene ni idea de todo el arte que hay en su alegría y en sus muecas, en el pequeño hoyuelo de los labios juntos en sonrisa y beso, en la hebra castaña que adorna el borde de su oreja pequeñita y alerta.


sagitario, de Júpiter. 


huele a crayola roja y te quieros por la mañana de los miércoles, a algodón fresco y sol.


amo a una chica.


la estática de sus pensamientos retransmite palabras


crueles


que no merece


por eso la beso 


y pongo sus manos sobre mi pecho 


porque mi corazón late más rápido que la estática y me muero un poco por dentro cuando me toca. 


amo a una chica.


si pudiese verse a sí misma, nunca más sentiría celos del nácar de las nubes porque está en su boca, una boca tan bonita, tan bonita.


mi chica.


Untitled IV

 Untitled IV. 


- 


Tic, tac, tic, tac, vas tú.


Érase una vez la luna y la noche; la luna, satélite de labios rotos, había arropado su disco menguante en el manto de la noche que, sin estrellas que ofrecer, prometió la permanencia y la libertad de su jaula vacía. Noche corría por la vida en converse desgastadas y rodillas aporreadas, Luna resguardaba su brillo en su eclipse sempiterno. Noche temía a la oscuridad con profundo dolor, mas su mutismo jamás permitió pedir algo del brillo que dentro de ella abrigaba, porque mientras más oscura fuera Noche, más brillante era Luna. «Todo lo que amas de mí es lo que odiarás cuando te lo lleves», pensaba Noche, su rostro reposando en una ventana al infinito y la espalda escalfada por las pequeñísimas uñas de gato de Luna. «Me gusta la textura», le escuchaba decir contra su nuca, la piel herida y cicatrizada sobre el cansancio se siente como el pergamino húmedo, mohoso. 


Jajateatrapé.


Noche no anochecía, el insomnio libaba de su psique, sobre el plasma y la desidia. A veces veía a Luna a través de la misma ventana, cada vez más saetera, cada vez más prisión. Luna brillaba cuando encontraba estrellas, pero le gustaba la ausencia de ellas en Noche. Encontraba en aquella soledad taciturna la evasión necesaria para derramarse sobre el mar que mejor arrullara sus desilusiones entre canciones de Radiohead y susurros acústicos y rasposos. Pero, poco a poco, la libertad no fue suficiente para Luna; mentía, mentía y sabía que Noche sabía que mentía. Las sábadas estaban empapadas en sangre y sal, Noche esperaba en ellas, letárgica sobre su propio vómito y putrefacción. Mas Luna ahogó todo gemido con el huracán de un solo parpadeo, con improvisada y desganada tragedia. 


Luna había sido herida por las estrellas de otro cielo y necesitaba regresar a casa, pero aquella casa estaba vacía, se había llevado todo y le había soltado la mano a Noche, que no podía encender más luces para regresar. El aire era vaho y muriático. Noche se quedó sola, cuestionándose, inyectada de óleo e invadida por la infección de la insuficiencia. Buscó aquellos cielos donde Luna había esparcido los trozos de su densidad y corazón, entregando más de sí en el camino, asaltada por el consuelo morboso de unos dientes serrados y una boca taimada. Los días eran hirvientes y gélidos. 


Luna se había encargado de desaparecer todo rastro de culpa con sus dedos pianistas, aquellos que habían hurgado en la parte más débil de Noche, violando la sutura, incubando en ella parásitos y flores. Noche se envolvió en sí misma, desapareciendo y existiendo, un hematoma pluritrauma, alguien que jugó a las escondidas y a quien nadie fue a buscar. La misma chica de Converse rotas que odia a Radiohead. 


Black Iris (C) Georgia O'Keeffe


No sé de ti.

 No sé de ti. 


  •  


Benedetti define el amor como contar hasta cinco. Yo estaré cuando no puedas contar contigo. Sin coraza. 


No sé quién habrá sido tu primer amor ni cuándo fue tu primer beso. Cuándo te diste por vencido para poder continuar o cuántos puntos te suturaste en la frustración endémica. De qué es esa cicatriz y si aún te duele, de qué color prefieres los bolígrafos o si te gustan los vasos de vidrio. No sé  cuál sea tu número favorito ni a qué hora del día sientes que el tiempo pasa más lento. Tampoco sé cuántos lunares tienes y si te da risa te toquen las sangraduras. No sé qué perfume ponerme ni si prefieres mis labios mate o con gloss. Si te gustan los amaneceres o los ocasos. Si prefieres apoyar el lápiz en el medio o en el anular, si arrancas las páginas mal borradas. No sé. 


Sé que cuando te ríes tus ojos son rendijas de luz y tu boca es un micelio dulce. Sé que si te peino a contrapelo se te erizan los brazos de durazno. Que el corazón se te para un momento en el silencio de un abrazo y se te encoge la respiración. Que en la oscuridad se te ve el cansancio y la paz. Que la tristeza se te escancia sobre los hombros a veces, pero hay flores en tu espalda. Que sientes el dolor que no es tuyo como si así lo fuera, y sangras y curas. Que te trina la alegría y te adorna la corona. Que te encorvas cuando el mundo no está derecho. Que hueles a miel y corteza fresca. Que cuando me envuelves me hago recuerdo y reloj de arena. Que mi número favorito es la hora de verte y que no saberme tus lunares es una excusa para recorrerte con las yemas de los dedos. Que en la inadvertencia de mi letargo hay sueños con tu olor y voz. Que se me rompe algo adentro cuando me tocas y ya resquebrajado siente la necesidad de volver porque es cándido y tierno y es un hogar. Que si me tomas de las manos quiero que me tomes la vida porque aprendo a conjugarla contigo. Que en mi cabeza a seis millones de preguntas y contigo no tengo dudas que armar. Que no sé nadar y tú eres una isla, pero no tengo miedo.


Contigo no creo, sé. 


La sexualidad de la (mi) asexualidad.

