
No puedo dormir y la verdad me atormenta; mi verdad, una gotera insistente que humedece con lascivia el pabellón de mi oreja. Me dice lo que ya sé, pero me niego a asimilar. No existe el amor mutuo, no existe el amar enteramente como enteramente ama el otro. Podré amar y ser amada de vuelta, mas no amaré como me aman ni seré amada como amo. Será, real, será. Sincero, también. Pero nunca idéntico, nunca completo. Jamás sabré lo que sus ojos miran y jamás sabrá lo que mis dedos sienten, y así, viviremos en la incógnita de si aquello es amor o un sentimiento abstracto que nos une en una ternura inicua, que hará mutis cuando el miedo azote.
No sentirá todo de mí aunque todo le entregue.
No me sentirá.
Me he vuelto egoísta. Le quiero libre y le quiero mío, aún así, auténtico. Sin ataduras, pero sin irse. Ansío su necesidad en mis labios y sus uñas bajo mi piel. Le tengo siendo suyo, pero deseo más de lo que se puede tener, jamás le tendré. Como jamás me tendrá a mí, aunque sea sumisa a su tacto. Le deseo caprichosamente, sabiendo que su ausencia no me mataría le hago indispensable, dueño de mí. He querido, incluso, que me haga daño, sentirme vulnerable a su marca. Quiero más. Siempre quiero más. Esta tristeza es tan profunda como embriagante. He caído enamorada de alguien que no podrá enamorarse de mí. Amo a alguien cuyo corazón dormita en hielo y sal, lacerante.
Me aterra tanto.