Mal ejemplo.




He pillado a mis quimeras armando un conciliábulo cuando el sueño me había derrotado. Esas pequeñas putas sádicas, que besan bocas y luego vuelven gimiendo a lamer la mano de la soledad, estaban diciendo algo sobre el amor y el tiempo, que mata, que seca. Hablaban sobre él —y sobre ti, pero no te digas que te lo dije yo— como el niño que echa un cuento con toda la grandilocuencia que puede permitirse en su inocencia. Yo no puedo. Ser inocente, digo. Para mí el amor es ese cadáver violado echado al filo de las escaleras, con la boca llena de algodón y vodka, ese, el que se ha partido los labios comiendo de entre las piernas del ya veremos. No te engañes: si tienes la oportunidad de elegir, no deberías elegirme a mí. Nadie recoge flores marchitas. A un perro con las patas quebradas de fidelidad. He puesto la otra mejilla, y cuando no quedaba más, he cerrado los ojos y mordido la almohada, fingiendo estar ahí. También he limpiado frentes sudorosas y he acunado en mi vientre promesas ebrias de amor eterno. Todas se han ido antes de que yo despertase. En mi defensa, las amé a cada una. Es por eso que ya no cierro los ojos al besar. Soy nocturna. No hablo de alborotos en el portal ni de polvos en medio del salón. Hablo del corazón luminiscente. Sempiterna bajo tu brazo; nocturna de fantasear con desnudar a la luna y bajarte las estrellas en medio de su orgasmo. Nocturna de querer contarte los lunares cuando duermas y decirte qué buenos días me han dado cada uno, de pintarte mapas con la lengua en un viaje sin retorno. Por eso, y porque no creo que se te antoje comernos la boca y las fábulas a las cuatro de la mañana, no me tomes. No vaya a ser que te crea y te escriba, que te hagas poema, y los poemas no se borran. No de la piel. Dejan pequeños agujeros en el alma, por donde se te filtra el auxilio, el aire que ya no es tuyo sino aliento compartido. Ellas —las quimeras— se reían como hienas; hacían eco en mi insomnio y me enseñaban los dientes con sardónica gracia. Las he intentado callar y me han mordido, esas hijas de perra, me han mordido estas paredes de cal y arena. Me socava(s). Tú y este suspiro que hincha mi pecho irredento. Tú y las ganas. Tú. Tú eres la palabra que apedrea mis murallas, mi apartheid sentimental. Que arrebolas las mejillas del desamor. Mea culpa,  no hay poeta sin el corazón hecho puño, reducido a cenizas y abandonos. No hay amor que no escueza, aunque sea un poco. Yo sólo sé hacer que no parezca afecto estos efectos de pensarte. No creérmelo. 

Ayer te vi, y sonreíste.

Morí un poco.

No lo supiste.

Menos mal.