 


Una de las preguntas rutinarias cuando vas al psicólogo la primera vez —y por esto odio cambiar de psicólogo, es la única relación estable que ansío—, es cuál es tu relación con tu sexualidad. Y es que claro, es muy probable que todos hayamos sido violentados en algún momento. Otra cosa es que no lo asimilásemos como algo traumático y fuese, sin más, una experiencia que de vez en cuando nos hace sentir inseguros de nuestra condición humana o, en el peor de los casos, pueda incluso parecer provocadora. La parte más difícil de ser víctima de abuso es preguntarte si esa pequeña, ínfima, casi imperceptible parte donde creíste sentir gusto por el asunto fue en realidad placer o una pantalla gelatinosa en tu cerebro actuando para protegerte, para no sentir dolor. Pero no es de lo no deseado de lo que quiero hablar, sino de lo que, al menos, pasa elípticamente por el aro del consentimiento.

La asexualidad es una constante contradicción entre el cuerpo y la mente. No tanto las emociones, eso viene al final.

Como muchos, no entendí mi sexualidad hasta pasada una etapa de errores sin ensayos que no me gustaría repetir. A diferencia de mis amigas, que gustan de otras amigas, yo siempre supe que me gustaban las mujeres. Las niñas, como yo. Pero, y aunque los impulsos sexuales, primitivos, sean algo natural en la infancia, en mi caso no hubo nada de eso. Mi fijación hacia mis compañeras caía en la admiración mojigata, aquella que confundí con necesidad de aprobación por mis iguales hasta llegada mi adolescencia, cuando se me fue metido en la cabeza que eso de dibujarte con otras niñas y escribirles cartas de amor no estaba bien. Por suerte, fue un poco más sencillo para mí que para aquellas chicas con una preferencia exclusiva, pasados los dieciséis descubrí que también podían gustarme los chicos, y aquello sí me resultó sorpresivo. No era un interés tan significativo como el que sentiría por mis profesoras o por las protagonistas de mis libros preferidos, sino algo más condicionado, menos inmediato, más… complejo. Las mujeres podían gustarme por ser mujeres, sin más. Con los hombres no era tan sencillo. ¿Tendría que ver con haber sido asociada a su masculinidad tanto tiempo? No lo sabría decir. Tampoco significaba que sólo viese un cuerpo cuando se trataba de ellas, pero sentimentalmente me sentía más segura que enamorándome de un chico de mi edad. Tampoco podía imaginarme con un hombre mayor, la sola idea me causaba escalofríos del peor tipo y una especie de resquemor que rozaba lo ridículo.

Lo que sí sé definir es mi naturaleza, siempre, desde que tengo memoria, infinitamente sensual. Y por más repetitivo que esto se lea, ser sensual no está ligado a una necesidad sexual. Que sí, que el mínimo conocimiento lingüístico facilita la comprensión de esto, pero vale la pena enfatizarlo: siempre fui una persona hambrienta de afecto. De contacto físico, de acercamiento y roce. No me costó guardar mi primer beso hasta un mes antes de cumplir los dieciocho, porque de alguna forma sólo concebía ese primer contacto de labios como algo mágico y único… que acabó conmigo en lágrimas, porque así de necesitada como era, también era cobarde, tímida e inexperta. Lo suficiente para sufrir un ataque de vergüenza tan profunda que me hizo estallar en llanto apenas di el paso. También un poco decepcionante que el amor de mi vida, tiempo después, me adjudicase el haber tenido mal aliento durante ese momento, pese a yo recordar que el que padecía de aquello era él, y haberlo tolerado durante mucho tiempo. Y así como nos callamos pequeños detalles humanos, nos callamos otras cosas. El problema está cuando lo que callas tiene que ver con el pavor a la incomprensión de las reacciones de tu cuerpo. Con mi primer beso estuve convencida de que mi florecer —qué lindo suena esto, me perdonarán la cursilería— sexual sería una aventura compartida que recordaría y que, si todo seguía siendo tan hermoso, sería sólo de nosotros  dos. Mi compañero y yo. Pero, como ya podrán suponer, porque sólo soy parte de ese porcentaje mayoritario de primeras experiencias fallidas e incluso dolorosas, no fue así. La primera vez que me agarraron las tetas fue en las áreas verdes de una universidad, en día de mi cumpleaños número dieciocho. A mí cabeza no le gustó, a mi cuerpo le costó asimilar la sensación que se asemejaba a manosearme para sacarme el jabón de la ducha junto a pinchazo incómodo porque a tu novio le parece que en lugar de pezones tienes radiotransmisores. Pero me callé, porque según los libros aquello acababa siendo mejor y, además, al irnos me dijo que me amaba porque ninguna otra chica dejaría le agarrara las tetas en medio de cualquier sitio. Otra vez, a mi cabeza no le gustó, pero a mi corazón y a mi baja autoestima, sí. Sin embargo, sabía que más que la situación, que ahora entiendo como mala, algo estaba mal en mí. Y eso es lo que ahora entiendo como normal.

¿Tenía sexo porque algo dentro de mí lo exigía, como un instinto básico, una fiebre —así pasé la mayor parte de mi vida, hasta hace unos meses, confundiendo mis reacciones sexuales involuntarias— espontánea, o porque lo excitante se encontraba en sentirme yo necesitada? Lo cierto es que no tenía tanto ego como para disfrutar sentirme deseada como algo sublime, ni tanta madurez como para considerarlo excitante. Apenas ahora, casi siete años después, es que comienzo a relacionar algunos elementos de mi vida sentimental como excitantes, con las particularidades que conlleva cada palabra. Por supuesto, una muchacha que nunca se ha masturbado, pero con pleno conocimiento de su realidad biológica, de los elementos de su cuerpo, parecía ser un blanco fácil para ser o parecer un profesional del sexo. La virginidad, aunque fuese relativa —no por mi elección— como la mía, era un atractivo bien explotado y al mismo tiempo repudiado por quien yo había elegido como compañero y mentor en aquella materia, y se me hizo más sencillo decir que no sabía a qué se refería con «estoy buscando tu “clíktoris”» a señalarle que no sólo lo estaba pronunciando mal, sino que me estaba picando la uretra con la uña. Pensaba que si tal vez no me hubiesen prohibido amar a la chica que amaba, no tendría que drenarme para seguir amando al chico que quería. Porque lo hacía, aún ahora sé que lo hacía. Las mentiras blancas no tardaron en convertirse en mentiras de supervivencia. A veces, debes elegir entre un dolor y otro. Tu cuerpo se domestica a ciertas complacencias, te sientes feliz con ellas.

