Hay un muerto conmigo. Nadie lo sabe, mientras cuerpos colisionan piel con piel y polvo con polvo cuando la guagua se tambalea por ambos, un exceso de pasajeros y un camino con huecos profundos de desidia. Tengo el estómago vacío y volteado, los gritos de los tripulantes de esta nave miserable no ensordecen la realidad: hay un muerto conmigo. Ciento veinte kilos reducidos a una pequeña bolsa plástica de cenizas que parecen doscientos gramos de pimienta negra en una caja de madera que acabará en la basura. La sostengo en mi regazo como un sonajero mudo cuyas bisagras baratas apenas vibran con cada vaivén del automóvil que me parece se mueve tan lento como el propio tiempo. El pasajero a mi lado huele a cebolla y me tiene acorralado contra la ventana truncada, astillada y con el papel ahumado arañado. Miro a la calle como un negativo a medias.
La Merche se murió. Algún día se iba a morir, dialogan mis recovecos en una protesta. Y lo sé. Mas no lo hace menos surreal. Su robusto cuerpo se veía aún más grande sobre el suelo del baño: un infarto, dijeron. Algo tan espontáneo no parecía propio de ella. Un gajo de carne enfitematoso sobre un pozo de fluidos. Nunca tuvo teléfono ni nadie que la quisiera y la encontré cinco días después. No olía particularmente mal, tampoco particularmente bien, perfumada en el lodo de una ducha rural, la tacita que usaba para bañarse llena todavía, mosquitos incubando en su interior. Nadie en la familia pidió un sepelio, cremada fue, como un perro al que se le dio el alivio de la eutanasia y cuyos restos seguramente ni siquiera son suyos, sino los de seis más.
Pero yo sí quería a La Merche. No siempre lo hice, es cierto.
Tenía catorce cuando me tiraron en su casa; en toda familia existe la escoria, el lumpen emocional y focal. Esa era La Merche. En su ranchito de tablas y lámina, animales entrando y saliendo de la habitación-sala-cocina, la grasa corriendo en la fórmica engrapada de las paredes, casitas de barro colgadas en los bastones de tronco y tubos recortados que sostenían la estructura. La Merche, la pánfila Merche. La hermana que nadie podía ayudar, la tía inexcusable. Aunque nunca supe cuál fue su pecado, más que ser ella.
Mis padres habían decidido que lidiar conmigo era demasiado cuando no podían lidiar con ellos, y por supuesto, ¿qué mejor castigo habría para mi propio pecado que arrojarme a lo que ellos entendían como una enseñanza trágica para aprender a estimarlos? Supongo que encontrar las fotos de mi romance de liceo, el guapo y acneico chico del 2-B era verdaderamente la última gota. No la hierba, la pega, las malas notas, las cortadas, los gritos y la tragicomedia diaria: sino que fuera maricón. Ese día mi padre me azotó con la hebilla del pantalón hasta que sangré de la boca y la ceja reventada. Mi madre se encerró en la cocina a preparar lo que sea que había visto en televisión. Al día siguiente estaba en la reja hecha de mimbre y alambres oxidados de La Merche. Claro, con una bandeja de pasticho. Una pequeña ofrenda.
Ella no hizo preguntas, de hecho, recuerdo exactamente sus palabras a mi madre, su sobrina: «¿Y vas a matar al muchachito porque te salió voltíao'?» mientras mi padre le gritaba desde la entrada que se apurara. Yo sólo permanecí de pie, en medio de todos, pero con La Merche agarrándome del hombro con su mano llena de pecas de sol y sus uñas amarillas y corvas. El sudor caía por mi nuca, un calor sobrenatural que me sofocaba. No sabía si por las lágrimas ahogadas en mi garganta o por la claustrofobia hedionda a humanidad.
Olía a margarina y kerosene, un desayuno-almuerzo fundiéndose en una olla repujada de aluminio, sardinas enlatadas y huevos. Mi madre no me miró a los ojos en ningún momento, pero no había una puerta que azotar con arrogancia digna. Así que Merche sólo balbuceó algunas cosas que no entendí en mi náusea, golpeándola con un tapo curtido y mojado hasta que la sacó de su hogar. Le dio el pasticho a los perros de la calle.
