Sin remitente

Toc, toc, toc. 

Adivina quién. 

¿No me abres la puerta? 

No es cómo si no supieras cómo es el mundo detrás de la mirilla —apunta, toc, toc, toc—. Tu sonido favorito son los tonos de espera, por eso me los he memorizado sentada con el cable en espiral entre los dedos, coqueteándole al tiempo. Siempre cae buzón. 

Vamos a jugar algo.

Ya te sabes las reglas, podrás ser el primero, pero nunca el único en tirarme de las trenzas contra el arenero. Te has amañado de nuevas trampas, esta es casi, casi idéntica a mí. Rizos de caoba, mejillas tostadas por el sol, y puedo reconocer esa mirada ignorante a veinte años de distancia, no podría ser de otra forma, si la has elegido así. Y sé tus intenciones, ¿sabes tú las mías? Mientes tanto —y tan bien— para ser un hombre que «nunca sabía qué decir». Siempre subrayando mis palabras, porque ese es mi talento, qué palabra usar, qué tragar, qué escupir. Tu versión más perfecta, la costilla encajada. Y sin embargo, lo más valioso no era poder consolar tu tristeza con poemas, cartas en puño y cartílago, sino mi silencio. 

Cuán preciado puede ser callar, ¿no lo crees? Mas te cuesta tanto, tanto. Me necesitas muda, pero no soportas el recogimiento del mar, desde tu orilla tan sola. No soportas saber que sé. Y no te culpo. De ti aprendí que todo hombre nace siendo mal querido; para aquel que nace sobreviviendo, la mentira es su único adjetivo. Pero eres tan, tan tonto. No todos los monstruos se hacen grandes, eso también lo aprendí de ti. Sólo fuiste el tentempié de una serie de depredadores, uno más parecido al otro, y tan poquita cosa al final. Qué grande se ve el abandono cuándo el cuerpo es pequeño, cuando te besa con la boca áspera y alcoholizada. Tú también fuiste pequeño, minúsculo bajo el cinturón del monstruo que azota, por eso me dejaste ahí, como tributo, la sustitución perfecta. 

Yo escapé, pero tú no querías huir, Querías ser más que esa enormidad. Más cruel, más sádico, más víctima, más santo. 

¿A ella también le has dicho que si alguno quisiera hacerle daño, le partirías las piernas? Por supuesto que no, no usas la misma retahíla entre peones. Ella no ha dejado las lágrimas de purpurina en tu camisa, qué adorable me veía con el rostro pintado de mariposas e ilusiones, ni ha rogado por un poco, una ínfima, pequeñísima, parte de ti en pertenencia. He olvidado cómo te veías, no tu voz ficticia. La nariz sangrante y las lágrimas de cocodrilo, ¿a los cuántos meses dejaste de buscarme en objetos perdidos? Todavía me como las costras de las rodillas.

Pudiste haber continuado, como defendiste, intentando ser feliz. Pero la soberbia te puede más que el recato, sigues siendo la misma materia reprobada. Te he visto en tantos escenarios, y en todos, cada uno de tus tú, terminan igual. A veces huelen a alcohol, a veces a hierba, a veces a las curiosidades de una alucinación guiada que culminará entre mis piernas o entre mis brazos, pero siempre arrastrando la misma culpa. Colecciono tragedias como tú te atragantas de morbo de un deseo corrupto. No aceptas el rechazo de mi perdón, era tan solo natural que necesitaras abrir mi tumba, despertar a las larvas, regodearte en tu fantasía. Tenemos el mismo tumor, pero aún apuestas por que moriré primero. Ella es casi, casi, idéntica a mí. Impoluta, inocente, cándida, ¿te has asegurado de qué sí podrás envolverla lo suficiente hasta que transcribas tu final? El capullo se abre, quieras o no. Nadie quiere peor que aquel que quiere desde la necesidad, tú y yo lo entendemos bien. Y tú me necesitas, porque soy la pantomima. 

Toc, toc, toc, ¿sigues ahí? 

Mi tortura fue la excusa perfecta, aún le debes tanto a mi bilis, a mí flema. Mi silencio diáfano te ha regalado tantas cosas, y aún así tenías —por supuesto que tenías—, que intentar hurtar más. Las criaturas como tú tienen este extraño, fascinante impulso de comprobar si aún pueden atentar más contra la carne. Tu sangre es mi sangre y mi sangre se cobra, se desborda, se escurre entre las grutas donde hace eco tu pestilencia. Te convenía tanto mi silencio, usarme como la tentativa de consuelo, como la herida predilecta. Dime, ¿qué pasará cuando ya no puedas fingir que te inmolas por lo que (me) has hecho? 