Mientras menos lo piensas, menos te fijas en si sangras.

Los momentos de dulzura fueron pocos una vez cedí a las exigencias, mas el amor me bastaba para llenar los vacíos. Si bien mitigué la náusea sentida en mi primera vez narrándola como perfecta bajo el cuerpo que se me hacía epicúreo de aquel que adoraba, si pudiese cambiar el recuerdo del momento y las consecuencias que dejó en mi interior por pisar una anguila, lo haría. Mi masoquismo se desarrolló desde muy niña, nunca como algo sexual. Pero fue un mal complemento para los eventos que siguieron durante el año restante de relación, relación en la cual encontré dos de las grandes realidades que me tiran del cuello hoy en día: tenía falofobia, y definitivamente los orgasmos propios o la persecución exhaustiva de uno en mí por parte del otro me hacía sentir más inútil que apreciada. No desestimo la intención ni gentileza de aquellos, del género que fuese, que siguieron y se mostraron seguros de haberme sonsacado uno e incluso me convencieron de ello. Pero luego de sentirme insuficiente yo, analizaba el lapsus de cortocircuito en mi cabeza y, habiendo ya presenciado y sido partícipes de varios, comprendí que no. Que iba a ser que no.

Y es tan prescindible como demasiadas cosas. 

Luego de mi primera relación amorosa, la monogamia seguía siendo mi opción predilecta, aunque ya desde mucho antes me sonaba por dentro el que tal vez estaba mal encaminada si realmente era incapaz de sentir celos, por mucho que quisiera obligarme, y que tuviese tan normalizada la idea de darle partes de mí a amigos y personas cercanas que no pintaban nada en mi vida amorosa. Tomó meses de terapia entender que era asexual, y tomó incluso más resignación que incluso dentro del poliamor, aquello que se convertiría en mi elección predefinida, las exigencias hacia mi desempeño como pareja no dejarían de ser sexuales incluso si por defecto estuviese permitido amar a otros y desfogarse con ellos. Lastimosamente, la terapia no resolvió la incógnita de mis emociones y el foco fundido que tengo por comprensión sentimental que me impide mantener la serenidad ante la intensidad del enamoramiento o de la tristeza que me conlleva sentir amor.

He querido, he amado, de una u otra manera a todas las personas que me han puesto un dedo encima o adentro. Es un requisito esencial. No hablo de obsesión, porque si hay algo que me prende es la libertad, sino la adoración. El erotismo de mi asexualidad germinó sobre la tierra removida de años de entrega con dolor, para convertirse en entrega con fascinación. No concibo el sexo sin culto, sin extremos, sin dedicación total y alcance íntegro del centro más blando, tierno y vulnerable del otro. ¿Necesito tenerlo? No, absolutamente no. No ha habido un momento en mi vida donde haya necesitado esto. Pero, como un juego de estrategia, el detalle y el ofrecimiento explícito por parte de aquella persona que tiene el permiso a atravesar mi fuero, es mi único detonante. Podría ver una película porno y sentir entre nada y cero, así como podría tener la lengua de la persona que amo en la garganta y si no me ofrece nada verbalmente, no imaginar que desea algo más. Porque el algo más es relativo para mí, un extra en el que me desempeñaré con toda la delicadeza que mi violencia permita, pero que no es en mí una expectativa.

Por supuesto, es este extremismo entre pasión y repulsión lo que ha facilitado más bajos que altos en mi crecimiento. Desde habérseme sugerido no ser «virgen» porque la chupaba bien, hasta habérseme dicho, sin más, que si lo disfrutaba no era asexual. Ambas cosas con tal diferencia de tiempo e individuos que comencé a resignarme a que la verbalización de mis condiciones no llevaba a ningún lado. El sexo, como concepto físico y no artístico, me da asco. No sólo es esta repulsión lo que me encierra en mi burbuja, sino el miedo que le tengo a todos sus componentes. Lo que para otros es ir medio camino, para mí es una ida y vuelta. Sin embargo, el erotismo del sexo es una forma de comunicación sentimental que, gracias al tiempo, se convirtió en casi un segundo lenguaje para mí. Uno reservado para aquellas personas que considero lo merecen, y con las cuales me he equivocado muchas veces, y también un código de arte para usar en mis creaciones. Para expresar amor, necesidad, protección… y también miedo, auténtico miedo.

Miedo de ser un objeto de experimentación, miedo de procurar el placer de alguien que tiene placer por lastimarte y no porque disfrutes ser lastimado, miedo a establecer un lazo que no podrás romper y colgará de tu sangradura hasta que se seque, miedo de ser un fetiche más.

Los seres humanos somos criaturas chistosas, tendemos a prohibirle a otros lo que nuestra moralidad señala como inadecuado aunque no afecte a terceros, pero también rechazamos su negativa a hacer lo que esperan se haga en secreto. Si follas, está mal. Si no follas, está mal. Si tu idea de follar es solamente frotarte y besarte, está mal. Si vives de eso, está mal. Si dejas que tu pareja o tus parejas vivan de eso, está mal. No sabes lo mucho que le importa a tu entorno que te metas algo en el culo hasta que le dices que sólo lo harías por motivos que ellos no considerarían válidos.

Hablamos de la sexualidad como una operación estática, de inclusión donde cada elemento debe adecuarse a un rol cuya definición no sólo es inexacta sino forzada y vacía. En todas estas operaciones corres el riesgo de ser sólo una aventura, pero sólo en una te harán sentir como si les hicieras sentir culpables de su morbo, aunque jamás hayas dicho nada. Agreguémosle la corrección de sus espectros y la estigmatización de tus traumas para justificar estés notoriamente equivocado en tu identidad según sus necesidades sexuales y su extraño interés en conminar un avance sobre ti cuando podrían tenerlo con cualquier otro.

«Me gusta hablar de sexo, no de mi sexualidad», es una constante para cualquiera. Por supuesto, no le debemos explicaciones a nadie de qué nos gusta comer y con qué. Sin embargo, con aquellos que sí deberíamos hablar de lo nuestro, es más difícil que con la existencia genérica de cualquier lector que se dé por aludido.

