No sé por qué lo hice,
seguramente habré pensado en algo chiquitito,
en el nubarrón de mi ventana,
o en el olor de las galletas recién horneadas.
No lo sé.
Últimamente cuando pienso en felicidad pienso en ti y cada detalle asoma tu recuerdo. Y me abrazo pensando en tu abrazo, y muerdo el agua pensando en ponerte algo de rocío en los labios.
Algo.
Por un momento.
Tal vez mis labios.
Ta vez.
Me has dicho que viva el presente y eso estoy aprendiendo a hacer, créeme, lo intento. Lo intento y me aferro. Me aferro a lo que sea que me permita continuar sin lanzarme al vacío de mi propia vigilia.
Es complejo amarte cuando eres tan igual y te soy tan igual a ti.
Es complejo escucharte decir lo que no digo y sí pienso porque creo que es mejor callar que mentir.
Y, cariño, jamás podría mentirte.
Lo que me aterra no es el futuro, sino no saber darte mi pasado. No hablo de migajas, ni de miedos, ni de esquirlas por sacar de mi carne: hablo de aquello tierno, aquello suave, aquello ignorante.
Crezco contigo y no sé en qué me convertiré.
¿Será lo que necesitas o lo que deseas tener?
Haces todo tan fácil que necesito enredarme un poco para no perder el hábito, el drama rutinario que mueve mis engranajes oxidados. Me pellizco las mejillas para saberte real y viéndote, aún aquí, creo que la irreal soy yo que no puedo volver a poner los pies en el suelo.
Dame la mano, tengo tantas noches que darte y no quiero cerrar los ojos para verte.
Vengo metiéndole prisas a la muerte y le he puesto el freno a mi existencia para poder depositar mis luces en tus ojos.
Tus ojos.
Te pediría que te quedaras conmigo toda la vida, y la que sigue, cada vez que pudiera arrullarme en ellos.
Si no nos alcanzan los días, quiero poder repetirte en mi cabeza como eso que marca y que no se olvida. En braille. De verso a beso.
No te quiero. Porque, como ya sabes, lo que se quiere es a las cosas. A las mentiras blancas de no tener el fuego de la imprudencia de morirse de amor. Yo te adoro, con la devoción de echarme el bozal y guardar mis garras, con la irreverencia de darte el mapa de mis fragilidades.
Escucho gatos en el tejado y mi madrugada se enciende de ansias; me duele el corazón cuando te siento. Me duele mucho. Pero me hace feliz.
Le digo que tenemos toda la vida para intentarlo.
Y contigo, las veces que sea necesario.