Pero qué guapo.


Nacemos llenos de dudas y encantos.

Y nos dicen que hay que caerse para aprender, pero luego miran con asco las cicatrices y no se preguntan qué has tenido que enseñarte tras tantas rodillas raspadas.

A fin de cuentas, todos somos el villano en la historia de alguien.

El paso de tiempo deja marcas.

Visibles y no visibles.

Mañas subrepticias que acoges por no perder el hábito y tener a dónde regresar.

Solía creer que mis señas de nacimiento y crecimiento eran asquerosas, y las tallé con alambre hasta volverme sangre y hematoma. Un templo calizo.

Yo también caí en esas palabras dulces. 

Un día alguien te dice que te quiere con todos tus clavos a medio sacar y que eres hermoso, pero esa devoción dura lo que duran cuatro polvos y dos esnifadas. Te dices que será la última vez, pero sabes que no es así. Toca vivirlo y tragarlo.

Porque dentro de ese cuerpecito es donde te vas a morir, saltes por la ventana que saltes. No hay diferentes exégesis al final del cuento: toca joderse. 

Y si sólo podemos darnos a nosotros mismos por sentado, quizás deberíamos dejar de darnos por culo por un momento. Y callar.

Aprendí a respetar mis costuras naturales cuando las admiré en el cuerpo de otro y no comprendía cómo podía despreciarse de tal modo que no podía ver su propia belleza en el espejo.

Un día somos tierra de relámpagos asalmonados y tiernos, al otro somos marea nacarada y calma, serena..., pero voraz.

Las estrías cuentan la historia en la madera cortada, hacen música. En nosotros son la rúbrica que nos recuerda que ningún estado es permanente, que vas a crecer, vas a encogerte, vas a hacerte minúsculo y débil, vas a cambiar. Y vas a vivir.