Interpretamos el sexo como una práctica lineal y reservada sólo a aquellos que lo necesitan, como si fuera una ayuda humanitaria, y no una expresión abstracta y personal que se manifiesta más allá de nuestras expectativas sobre otros.

Y por eso no nos imaginamos a un lisiado, a una octogenaria, a una persona con obesidad mórbida, a alguien con los genitales mutilados o la mayor parte del cuerpo quemada follando fuera de un corto fetichista. No tanto porque nos parezca desagradable, sino porque es ridículo, una excepción. La fantasía, el morbo, el conseguir algo a través de tu cuerpo es un gusto apartado sólo para aquellos que lo experimentan como una necesidad inmediata, como una combustión inevitable, y no como un sufijo. Los demás están apropiándose de algo que no les toca. Lo deliberado les resulta tan ofensivo que casi parecería que fuesen ellos los que desprecian el sexo.

La asexualidad no es odiar o no el sexo. Es una forma de sexualidad que puede contemplar no tener sexualidad alguna, o convertir en satisfacción sexual lo que para otros es sólo un abrebocas. Es práctica, expresión, creación y fetiche. No es más propensa que cualquier otra identidad a ser producto de un trauma. No es un polo que repele a todos los demás, es estática que se adhiere a sus superficies, que recorre su espina con un patrón distinto en cada uno. Es sinestesia.


blue shirts

today s the day I die


blue shirts in my dreams


smells like

cherry chewing gum

and cotton candy


I was

I am

I was

I am


some years old


little

so little


I'll come back home but

I won't be there


I haven't been there since then


blue shirts

blue shirts

blue shirts


wanna play hide and seek?


I'm not a stranger anymore


I'll hide forever

where you can't find me


he put his fingers in my mouth

open wide

he said


tasted like chlorine

and something I don't want to remember


blue shirts

they're gone


hush

Grecia.

 




Tic. Tic. Tic.

 

Grecia suspiró. Cada uno de los pequeños tronidos de la lapicera bajo su pulgar eran detonantes de un universo alterno, una realidad lejana donde la inercia era fecundada por la estética de salones amplios y perfumados con hedonismo, muy, muy lejos de los cubículos grises y escuetamente personalizados de la oficina donde trabajaba. Tic. Tic. Tic. Hundía el pequeño botón plástico con maña compulsiva mientras con la otra mano presionaba el tabulador en el teclado, mirando tan absorta como indiferente hacia el documento Excel que estaba abierto en pantalla. Pequeños rectángulos en pequeñas filas en un pequeño mundo binario y tan…

 

—¿Nos vamos juntas?

 

La interrupción tenía voz femenina y aguda, lo suficiente para escucharse casi infantil. Alzó la mirada por encima de sus lentes de pasta y la entornó sobre el rostro regordete de Samantha, quien correspondía el gesto con relativa cotidianidad. Grecia bajó la mirada al reloj en la esquina inferior derecha de la pantalla: las 17:50. Faltaban diez minutos para acabar con su turno, sin embargo no deseaba irse dejando cuentas sin cerrar. Apretó los labios en una disculpa casi mecánica.

 

—Lo siento, hoy no…

—Déjame adivinar, no lo quieres dejar para mañana porque a Manuel le disgustaría.

—Ya sabes cómo es, Sam.

—Ya sé cómo eres.

 

Aquella respuesta le hizo sonreír. Manuel no era un jefe huraño en particular, su imagen era más de la de un Santa Claus con la barba más recortada, pero el mismo halo paternal. Todos, incluyéndola, le guardaban gran estima. Pero Grecia tenía una inclinación a ser —como decían sus compañeros— una trabajadora insufriblemente diligente, siendo de las primitivas del lugar. Nueve años en el departamento de ventas no podían pasar en vano, y la relación con su jefe se había convertido en un lazo abuelo-nieta matizado por la disciplina y la ambición de ambos. Samantha, por otro lado, era más práctica: ya se haría responsable mañana de sus diez minutos de travesura.

 

—No sé cómo lo soportas.

—No es tan malo, Sam.

—¡Tan sólo mira a Claudia! —espetó entre dientes Samantha, señalando al otro lado de la oficina con la nariz. Ahí estaba Clauda, con audífonos, su moño llevaba más cabello dentro que fuera, y su rostro denotaba la más pura histeria de no entender qué hizo mal— parece que fuera a llorar de todo lo que debe hacer.

—Claudia siempre llora —respondió Grecia, tecleando sobre sus labores de nuevo.

 

Samantha la miró con asertiva ironía.

 

—Pero no siempre parece que fuera a llorar.

 

Pese al estrés retenido, o tal vez gracias a él, Claudia sí aceptó la invitación de Samantha. Recogía sus cosas mientras ésta última observaba a Grecia ensimismada en el trabajo. Todos terminaban su turno a las seis, pero la oficina se mantenía abierta hasta las nueve de la noche luego de seguir ciertos protocolos. El edificio era de poca densidad, teniendo apenas tres departamentos por piso, siendo el tercero el que Manuel había arrendado para su negocio de exportación de repuestos. Todos eran como una gran familia, excepto por el quinto piso, nadie sabía qué había ahí, pero no es como si los trabajadores fuesen especialmente amables con nadie. Apenas y coincidían con Repuestos Jordania C.A en los ascensores y ni siquiera devolvían los buenos días.

 

Grecia había escrito muchas veces sobre aquello en sus pequeños ratos de dispersión: eran el centro de operaciones de un testaferro que escondía un turbio negocio de arma detrás de la confección y venta de lencería para el hogar. Por supuesto, aquello era ridículo. Estaban en Latinoamérica, de ser ese el caso no necesitarían una tapadera, simplemente podrían vender armas y distribuir una generosa propina al condominio general.

 

Pero cuando trabajas nueve horas en un departamento que cuyo aire acondicionado parece el de un frigorífico, con algo debes entretenerte. Y ella lo hacía leyendo, leyendo y escribiendo.