¿Esos ojitos oscuros te seguirán mirando con el amor que alguna vez miré al mundo? 

Mímesis de mí.

Si caigo, no caerás conmigo. Hay un lugar mucho mejor para ti, uno que conoces tan bien y al que le temes tan profundamente...

Podías haberte conformado con mi ausencia de respuesta, con mi resignación comática. Pero tú necesitas hacer de todo lo mismo; he sido la madre de todos mis amantes, mas sólo tú has sido tan náusea, tan enfermedad. No quieres una madre, hombrecito triste, pusilánime. Tú miras a la mujer como tu amante, sea madre, sea amiga, sea enemiga, sea tu hija. Tu única hija. Somos todas parte de este universo repulsivo de castigo y vísceras, somos todas el mismo objetivo. De las más grande a la más chica. 

Entonces, ¿por qué huyes ahora? Ahora que tienes lo que quieres, mi ojo en tu lupa, mi yema en tu escara, ¿qué te asusta? ¿Es la repugnancia del reflejo, de saberme como tu única verdad? ¿O es la soledad que te espera cuando mi dolor, del que te has apropiado cual vulgar ladrón, no sea más tu instrumento? Querías mostrarme tu nueva muñeca, darle cuerda para saquearme las piezas que me quedaban. Ya alguien lo hizo antes que tú, para tu decepción. Y para mi aburrimiento, sé que sólo amas a la cría mientras ames a la madre, soy el sueño húmedo de tu familia feliz, y el pedazo de tu hueso más fiel a la creación de esta obra que llamaste olvido. Eres demasiado atrevido para ser alguien con tanto miedo a quedarse solo consigo mismo. Yo sé lo que soy, y yo he sobrevivido. ¿Cómo sobrevive, dime, aquel del sexo lúdico y fracasado? ¿En qué falda se esconde cuando se le acorta el hilo? ¿Dónde se refugia el cuerpo enfermo, enllagado, la boca desdentada de razones? Cuando el perfume a pus y orín se cuele por las esquinas, ¿quieres adivinar quién toca la puerta? 

En un atisbo de nostalgia, mi madre aún dice que me veo tan tú durmiendo.

Pero yo duermo con la conciencia limpia.

Deshazte de mi cuerpo

 Deshazte de mi cuerpo, 

o no. 

Cuando llegue el momento —no amargues el rostro, tú, yo, estas ganas de ausencia lo sabemos—, quizás puedas rescatar, todavía, pedacitos de mí. Saca de entre los huesos secos y la piel leprosa, enjúgame, por piedad. Sé que partiré antes que cualquiera de nosotros, y que me quedé más que cualquiera de ellos. Mas la miseria escuece, y más se hunde la astilla. Que de esta dulzura aún se liba, se alimenta: cóceme en tu espera, en tus dudas, en la única creencia de que sólo yo podía hacerme esto a mí misma. Hurga entre esta jaula de costillas y permíteme escupir las plumas que se me encarnaron entre las cuerdas vocales, ya no gritaré, descuida, nunca he podido, ¿pero no sería un consuelo volver a murmurar, siquiera? Vibrar tan bajito, como lo hago entre tus dedos, como la lira que se fractura con tus espuelas. Si me arrancadas los dientes, por fin, tal vez querrías volver a besarme; no tengo fuerzas para morder, aunque la tuviese, nunca fue un impedimento para ultrajar mi boca. 

Mete el dedo en la llaga, remuévelo, clávame las uñas, nadie me escuchará. 

Ponme en alfileres, de colores, acomodada en algodón.

