¿Te cuento un secreto?
He tenido un mal pensamiento y se ha revestido del mejor de las sensaciones, culpable, incorrecta, con antecedentes. Fue efímero, superficial. Intenso. Hoy llovía y te he pensado en silueta a través de la ventana; tenías el cabello mojado de rocío y los labios hinchados de ausencia. He querido llenar esa ausencia cada vez que te paseas por mi mente, así, tan descarado, tan ignorante de lo que a tu alrededor acecha. Te he mordido ya la carne sin escribirte aún ni una vez, mas, te he recitado miles con el pecho comprimido en esta libertad que no me deja respirar. Y he fantaseado con la idea de que me encadenes con tu aliento de brisa, con la imagen de tus uñas abriéndome la piel y tu saliva hirviendo con la mía. Decirte esto a la cara sería inconcebible, por supuesto. No sé de ninguna poesía que sepa gritar. Y yo sólo sé contar estas cosas en código inaudible, con una boca tapando la mía. Claro, la tuya sería el ideal de preferencia exacto para mi historia. Hay codornices trinando en mi vientre cuando te huelo, un invernadero que podría quemarte en su humedad. Ven y floréceme. Clávame tus espinas en la espalda, empújame a tu pecho y yo me fundiré, etérea. Yo oraré en tu templo; revelaré esta íntima devoción a ojos vendados. Quiero convulsionar en tu euforia, fenecer a tu disposición. Quiero saberme castigada y malcriada. Hay una lengua que quiere salir a jugar con la tuya, mas no puede invitarte; deberías de verla, dejando huellas en dedos que, con algo de creatividad, pudiesen ser los tuyos. Soy. Recreándote soy. Un cúmulo de excesos que se lastima queriendo tus heridas y tus marcas. Una galaxia en los muslos, una corona de dientes bajo los pechos; al costado, un estaca triste que se ha anclado en espera de quién la retuerza. Húndete. Párteme. Reúne mis piezas entre tus brazos, estrújame, desháceme. Corta la areola de mi intransigente vergüenza con tus dedos y verás. Verás. Toca mis cuerdas y haré eco en tus recuerdos; que el frío de mis manos emigre a tus tierras de sol. Acógeme en tu regazo y tendrás un nido donde hacer noche y amor; hazme el dolor y tendrás el manto de una caricia cada mañana, abrigando tus despertares. Un tarareo a labios sellados, maquillados del ardor de haber sido desmenuzados en la aspereza de un beso cruel. Dame de beber de la Venezzia en tu ombligo, permíteme dormir tus cúpulas y rincones, envolverme en tu cuidado... protégeme de esta necesidad de quererte así. En secreto.
