«¿Me va a doler?».
A mí nadie me dijo que me hallaría preguntándome la misma puta pregunta desde los tres años. ¿Me va a doler? ¿me va a doler?
¿Me
va
a
doler?
He cruzado charcos de luz para besar bocas que no besaban, a devorar con sablazos de lujuria colérica. Decías, decían, me dijeron todos al final que la culpa era de la entrega: no puede amar a algo que no se ama. No había reto en la libertad. No había pasión sin cadenas. Tomas, toman, tomaron. Se llevaron lo más bonito que tenía, y siempre me encuentro boqueando entre lágrimas canica, perdigones amañados con miras al sadismo de la autoculpa; hice de mi corazón un alfiletero que pugna por no desinflarse y no hacerse cartón. El amor es como un globo aerostático, sin fuego no vuelas. Pero mi fuego no. Jamás puede ser mi fuego. Mi llama calcina sin darse tiempo de entibiar, no conoce del medio. No sé estar en el medio.
No sé estar.
¿Me va a doler? me lo pregunté en la camilla, con las venas atadas en un manojo de goma. Me lo pregunté cuando esperé el regreso de mi padre tras el portal. Me lo pregunté cuando se me hizo añicos el mundo. Cuando esperé sentada, jugando con el disco de marcar, y nunca llamó. Cuando no pude caminar más. Cuando caí en cama y no le importó. Cuando vi a mi madre llorar. Cuando me dijeron que la muerte de aquella fue mi culpa. Cuando él me dijo que me protegería. Cuando nunca más volvió a escribirme. Cuando las flamas lamieron mis pies. Cuando tragué esquirlas y espuma. Cuando me drené entre sal y hierro. Cuando amordazaron mis chillidos. Cuando le confesé todo. Cuando creí que estaría a salvo a su lado. Cuando aquel daño me lo hizo él mismo. Cuando me convencí de que todo era una pesadilla cínica. Cuando volví a intentarlo. Cuando me pidió que le dijese la verdad. Cuando me dijo que fue mi culpa. Cuando me preguntó por qué lo permití. Cuando le pedí perdón sin saber por qué. Cuando le dije te quiero por primera vez. Cuando se calló. Cuando me dijo que él también. Cuando, la mañana siguiente, desapareció en la bruma de mi desesperanza.
¿Me va a doler?
Alzo la vista y hay un ventanal guillotina invitándome a saltar. Su cielo despejado es magenta y limón, derrotado ante un páramo luctuoso. Alguien me dice que debo quererme un poco, pero no me abraza.
Aquí, Justo aquí. Yo sé que soy suficiente aquí. En esta cúpula de filos tornasolados, de hojillas cuyo prisma ilumina los rincones de mi mente. Aquí no estoy enferma. Aquí floto. Aquí no está la fiera domesticada que gimotea atada a la escalera. Aquí no hay palomas en jaulas de oro blanco. Aquí late el cariño en morse; si te paras en silencio, puedes escuchar a las voces hacer tilín. Tilín. Una secuencia sempiterna. Aquí no hay día, ni noche. A veces siento que algo dentro de mí se retuerce, y se calma con un par de lamidas en el cuello. Ya no hay fuego que sofocar, ni aire con qué. Esto es sólo el telliz de aquello que fue poesía y ahora es. Sin más. Estrella o misil, cayendo en negativo. Alma y lomo cráter, con piel de durazno.
Esta vez alguien me dirá, taciturno, que tengo lo que en su pecho no hay. Que no sé elegir, dirá. Mas tampoco me acunará. Se quedará viendo, poseedor de una verdad que será motivo de mi caída. No sé elegir. Pero quiere que le elija. Que no me va a doler.
El recuerdo es un lindo lugar donde naufragar, con la lava meciéndote en su vientre pétreo. Todos tenemos una fantasía. Atraemos el daño que nuestro cuerpo amerita para corromperse, para quebrarse. Tu fantasía, su fantasía. Esa. Ensuciar. A hurgar con los dedos en la llaga. Desollar con plumas azules.
Hay un eco en mi cabeza.
Una punzada necia.
Me empuja hacia adelante y hacia atrás.
Una aguja más.
Un te quiero más.
Una almohada en máscara y salmuera.
Salto.
El pájaro voló.