El primero en recordar pierde.



     Tú imagínate que esta vez sí nos quedamos, que nadie toca la puerta a la una y no tenemos que correr las cortinas para saludar al pasado. Que esta vez, te prometo, no voy a amanecer con el rostro empapado de rocío y alegrías rasgadas; que tus manos no hallarán mi ausencia en la cama y que me quedaré a dormir aunque no pueda cerrar los ojos por miedo a perderme. Prefiero no dormir a despertar sabiéndome real. A volver a soñar con las mismas huellas en mi piel, las mismas llagas en mi espalda, la misma sangre entre mis piernas. Tú imagínate que no nos vamos a vivir y nos quedamos, que te beso la sien y no te enteras que te quiero aunque me digas «yo también». Que no te abrazo y mi vergüenza no colapsa contra tu indiferencia. Que no conoces mis insomnios y no te clavo las uñas en las manos cuando me las tiendas para escapar. Que no me parto a la mitad para hacer algo bonito para los dos. Que no mastico mis palabras y tú no me ocultas nada. Quise aterrizar en el asteroide de tus ojos, pero ellos nunca miraron a mí. Sólo pude gravitar alrededor de tu soledad impávida, aquella que te llenaba más. Tú imagínate, solamente, que te miento y no te voy a extrañar los primeros veintiséis días que te has ido. Que no te esperaré los que vienen después. Que te deseo el peor de los olvidos y no te vuelves un hábito triste de mis pensamientos. Entre mis dedos el obituario de lo ineludible antes que tus manos, te besé sabiendo que sería sólo una de tus puertas sin cerrar; y aún así, me quedé encerrada. Te miré y te quise feliz. Desde el primer momento supe que sólo quería tu alegría. Quisiera no quererte bien, pero no puedo. Secuestrada en mi propio espiral, en mis propias alucinaciones, donde eres un mal conocido, no sé desear tu miseria. La gracia de callarnos es adivinarnos en este laberinto retorcido como completos desconocidos, la gracia de entregarme era saber que usarías un atajo en mi lado más blando. Y aún así me lastima. Perdóname, por no aprender a tocarte sin rozar aquello que te dolía por dentro. Perdóname.  Es hora de despertar, decías. Y yo siempre he sido una niña obediente. Tú imagínate que me quieres un poquito y te despides. Que no me dejas con un hasta luego de azúcar en la boca. Que nunca te esperé esa tarde y me enteré antes que tú que no vendrías. Que esta vez sí nos quedamos y nadie toca la puerta a la una...