Fe de erratas.

Solía estar asustada de tu ausencia.

Durante cinco años te adoré.

Absoluta, mezquina,
sempiterna, sádica,
dulce, benevolente.

Te adoré como toda tú.
Como eras,
pretendiendo ser otra cosa,
engañando a nadie.

Te amé.

Me sentí favorecida de tu perdón,
aunque la culpa me la inventara
para satisfacerte.

Nunca hubo otro lado en la historia,
sólo el tuyo.
Sólo tú.

El cansancio es algo complejo,
aúna el dolor de la desesperanza con el alivio del fin.
De por fin ver la cicatriz quedarse,
de por fin no querer arrancarme la costra para mantener tu nombre grabado en mí.

Ahora es un botón quemado,
una nube de tempestad que no se derrama.

Ni una lágrima.
Ni un suspiro.
Ni una cortada.
Ni una pastilla.
Ni una soga.
Ni un golpe.
Ni un simple,
pequeño,
casi invisible,
pinchazo más.

Nada.

Ni un eco.

Ya no hay nada que puedas hacer
que me haga sangrar más.

No sentiste un ápice de amor.
No te sentiste amada aunque vieras la sangre verter
y mis silencios te dieran la razón
en cada insulto.

En cada mentira.

En cada daño.

Era mi culpa.
Así lo asumí.

Por tu bien.
Siempre por tu bien,
aunque el mío se fuera al caño
junto a mi estómago volcado
en bilis y asco por mí misma.

Te prometí cuidarte.
Pero no pude cuidarte de ti misma.

Tampoco pude cuidarme a mí
de ti y tus juegos.

Solía estar asustada de tu ausencia.
De tu odio.
De que mi devoción no fuera suficiente.

Solía estar asustada de no serte suficiente.

No lo fui.

Un miedo menos.