Este pecho voodoo late como un tamborcillo de cuerda y ahora se me ha enredado, sólo necesito tirar la silla. Siempre he ido de puntillas por la vida, no se me ocurre otra forma de dejarla. Lávame la cara, por última vez, que ya no lloro y se me opacan los prismas con los que veía nuestro mundo. Esta capilla arde y me he quedado siendo la dama de honor. Tómame en autólosis, antes de que hieda lo que queda de mi alma, amarme siempre fue un acto de necrolagnia, pero te puedes llevar la parte menos agusanada de mi manzana, dejarme en el almíbar de sus semillas. Apresúrate en beber la sacarina de mi centro melaza antes de que arda, de que regrese al lugar de donde nunca debió brotar. Un pequeño injerto bastardo, parasito en las paredes de este dédalo, trepadora al fin. Hasta el adefesio más purulento resiente ser visto con ternura, si esta le recuerda su orfandad. Cuando llegue el momento, cógeme sin guantes, el asco lo perdono, pero no la esterilidad. Déjame llevarme las marcas colmena, el tacto enmohesido. Quiébrame los dedos de los pies, absuélveme de salir corriendo otra vez y creer que puedo escapar de la bruma. No consueles este hambre y déjame fenecer sabiéndome. Que el mayor acto de adoración es recordarme que nunca fui inmaculada, mi pureza fue violentada mucho antes de ti. Sólo la lavé a lamidas, como el perro herido que ofrece el lomo manso. Cuando la carne se pudra y la caricia amenace, si tan solo pudieras dejarme reposar en tu regazo, hasta que mis pulmones se sequen como flores de higo, sería (yo) suficiente. 

De esto que siente, que duele, que se rompe entre esquirlas, que ha permitido tanto.

Deshazte de mi cuerpo, que de mí ya lo han hecho. 

fascinare

   La espiga se encorva al viento, vaporoso, mientras tus dedos se intercalan con los míos. En el campo de trigo hay un silencio que silba, me enfría las orejas, tu voz es muda y aún así la escucho entre partículas de pastura y sol. El dorado del polvo se pierde en tu pupila ausente. 

   Si me soplaras tu aliento para respirar, ¿sentirías el agujero negro que construye mis entrañas? Tu boca es alimento, fruto y prosa, mi pecho está henchido de pasado, me arrastra, me arrastra... La marea nos marea, pero no te dejo. Tu respiración es un suspiro que ensordece. 

   El vacío salta en mí, mi cuerpo charco y llovizna; ojitos cansados, ¿me puedes sujetar? Si me resbalo de tus manos podría convertirme en brea ardiente bajo la miel de tu mirada. Hay aprehensión en el vistazo que le das al mundo —no hay mundo aquí—, y orbito alrededor del tuyo porque no encajo en el rompecabezas. Soy un matojo de venas pinchadas y tú un algodón virgen de hiel. 

   No me puedes salvar. 

   No estoy hecha para ser salvada. 

   Y si fueras a llorar, y si fueras a sangrar, y si el miedo fuera a entretejerse en el tercer intercostal, como un prurito malévolo, como una hiedra que se enreda, ¿qué soy yo, sino álcali y aceite? El perro manso, con los colmillos limados de hambre, la cola meneando al tacto de tus yemas. Déjame atragantarme en ese dolor, engullirlo en el mío estepario, mutilarme en él y alimentarte de la carne tierna, del almíbar que deja la sangre cuajada entre sudores. Que entre mis brazos te sepas amado antes de nacer, arropado en devoción. Que no te quede duda de muerte, porque de ella he gestado y vivido. 

   Tus pasos son muy largos y tengo piernas cortas. 

   En este corazón alfiletero late la inquina del abandono y la furia desdeñosa, triste de mí. Muerdo la mano que me alimenta y resollo al lado de la putrefacción de mis cadáveres, se apilan, entre larvas y légamo. Podrías vomitar tu angustia, verterla directamente en boca para alimentar al pichón en mi pecho, y no sentiré nada. Abrázame antes de que me quiebre, como un caleidoscopio, y mis prismas dejen en cenizas todo.  

   ¿Cómo un rostro tan triste puede ser tan hermoso? Me muerdo las uñas para tocarte, no vaya a ser que te me desmorones entre mordiscos; tanto como deseo acunarte y esconderte bajo mi falda, anhelo el sabor de tu sal, que mis dedos sean gubias en tus cuencas oculares y sorber cada necesidad de tu mirada, libarte, rumiar en la piel amoratada, arañada, arrullado por el reclamo de los ecos en mi cabeza, en el fuero de mi encarnizamiento. Pequeñas voces depravadas que se regocijan en la imagen de mi gula, metiendo la lengua en la llaga, coqueteando. ¿Puedes escuchar el ansia? Tus cabellos de heno se enredan entre mis manos, busco la aguja para coser mis fauces. Podría comerte, tu cuello late como un pequeño tambor de cuerda. 

   Mas retrocedo, con las patas quebradas por mí y para ti. En la contención se encuentra la entrega, en el castigo el premio. 

   Y duermo entre espigas, bajo tu palma caliente, sonriendo tras el bozal sin amarrar.