Desde que llegaste, tengo un mar dulce en las entrañas y un eco de rocío en las mañanas. Un motivo, unas ganas. Un recuerdo de tu aliento y un alivio de tus dedos enredados con los míos.
Si alguien me preguntase qué silueta tiene la alegría, sería la de las pequeñas líneas que surcan tu entrecejo cuando digo alguna estupidez y ríes. Y la dulzura... la dulzura es lo que nace en los espacios de luz entre tus pestañas. Estoy segura de que cuando parpadeas se reordenan un par de galaxias mientras desordenas todo aquí dentro de mí y al mismo tiempo acabas con mi caos. Sólo tengo que lanzar una ojeada, un suspiro; eres una mina de significados y sellos.
Te quiero, te quiero, te quiero.
Desde que llegaste, te quiero.
Te quiero gruñona, te quiero en mis silencios, te quiero entre mis brazos y en mi regazo; te quiero así de impasible y así de tormenta, tan caricia y tan cicatriz. Te quiero triste y menguante, Luna, te quiero llena e inquieta, risueña, explosiva.
En este andamiaje de sucesos. En mi calma, en mi odio, en mi cansancio, en mi mesianismo, en mis desesperos.
En mi cielo, brillante y fastuosa.
Tú.
