Me he malacostumbrado a hacer camas donde no me voy a quedar. ¿Y ahora qué sigue? dime. ¿Nos hacemos el amor un rato, por las viejas soledades? Han crecido estas flores,y aquellas, y las otras. Se han marchitado y se han hecho polvo en el polvo. Los he visto ir y venir y no hacerme reloj a las doce, aunque me lo hayan prometido. Te voy a dar una pista: no va a doler más. Pero no quiere decir que vaya a matarte menos. Los semáforos me gritan que voy cruzando sin mirar a los lados, me preguntan con su paternalismo automático, condescendientes dónde está aquello que me debería de tomar las manos; nínfula taciturna, desnortada, magullada entre redes electrificadas. Llevo apretando los puños desde los catorce, filtrando violaciones a este cuerpo de lata. Ladrándole a la vida como el perro ajusticiado por la ironía del abandono. Yo no soy tan fuerte como piensas, si me piensas. Yo no. Yo soy una boca que te siembra a Troya en la espalda, ascendiendo entre asaltos a tu corona, a tus cimientos. Yo muerdo. Yo rasgo. Yo marco. Y si tú no eres tan eterno como insisto en mantenerte, rascándome la herida para que no cierre, que no sea lo demás. Si no vienes a buscarme, te juro que me quedo, y no te enteras más de mí, ni de mis rodillas sobre granos de sal, ni de mis esporas de brea; te juro que echo raíces y no podrás llevarme contigo a manos desnudas sin cortarlas. Hay una niña queriendo ser acunada en el cuarto menguante de tus clavículas, y un monstruo que quiere meterse en la cama, asustado, para hacer casa los tres. Si me abrazas, tendrás que llevarnos a ambos contigo. Porque soy esto. Ni un miedo menos. No soy nada distinto a la última vez que no tuvimos, no soy algo más brillante que este astro partido, desintegrado en motas de luz en negativo. Y no puedo querer que me quieras si no es sabiéndome quebrada y mohosa. Sé placebo, sé mórbido. Cuando me sientas reír sobre tu boca agárrame por si vuelo y me quedo atrapada en el cableado de la calle, estoica, intermitente. Cuando te lave las calmas con mi saliva, empújame al soberbio silencio. El fuego no hace sombra y por eso es que nos abrasamos, nos hacemos llaga en la carne que palpita, que se agita, que se calienta. El suelo es de lava dentro de estas paredes. Ellos me dicen que eso no es cierto, pero yo lo sé. Me quemo. Cógeme en brazos o déjame pisar suelo, pero no dejes que me atrapen.