 

Samantha se despidió de ella con un beso en la mejilla, dejándosela manchada de carmín cremoso. Claudia se fue tan azarada como estaba desde un comienzo, y con ellas… todo quedaba solo. O básicamente solo. No podía contar a Diego, ¿o sí? Alzó el cuello por encima del borde de su separador y lo ubicó a dos cubículos de ella, era un hombre silencioso con pestañas largas. Desde su llegada así lo había identificado: por supuesto, también podía mencionar que era de estatura promedio, 1,75 o algo así, lo mismo que ella, tenía la piel de un moreno rojizo y el cabello azabache, engominado hacia atrás. Tenía cuatro años trabajando para la compañía y apenas habían cruzado un par de palabras en los corredores y durante las cenas de Noche Buena. No, definitivamente no podía contarlo, era como hablar como una pared que responde con ecos monosílabos y escuetos. Paseó la mirada por el ventanal, al vista urbana maquillada por el atardecer la llenaba de energías siempre. Consideraba tener una posición privilegiada al tenerlo justo al lado y sólo tener que reposar la mejilla sobre su hombro para contemplar la calle lateral y a los transeúntes. Aun así, estaba nublado. Notó que no había traído paraguas.

 

Un mundo binario con excepciones extraordinarias… con aquella fantasía en su cabeza, continuó modificando resúmenes y justificaciones. Amaba su trabajo, no la monotonía. Sin embargo, sabía que no era su empleo lo que la ataba a vivir continuamente lo mismo, sino su propia inhibición. Encontraba escapatoria en lo que leía… historias tan impúdicas como inesperadas de parte de una mujer de su estilo. Siempre había sido una adolescente romántica, cursi, devota de las letras juveniles de un triángulo amoroso sobrenatural; con el tiempo aquella atracción por lo imposible la arrastró a la prematura e íntima experiencia de la literatura erótica. Pero no todo fue miel sobre hojuelas, se topó con la terrible desgracia de que detrás de cada párrafo empapado de depravación iba una protagonista escueta, sumisa, casi irreversiblemente… igual. ¿Por qué querría ver a la Grecia del cotidiano, de voz sedosa y complaciente, también en sus figuras oníricas? Necesitaba algo más, algo que le hiciera pensarse diferente, tan ajena a su naturaleza permisiva… necesitaba sentir control.

 

Se colocó los audífonos, Eva Cassidy a un volumen envolvente en su celular le permitía enfocarse en lo suyo.

 

No fue hasta que el álbum acabó que se percató en que había pasado los últimos cuarenta minutos resolviendo tareas que correspondía al próximo lunes, siendo ese día viernes y el último laborable. No se sintió mal al respecto. Miró la hora: 18:45. Ya había oscurecido y su cabello castaño se veía casi negro bajo la luz artificial blanca. Lo recogió en una coleta alta, muchas veces había pensado en cortarlo, pero se sentiría desnuda sin aquel velo lacio hasta la cintura. Estiró su cuerpo hasta dejarlo laxo en la silla, procediendo a apagar el computador. La pantalla ahora reflejaba un rostro limpio donde resaltaban dos canicas oscurísimas que eran sus ojos, y unos labios con labial reseco vinotinto. Sacó una toallita húmeda del cajón y se limpió usando la pantalla como espejo por costumbre, dejando sus labios pulcros y rosados por la fricción. Necesitaba ir al lavabo antes de irse, de igual modo. Tiró la toallita al cesto y se levantó, percatándose en que estaba sola en la oficina. Diego no estaba, pero su monitor estaba encendido; se preguntó si habría sido algún despiste, que no era común, ya que él solía irse más temprano. La oficina estaba vacía de personas y llena de un silencio sepulcral apenas perturbado por la ventilación central. Se frotó las manos para calentárselas debajo de las mangas del suéter y caminó en dirección al cubículo de Diego.

 

«Seguramente dejó algún proceso abierto», habló su mente. Sólo lo cerraría y apagaría, no sería nada importante, pero estarían fuera del lugar por dos días.

 

Sin embargo, una vez llegó, lo único que encontró fue un PDF de párrafos extensos y condensados con una sangría pequeñísima. No era algo relacionado al trabajo, tampoco le importó mucho. El escritorio de Diego estaba impecable y cada cosa se notaba estaba en su lugar, excepto, tal vez, la cinta adhesiva y un par de clips que quizás había usado antes de irse. Los acomodó dentro de su recipiente y procedió a cerrar el archivo para apagar… pero lo que su pupila alcanzó la detuvo.

 

—¿Un libro? —susurró para sí misma, abandonando su postura inclinada y procediendo a sentarse con cierto titubeo. Su mente le amonestaba por violar la intimidad de Diego de esa forma, pero también se debatía entre quedarse y seguir leyendo por la atracción de las líneas que había encapsulado en su ojo— «… incluso si hubiese querido resistirse, que no quería, no habría podido…»

 

Reconocía ese registro narrativo, o estaba casi segura de hacerlo. Un pequeño, pero grato escalofrío recorrió sus antebrazos como si dedos la acariciaran a contravello. El archivo tenía un nombre alfanumérico al azar, por lo que escaló hacia arriba para confirmar sus sospechas: lo sabía, era ella. N.N, Nicolle Negro, era el nombre de su autora favorita. O bueno, el pseudónimo de su autora favorita. Y aquel libro, en específico, era parte de una trilogía que…

 

—¿Sucede algo?

 

La voz masculina seguida de un pequeño carraspeo la trajo de vuelta a la realidad. La pregunta sonaba mucho más amable que «¿qué mierda estás haciendo en mi escritorio?», pero no tuvo tiempo de mostrar gratitud. Se levantó con violencia, golpeándose la rodilla con el borde de la mesa de vidrio templado, un raspón que no tardó en enrojecer su piel pálida. Diego estaba detrás de ella, con los brazos, o un solo brazo, cruzado. Un postura que parecía más curiosa que amenazante, pero ambos eran conscientes de qué implicaba. Grecia giró sobre la punta de sus pies, dándole la espalda al monitor y la cara a Diego, que estaba a medio metro, a lo mucho, de su rostro.

