Lleva ahí nueve horas.
O diez.
Drip.
Hoy hace miedo.
Estoy reducida a ser algo silente, enjuto, claustro. Tan bonito como repulsivo, tan, tan, tan...
Todo es tanto aquí. He aprendido a escuchar al silencio y llora como lloran los perros heridos, atados. Me cubro los oídos, pero el chillido sigue penetrando mis sentidos como una aguja hueca e infecta.
No estoy triste. No estoy sola. No estoy triste y definitivamente no estoy sola.
Quiero estar sola.
Quiero estar sin mí.
No quiero estar sola.
Algo se ríe en mi cabeza. Mi algo se ríe. Se regodea en la profusión del pensamiento, del ansia.
Le lleno la boca de gaza y pólvora, pero sólo me mira con sus ojos macilentos y opacos, sabiéndose infinito en esta catedral abandonada de mi pecho. Me mira cansado, mórbido y manso. Soy una gárgola estática, grotesca, enternecida por la humedad del beso esporádico de la esperanza que embellece todo personaje menos el mío. Mi esnobismo me permite pintar toda historia a placer, mas no la mía.
No estoy triste ni estoy bien.
Hay desgaire en el las sábanas con las que intentan esconderme del monstruo bajo la cama.
Las voces no existen fuera de mis recovecos, intento advertirles a todos y sólo contemplan al vacío que deja su invisibilidad, condescendientes, paternales; recibo la palmada incrédula del «todo está en tu mente». Recibo. Recibo. Recibo.
Nada sale.
Todo está en mi mente.
Todos están en mi mente.
¿Cómo se atreven a estar ahí?
Drip.
Algo se desborda en la cocina, pero algo no se desborda en la cocina. Dejo el plato. Camino. Abro las llaves y vuelvo a cerrarlas.
Uno, dos, tres, cuatro. Hay que asegurarse están cerradas.
Drip.
El ruido sigue ahí, sé que no es real. Nada de esto es real. Me siento. El plato sigue ahí. Pincho lentamente la rodaja de tomate flotando en su propio jugo ya rancio... las náuseas vuelven.
Drip. Drip.
Abro las llaves. Cierro las llaves. Algo me mira desde el otro lado de la mesa, sentado sobre sus manos, mordiéndose los labios con una ignavia teatral...
Le digo que se calle. Pero no está hablando.
No estoy triste. No estoy bien.
No estoy triste. Estoy bien.
No estoy aquí. No estoy aquí.
No quiero estar aquí.
El plato se rompe contra la pared dejando un manchón húmedo y de hedor ácido. Huele a hierro y a bilis y asco y cansancio y algo llora.
Llora.
Llora.
Llora.
Se rasga las cuerdas vocales como se rasga la página de un dario, con desespero, con pánico.
Pero sólo escucho el agua correr.
Todo está en mi mente.
Mi mente.
Pero esta no es mi mente.
Drip.
