Deshazte de mi cuerpo

 Deshazte de mi cuerpo, 

o no. 

Cuando llegue el momento —no amargues el rostro, tú, yo, estas ganas de ausencia lo sabemos—, quizás puedas rescatar, todavía, pedacitos de mí. Saca de entre los huesos secos y la piel leprosa, enjúgame, por piedad. Sé que partiré antes que cualquiera de nosotros, y que me quedé más que cualquiera de ellos. Mas la miseria escuece, y más se hunde la astilla. Que de esta dulzura aún se liba, se alimenta: cóceme en tu espera, en tus dudas, en la única creencia de que sólo yo podía hacerme esto a mí misma. Hurga entre esta jaula de costillas y permíteme escupir las plumas que se me encarnaron entre las cuerdas vocales, ya no gritaré, descuida, nunca he podido, ¿pero no sería un consuelo volver a murmurar, siquiera? Vibrar tan bajito, como lo hago entre tus dedos, como la lira que se fractura con tus espuelas. Si me arrancadas los dientes, por fin, tal vez querrías volver a besarme; no tengo fuerzas para morder, aunque la tuviese, nunca fue un impedimento para ultrajar mi boca. 

Mete el dedo en la llaga, remuévelo, clávame las uñas, nadie me escuchará. 

Ponme en alfileres, de colores, acomodada en algodón.

Este pecho voodoo late como un tamborcillo de cuerda y ahora se me ha enredado, sólo necesito tirar la silla. Siempre he ido de puntillas por la vida, no se me ocurre otra forma de dejarla. Lávame la cara, por última vez, que ya no lloro y se me opacan los prismas con los que veía nuestro mundo. Esta capilla arde y me he quedado siendo la dama de honor. Tómame en autólosis, antes de que hieda lo que queda de mi alma, amarme siempre fue un acto de necrolagnia, pero te puedes llevar la parte menos agusanada de mi manzana, dejarme en el almíbar de sus semillas. Apresúrate en beber la sacarina de mi centro melaza antes de que arda, de que regrese al lugar de donde nunca debió brotar. Un pequeño injerto bastardo, parasito en las paredes de este dédalo, trepadora al fin. Hasta el adefesio más purulento resiente ser visto con ternura, si esta le recuerda su orfandad. Cuando llegue el momento, cógeme sin guantes, el asco lo perdono, pero no la esterilidad. Déjame llevarme las marcas colmena, el tacto enmohesido. Quiébrame los dedos de los pies, absuélveme de salir corriendo otra vez y creer que puedo escapar de la bruma. No consueles este hambre y déjame fenecer sabiéndome. Que el mayor acto de adoración es recordarme que nunca fui inmaculada, mi pureza fue violentada mucho antes de ti. Sólo la lavé a lamidas, como el perro herido que ofrece el lomo manso. Cuando la carne se pudra y la caricia amenace, si tan solo pudieras dejarme reposar en tu regazo, hasta que mis pulmones se sequen como flores de higo, sería (yo) suficiente. 

De esto que siente, que duele, que se rompe entre esquirlas, que ha permitido tanto.

Deshazte de mi cuerpo, que de mí ya lo han hecho.