 

—N-no —balbuceó, con el rostro arrebolado por la sorpresa—, pensé que te habías ido, no te vi y tu computador estaba encendido, pensé que…

—Que lo había dejado así por despiste —terminó él, en lo que le pareció era una sonrisa a medio labio. Dio un paso al frente, acortando la distancia con la mujer que se encogía de a pocos, y se abrió paso a un lado de ella para toquetear el mouse y cerrar el archivo, procediendo a apagar el computador—, ¿lo leíste?

—Sí… digo, ¡no! —agitó sus manos a la par que se explicaba— Quiero decir, sí, pero no aquí.

 

El hombre arqueó una ceja, con honesta confusión. Grecia sintió que había hecho más difícil todo, y con él tan cerca no se sentía muy cómoda para enmendarlo. Su cadera rozaba ligeramente con el hombro de él al estar inclinado sobre el escritorio, por lo que se echó para atrás, sintiendo que la estática quería ponerla de vuelta al punto de inicio. Diego aprovechó el espacio libre para sentarse, girando la silla para mirarla a los ojos; no fue hasta ese momento que Grecia notó que los de él eran almendrados, pequeños de alguna forma, pero penetrantes y pintados por un tenue color ámbar. Él cruzó las piernas, en silencio, esperando una continuación.

 

Grecia se aclaró la garganta.

 

—Nicolle es una de mis escritoras favoritas… —comenzó— reconocí un par de líneas y me sorprendió pensar que tú… también la conocieras.

 

No era que la conociera. Era que la leyese, por lo que escribía. De alguna forma le resultaba casi un fenómeno de la coincidencia que Diego consumiese aquel tipo de contenido, la idea de imaginar a aquel hombre tan sobrio y escueto envuelto entre las líneas de Nicolle le resultaba… fascinante. Inhaló profundamente, dando por acabada su explicación.

 

«Vamos, Grecia, tienes treinta años, no estás en frente del director de la escuela», se regañó por su nerviosismo. Muy ocupada como para detallar el rostro de Diego, quien, hasta ese momento, sólo había mantenido su vista fija en la gesticulación de aquella mujer, a la cual llevaba mirando durante años.

 

 Alta, algo robusta, pero curvilínea, siempre en el suéter de algodón negro que llevaba diariamente al trabajo, las rodillas regordetas enmarcadas por el corte de la falda del uniforme. Grecia era el personaje promedio de un cómic promedio, adherida a un par de anteojos grandísimos que ocupaban la mitad de su rostro oval. Diego se reclinó hacia atrás, rascándose la nuca.

 

—Me gustan sus personajes femeninos —Grecia estaba casi segura que era la primera respuesta compleja que había recibido por parte de él desde que se conocían—, son… diferentes.

 

Y por supuesto que lo eran. Nicolle Negro escribía relatos eróticos, y su fijación se encontraba en mujeres poderosas, pasionales, sexualmente demoledoras… y Dommes. Más allá del erotismo de sus relatos, la fascinación nacía en la sutileza cruel con la que describía el fetiche casi espiritual por controlar y ser controlado; sus mujeres no eran pequeñas ninfas necesitadas de la caricia redentora y húmeda de su amado, ellas se amaban solas, y conseguían enseñar el amor a través de dosis de dolor inyectadas en el cuello con sus besos. Nada parecido a ella, nada parecido a Grecia…

 

—Mi favorito es «Mujer nocturna» —continuó Diego—. Creo que es el más honesto de todos.

 

Regresó de sus cavilaciones, escuchándolo con sorpresa. Diego pareció arrepentirse de haber hecho el comentario de inmediato, pero ella no lo dejó callarse.

 

—¿El más honesto? —cuestionó ella con desconcierto en su voz.

 

—Sí… —respondió Diego, entornando la mirada sobre ella, pero desviándola a sus pies de inmediato. El gesto llamó la atención de Grecia, quien recordaba la trama del relato al dedil, pero no comprendía cómo podían sus tópicos atrapar tanto la mente de un hombre como él, según lo conocía— la sorpresa es un elemento clave, sin embargo, el imaginar que alguien así escondiera ese potencial…

 

El relato narraba la experiencia sexualmente artística de una modesta bibliotecaria que descubría sus inclinaciones sádicas a través de los pequeños intervalos donde convivía con un lector ávido que acudía a la biblioteca diariamente, cada día por un libro diferente. La fantasía oscilaba entre la timidez característica de la protagonista y el carácter frívolo de él, enseñando que el valor de un Ama no se encontraba en su desenvolvimiento cotidiano y que la sumisión podía ser el ítem enterrado bajo la personalidad más taciturna. Sin embargo, en ningún momento se acostaron, cada evento, cada roce… estaba en la imaginación de ella. Y, a veces, en la de él. Mas ninguno fue realmente consciente de los deseos del otro.

 

—El final fue un poco decepcionante —acotó Grecia, dubitativa.

—Ambos pensaban lo mismo —soltó Diego, en una mueca de sonrisa—, pero ninguno dio el paso final… sí, podría decirse fue decepcionante. O un abrebocas para el lector, un permiso para continuar la historia…

 

Grecia jadeó ante esa resolución. ¿Continuar la historia? Había algo en el tono de Diego que le endulzaba los oídos, pero que también la atemorizaba. Visualmente ella tenía la postura más favorecida, estando de pie y Diego sentado, mirando al suelo… hasta ahora sólo había pensado en el personaje femenino, en lo que escondía su pudor y recato, pero… él. El personaje masculino, ¿qué escondía? Los hombres de la autoría de Nicolle eran una fórmula mágica entre cotidianidad y desavío, sujetos comunes en ambientes comunes, que terminaban deseando cosas igual de comunes, pero censuradas bajo el halo de la masculinidad tradicional. Por un momento Grecia sintió haber tenido una revelación, una campanada de razón y deducción que le hizo temblar las piernas. Se apoyó en el lateral del escritorio para no caerse. ¿Podría ser? No, claro que no, ¿qué probabilidad habría de que lo que atrapase a Diego no fuera la vida secreta de los personajes femeninos, sino la necesidad no resuelta de los masculinos?

 

«¡No seas ridícula!», espetó a sus adentros.  

 

—¿Puedes pensar en un final mejor, Grecia?

 

Él descruzó las piernas.

