fascinare

   La espiga se encorva al viento, vaporoso, mientras tus dedos se intercalan con los míos. En el campo de trigo hay un silencio que silba, me enfría las orejas, tu voz es muda y aún así la escucho entre partículas de pastura y sol. El dorado del polvo se pierde en tu pupila ausente. 

   Si me soplaras tu aliento para respirar, ¿sentirías el agujero negro que construye mis entrañas? Tu boca es alimento, fruto y prosa, mi pecho está henchido de pasado, me arrastra, me arrastra... La marea nos marea, pero no te dejo. Tu respiración es un suspiro que ensordece. 

   El vacío salta en mí, mi cuerpo charco y llovizna; ojitos cansados, ¿me puedes sujetar? Si me resbalo de tus manos podría convertirme en brea ardiente bajo la miel de tu mirada. Hay aprehensión en el vistazo que le das al mundo —no hay mundo aquí—, y orbito alrededor del tuyo porque no encajo en el rompecabezas. Soy un matojo de venas pinchadas y tú un algodón virgen de hiel. 

   No me puedes salvar. 

   No estoy hecha para ser salvada. 

   Y si fueras a llorar, y si fueras a sangrar, y si el miedo fuera a entretejerse en el tercer intercostal, como un prurito malévolo, como una hiedra que se enreda, ¿qué soy yo, sino álcali y aceite? El perro manso, con los colmillos limados de hambre, la cola meneando al tacto de tus yemas. Déjame atragantarme en ese dolor, engullirlo en el mío estepario, mutilarme en él y alimentarte de la carne tierna, del almíbar que deja la sangre cuajada entre sudores. Que entre mis brazos te sepas amado antes de nacer, arropado en devoción. Que no te quede duda de muerte, porque de ella he gestado y vivido. 

   Tus pasos son muy largos y tengo piernas cortas. 

   En este corazón alfiletero late la inquina del abandono y la furia desdeñosa, triste de mí. Muerdo la mano que me alimenta y resollo al lado de la putrefacción de mis cadáveres, se apilan, entre larvas y légamo. Podrías vomitar tu angustia, verterla directamente en boca para alimentar al pichón en mi pecho, y no sentiré nada. Abrázame antes de que me quiebre, como un caleidoscopio, y mis prismas dejen en cenizas todo.  

   ¿Cómo un rostro tan triste puede ser tan hermoso? Me muerdo las uñas para tocarte, no vaya a ser que te me desmorones entre mordiscos; tanto como deseo acunarte y esconderte bajo mi falda, anhelo el sabor de tu sal, que mis dedos sean gubias en tus cuencas oculares y sorber cada necesidad de tu mirada, libarte, rumiar en la piel amoratada, arañada, arrullado por el reclamo de los ecos en mi cabeza, en el fuero de mi encarnizamiento. Pequeñas voces depravadas que se regocijan en la imagen de mi gula, metiendo la lengua en la llaga, coqueteando. ¿Puedes escuchar el ansia? Tus cabellos de heno se enredan entre mis manos, busco la aguja para coser mis fauces. Podría comerte, tu cuello late como un pequeño tambor de cuerda. 

   Mas retrocedo, con las patas quebradas por mí y para ti. En la contención se encuentra la entrega, en el castigo el premio. 

   Y duermo entre espigas, bajo tu palma caliente, sonriendo tras el bozal sin amarrar.