
Leo.
Esta es la parte de la historia que no pudimos contar.
Dijiste que cuando tuviese tu edad las cosas serían diferentes; me prometiste felicidad y un despertar sin daños en las sábanas. Tenías veintidós.
Tengo veintidós ahora. Hay sangre en mis huellas. Y te extraño.
Han pasado ocho años y creo que estoy comenzando a olvidar tu voz, te sueño y ya no te escucho. Una parte de mí tiene miedo de que desaparezcas por completo. Si pudiera creer en un paraíso, sé que estarías ahí. Pero quisiera que estuvieses aquí.
Quisiera tantas cosas.
Quisiera haberte tenido entre mis brazos más tiempo, quisiera haber sido egoísta y haberte podido detener, no haber permitido te fueras sin mí esa tarde.
Ambos sabíamos que sería la última, aunque me hubieses dejado un «hasta mañana, enana» en las mejillas.
No debí haberte soltado.
No quería hacerlo.
Pero no era quien.
No era quien...
Besé tus párpados por última vez queriendo poder mirar tus ojos grises sin aquel brillo de mentira, de promesa placebo. Fue la única vez que me mentiste. Fue la única vez que te creí. Yo también te mentí.
Han sucedido muchas cosas en este tiempo.
Permití muchas más que tú jamás me habrías hecho.
Si hubieses estado aquí todo sería tan distinto ahora.
Si estuvieses aquí estarías tan enojado... pero me abrazarías hasta que no tuviese que sentir más nada.
Tendrías treinta, pequeñas arrugas alrededor de tus mirada entornada por el sol, un jardín y aquel perro que queríamos adoptar. Yo tendría menos cicatrices y menos motivos para escribir.
Pero si yo hubiese estado ahí nada habría cambiado.
Cuando te encontraron ya era muy tarde.
Habría humedad en el suelo y el trigo tostado de tu piel se había convertido en seda blanca.
Cuando escuché a tu profesor dar la noticia sólo sentí el frío de tus dedos acariciarme el cuello nuevamente, perfilando mis rostro y dibujando un camino invisible en el puente de mi nariz, como siempre hacías al tenerme para ti.
Dijo que llevabas diez horas en tu habitación y otras cosas que se volvieron un eco abstracto en mi cabeza.
No entendía nada.
Pero lo sabía todo.
Olía a geranios y a que no te volvería a ver.
No lloré hasta llegar a casa y darme cuenta de que era real.
No contestarías mis llamadas.
Ni besarías mi frente.
No volvería a colarme entre tus piernas para sentarme en tu regazo y perder las horas ahí. En silencio.
No volverías.
De haber estado ahí, de haber sostenido tu cuerpo más tiempo, de haberte pedido que no lo hicieras...
Lo habrías hecho igual.
No podía, pese a todo, causarte ese dolor.
El de dejarme.
Por eso nos dejamos antes.
Por eso.
Porque el amor es aceptación.
Resignación.
No una lucha.
Una tregua.
Pero me dejaste sola con aquí y no sé si pueda prometerte quedarme.