 

Era la primera vez que la escuchaba llamarla por su nombre y no por su apellido, Montero. Sintió que la sangre se iba de sus piernas y de acumulaba súbitamente en sus mejillas, haciendo ebullición entre su rostro y orejas.  A Diego aquello le pareció adorable, pero más disfrutó su torpe respuesta:

 

—Uno donde todo hubiese sido real…

—Puedes hacerlo real… —resolvió él, estirando su mano por encima del escritorio hasta alcanzar la muñeca de ella. La acarició superficial, pero con lentitud. La miró a los ojos, siendo los suyos unas rendijas pícaras, pero juiciosas— podemos hacerlo real.

 

Grecia sintió que el mundo se le sacudía bajo los pies, ¿real? ¿Aquello era real? Se dejó guiar sobre el cuerpo de Diego, impulsada por la propia mano de él. Reposó su rodilla en el espacio entre las piernas del hombre, mientras éste desplegaba sus brazos a los lados, dejándola hacerse con su boca. Primero fue un contacto inocente, parcial, entorpecido por el desconocimiento de las formas de ambos. Los labios de Diego eran delgados, un poco secos, pero le gustaban. Poco tardó en adaptarse a su silueta y se permitió delinearlos con la punta de su lengua, desde el centro hasta la comisura, y de vuelta. Sabía a menta y dulce, ¿había ido al lavabo para cepillarse? Le daba igual. Aquel contacto encendía en Diego un fuego violento que reprimió en un gemido austero, ahogado en la boca de Grecia. No la estaba tocando, ella sí a él. Sus manos estilizadas y frías contrastaban con la barba de dos días, acariciando la línea de su mandíbula, dejando que sus pulgares llegaran hasta sus lados y apretaran ligeramente su cuello, con algo de malicia, con algo de dulzura. Grecia sintió cómo la manzana de Adán se subía y bajaba en su palma al Diego tragar saliva, antes de meter su lengua fina en la boca de él. Se deleitó al sentirlo estremecerse mientras más intimaba en su interior, la lengua de él correspondía a la visita con ansia y obediencia, algo que ella no había experimentado antes en otro amante… y que la hacía saltar como una gota de agua en aceite hirviendo. Luego de un par de minutos dejándolo beber de su saliva, Diego se atrevió a deslizar una mano tímida sobre el muslo de ella, justo en la oquedad violinista que ascendía a sus caderas. La postura la hacía ensombrecerlo por completo, llenarlo, ella lo sujetaba de la mandíbula con la mano derecha mientras que con la izquierda presionaba su pecho para mantenerlo quieto, bajo ella. Diego subió hasta la pretina de la falda de tubo, estirando la tela de la camisa y sacándola de ahí, para poder adentrarse en la calidez de su cintura: piel contra piel, aquel sitio ardía en comparación a las pequeñas manos de ella que apenas comenzaban a calentarse. Él estiró la otra mano con la intención de tocar, tan solo un poco, un pecho rebosante por encima del uniforme, pero Grecia lo detuvo antes de que consiguiese acercarse a su suavidad, llevándose la palma de él a su rostro turbio de excitación y acunando su mejilla en ella.

 

—Aquí no —jadeó, en un momento de lucidez. Lamió la mano de Diego usando toda la extensión de su lengua, metiéndola entre sus dedos—. El depósito.

 

Diego se levantó, tropezando contra el cuerpo de ella. Sentía que bajo los dos había un vórtice que los succionaba y lo embestía contra el calor de Grecia. Claro, entendió, si bien todos se habían ido, alguien podría entrar al departamento. Quedaban dos horas para el cierre oficial, pero el tiempo no le era relevante. Caminaron a torpemente hacia el depósito, ahí guardaban todo el material de la oficina. Era un cuarto de apenas dos metros cuadrados con una única estantería contra la cual se vio acorralado apenas encendió las luces. Grecia había cerrado la puerta con seguro y se había abalanzado contra la boca de él, devorándola con más ímpetu que el que había mostrado ahí fuera. Siendo ambos de la misma estatura, no le era complicado subyugarlo al su voluntad, presionándolo contra la estantería y bajando por su quijada con la lengua ancha, que se afinó al llegar su cuello, el cual ya había despojado de ropa al aflojar los botones. Libó, succionó y mordió la carne morena hasta que verla decorada de cardenales que al día siguiente, apostaba, lucirían un hermoso tono purpúreo. Diego gimió y tembló ante aquel asalto, sintiéndose caer aunque solamente estuviese deslizándose hasta quedar sentado en el piso, acabando a la altura  de las piernas de Grecia, que se separaron como dos paletas de helado dulce, subiéndose la falda hasta casi dejarle ver su intimidad. Intimidad que frotó por encima de la ropa interior y del pantalón de él al sentado a horcajadas encima de su regazo, sujetándose de los hombros masculinos mientras las manos de Diego apretaban sus glúteos; arriba, abajo, adelante y atrás, la fricción era lo suficientemente placentera como para comenzar a dejar un manchón húmedo y pegajoso en la cremallera de él.

 

—Oh, Dios, por favor…

 

Gimoteó él, sintiendo el calor de la almohada húmeda de Grecia contra su erección lúbrica, dolorosa.

 

—¿Por favor qué? —atajó ella, sintiéndose y sabiéndose ese Dios, volviendo a sujetarle el rostro, esta vez con ambas manos, sin abandonar el ritmo. Lo miraba fijamente, sus lentes empañados y la frente perlada por el sudor. Le dio una pequeña bofetada con la punta de los dedos que resonó en la habitación repleta, mas no dejó más marca que el rubor ya existente en las mejillas de Diego, que respiraba convulso— ¿por favor qué, Diego? —musitó con dulzura maternal mientras lamía el pabellón de su oreja izquierda y descendía hasta su lóbulo, el cual mordió usando las paletas con deliberada crueldad.

 

Diego dio un pequeño grito que oscilaba entre el placer, el dolor, y lo que nacía de unir ambas cosas: excitación.

 

—Tócalo… tócame… —suplicó.

 

El rostro de él estaba surcado por la desesperación, sudaba e hiperventilaba; Grecia acomodó un pequeño mechón de cabello que se había salido de su lugar, colgándole entre los ojos, los cuales besó por encima de los párpados con la suavidad de la abeja que se posa en la flor, aunque en aquel momento fuese una avispa depredadora.