A Merche le hedían los pies a vinagre; tras un día completo en esas sandalias plásticas y rotas, en la colcha raída y machacada por el paso de los años apenas cabíamos lo dos, así que intentaba sobrevivir durmiendo con la cabeza en sentido opuesto a la suya, las primeras dos semanas apenas pude conciliar, con el ventilador maltrecho y repotenciado que giraba arrítmicamente. Al despertar, enrrollábamos la colcha con fuerza y la amarrábamos con una cabuya cruda, y barríamos el piso de tierra para poder arrimar dos sillas juntas y comer.
Nunca me faltó alimento. Tal vez de higiene dudosa, ya que no era su fuerte, pero siempre puntual. Al principio me resistí, ya sea por orgullo o por la tristeza que inundaba mis entrañas, pero ella insistía de cualquier forma. De vez en cuando amenazando con sonarme con un palo.
Un día, en medio de un palo de agua que nos tiró la canal del techo e inundó la casa, Merche me dejó. Había salido cuando apenas lloviznaba, y ahí estaba yo, peste en la boca, tirando cubetas de agua y tratando de encaramar la colcha podrida en algún espacio que no estuviera humedecido. Quería morirme y maldije como no había tenido la oportunidad de hacerlo desde que me habían tirado ahí, a la buena de Dios. Entonces llegó ella, con el cabello cano y mal oxigenada tirado hacia atrás para que no le tapara los ojos hinchados, una sonrisa de oreja a oreja. Yo no entendía cómo se podía reír en tal situación tan... miserable, y mi ira, tan profunda e íntima, casi rompió ese gesto tan puro. Lloré, le reclamé, le grité y escupí preguntas como que cómo era capaz de vivir así, por qué tenía que yacer en tal desidia, cómo podía sonreír cuando todo era un lodazal, una mierda, cómo me había dejado solo. Cómo me había dejado.
Fue cuando la vi sentarse, su respiración agitada y rostro pálido como el papel. Hurgando en su escote, se sacó un frasco de la axila, extendiéndomelo con ternura. Un envase de queso fundido, de esos cuyo colorante tenía más relevancia que su sabor, pero que para personas como Merche eran un lujo tremendo, lo que para mí hubiese sido parte de la cena más normal en casa de mis padres.
—Para unas arepitas fritas, papito...
Esa noche comimos arepas fritas con Chigüí', como le decía ella al Cheese Whiz, y dormí abrazado a ella, frente con frente. Su cuerpo blando como un salvavidas enorme al lado de los tres huesos famélicos míos.
La estridencia de la música y los reclamos de alguien quejándose de que no le dejaron descender en su parada me aturden. Pienso en el silencio de aquel ranchito. En que el día antes de irme le hice un masaje en los pies a Merche. En que le prometí que le pondría un teléfono para que me contara qué había hecho, pero el servicio nunca fue aprobado en aquel sector ahora pseudocosmopolita, los ranchos se habían hecho menos ranchos, ahora eran de ladrillo y no de cartón comprimido. Pero el de ella había quedado fundido en el pasado, apenas adornado por una mata de mango que había crecido en mi ausencia y una cerca que había podido instalar con mi primer trabajo.
Al final nunca regresé a casa de mis padres, tampoco supe más de ellos, más allá de que seguían separados bajo el mismo techo y que mi padre tenía cáncer de hígado. No le vi la cara al morir, no le vi la cara a mi madre después.
El forro del asiento del frente tiene manchas y quemaduras, todavía se lee su firma local, «Querido usuario, cuide de esta unidad. No ingiera alimentos ni bebidas». Me duele el estómago.
Cuando Merche murió, yo estaba fuera del estado, resolviéndome un ascenso. No me lo dieron. Me levanto a las 4am y regreso a las 7pm, el carajito eterno, oficinista que vive en las residencias. Una identidad mejor que el drogadicto maricón, pero no lo suficientemente mejor para llevarme a La Merche.
He tenido algún novio, pero no ha durado. A veces porque no son los novios que quieren que se sepa que tienen novio. A veces porque sólo yo creía que lo éramos. Merche me decía «Tú enfócate en lo que debes, que hombres sobran. ¡Mírame a mí!, tan contenta sin uno». Y se reía, con esa boca tan grande como una luna acostada. Pero sé que ella también quería un amor.
Reviso la pequeña bolsa de mercado que cargo aparte del cofre de madera con sus cenizas: un Chigüí', café y dos panes. El pasajero a mi lado grita por la parada y la radio sintoniza alguna canción de Franco de Vita la intermitencia de las bocinas achicharradas apenas me deja entender la letra.
Hay un muerto conmigo. Y con él me muero yo.
«... Lluvia, lluvia, lluvia, si esta vez me toca a mí, yo lo quisiera saber...»