 

Permitió que Diego desnudase su torso, primero el suéter, que acabó cuidadosamente doblado a un lado, y luego la camisa, que desabotonó desde abajo con dedicada cautela, ella lo ayudó con los botones de arriba al notar cierta resistencia. Una vez sus pechos se mostraron como dos bollos recién salidos del horno, exuberantes y apretados bajo el sujetador, Diego enterró su rostro entre ambos como un viajero derrotado por el cansancio, se ahogó y llenó de ellos con hambre y lascivia, mientras Grecia se hacía camino en su pantalón y liberaba de aquella prisión apretada a su miembro, el cual percibió de un largo conservador, pero un grosor que le llenaba la mano. Diego comió del pezón erecto como un niño devora a su gomita favorita, quitándole primero la azúcar, degustándola en la punta de su lengua, entre sus dientes, pero sin morder… ahogó un jadeo contra el pecho rebosante cuando sintió los deditos de Grecia acariciar su glande con la gentileza de una colegiala que no sabe muy bien qué hacer. Ese retrato de inexperiencia se comenzó a deformar cuando la dulzura prevaleció, pero aunada a una firmeza sabia, instintiva. Grecia lo tocaba como se toca a un instrumento… él era un instrumento. Y eso lo hacía vibrar en la mano de ella, que se río al sentir la contracción de su pene.

 

—Parece que te gusta.

—Me encanta —tragó—, me encanta, Dios.

 

Acariciaba el tallo erecto con diligencia, torciendo un poco la muñeca al llegar a su base, relajándola al subir, sintiendo su textura; dejó que su pulgar se impregnara del líquido viscoso que lubricaba los pliegues de la punta, deslizándolo alrededor y llevándoselo a la boca, chupándolo con morbo mientras Diego miraba con los ojos entrecerrados por la conmoción. Grecia lo besó, con los labios pintados de preseminal, dejándolo sentir su propio sabor, ligeramente salado. Diego no mostró resistencia al beso, pero sí a sentirse a sí mismo, por lo que echó la cabeza para atrás. Ella lo cogió de la nuca, apretando su miembro con la otra mano.

 

—Quédate quieto —ordenó, suavizando el ritmo de su masturbación—, sabes bien, Diego… pruébate…

 

Susurró contra la boca de él, que se abrió como un loto. Nuevamente lo invadió con su lengua, un poco fría ahora, pero tan húmeda como el resto de su boca. Lo inundó de su saliva, hasta sentirlo beber de ella y sentir cómo caía por las comisuras de sus labios. Luego siguieron sus dedos, con los cuales entró y salió de la boca de él con la orden explícita de no morder. Se detuvo, sin más, dejándolo inconcluso y confundido. Diego intentó evitar se levantara con un quejido pueril, pero ella se irguió, se levantó la falda hasta la cintura y se sacó las bragas en frente de él, cerquísima de su rostro, dejando un hilo pegajoso entre la tela y la línea hirsuta que componía su intimidad. Le acarició la cabeza con la mano izquierda, mientras que con la derecha, estando ligeramente agachada, separaba sus pliegues lúbricos, dejándole una vista privilegiada a la perla que coronaba aquella franja larga y profunda entre sus rizos.

 

—Come —dijo.

 

Y él obedeció.

 

Hundió su boca en aquella ostra abierta; olió su pubis, lamió sus límites, mordió el monte de Venus y el bajo vientre. Apretaba con glotonería sus muslos, la unión de éstos con su trasero, su trasero en sí, adentrándose a aquella cavidad con un dedo travieso que sólo penetró un poco, tan sólo un poco… su lengua, por otro lado, era más atrevida, se estaba ahogando en aquella fuente, pero moría placentero y gozoso en su sabor agridulce, su mentón estaba ya empapado y sus labios enrojecidos por besar aquellos labios gruesos y elásticos, como el premio de una feria, una golosina dulce, rellena, explosiva…

 

Las manos de Grecia marcaban la distancia y ritmo, empujando su cabeza hacia adelante o hacia atrás según le conviniese. La habitación olía a levadura y sudor, a dulce y salado, a lo que debía oler el sexo cuando era pleno, cuando desbordaba. Todo aquello y ellos dos eran un efecto invernadero donde eclosionaba un éxtasis dramático y adictivo. Acabó contra la boca de él, mordiéndose la mano para no gritar. Su cuerpo se tensó como la cuerda de un violín afinado con la única intención de dar fin a la tonada. Se dejó caer sobre el regazo de él, la punta de su pene y toda su extensión rozando íntimamente con su cueva húmeda. Diego se quejó con gusto ante el contacto, recostando la cabeza contra la estantería al saber lo que vendría. Grecia se frotó un poco más, dilatando el tiempo y dilatándose ella; sosteniendo la erección de él con sus dedos, se ensartó con ella, lenta y delicadamente. Podía —podían— sentir cada centímetro abrirse paso en la estrechez hirviente de su interior, hasta llegar al tope de él y convenientemente al punto más sensible de ella. Comenzó a balancearse como quien juega en un carrusel, sus sonidos eran propios de aves bañándose en una fuente, de succión y regocijo. Se abrazó al cuello de Diego, el cual mordió y lamió sin pudor alguno mientras él tensaba sus dedos contra los muslos de ella, dejándolos marcados de rosa y rojo. El vaivén fue aumentado la intensidad al punto de echar la estantería para atrás y hacerla resonar contra la pared, ambos se rieron, ambos se llenaron el uno del otro. Diego gruño, anunciando llegar al límite de su resistencia, ella separó las pelvis de ambos antes de que acabara en su interior, impregnando todo su pubis y vientre en un cálido y cremoso disparo que se diluyó entre los espasmos de él, con un par de lágrimas involuntarias depositadas en sus ojos dilatados. Grecia, que también temblaba, se untó los dedos con aquella sustancia oleaginosa y la lamió gustosa como masa de galletas. Deslizó la misma mano en la mejilla de Diego, marcándolo de su propio semen, de su propio sudor, y de la saliva de ella…

 

Un universo binario con excepciones extraordinarias…

 

Lo besó en la sien.

 

Era un buen chico.