♦
Ambigüedades. No hay mayor pérdida del pudor que ser escritor; es como gritarle al mundo «eh, mira aquí, date la vuelta que estoy desnudo para vos». Entonces también eres suicida y te importa poco tener tus tripas desparramadas en los rieles del tren, hacerte mierda en hora pico frente a quinientas y tantas personas por miles y tantos de ojos que arquearan sus otras miles y tantas de cejas cuando encuentren un brazo tuyo tirado en la cuneta, comido por los lagartos. Es irónico, sabes, cariño. Porque este exhibicionismo, esta prostitución sentimental ha sido mi amante por tanto tiempo, y aún así no sé besar sin aferrarme a algo para no caer. Perdí la virginidad cuando le quité el cepo a mi corazón y se me fue dando brincos por la boca, llevándoselo todo consigo. Perdí muchas cosas, menos a mí, y eso fue lo peor. Te voy a romper y eso me angustia, pienso que en cualquier momento habré clavado mis uñas en tu pecho y te habré hecho sangrar. Mas, una parte de mí lo desea, cuando te mira apretado entre mis rodillas. Quiero lastimarte aunque me escorie. Quiero no quererte y a veces no. A veces quiero ser la mala, la fuerte de la historia, pero no. Me sujeto a la peor de las posibilidades cuando cierro los ojos, me suelto antes de que me sueltes tú. Por ti. No por mí. Yo ya no sé hacer algo para mí, más que ponerme en cuenta regresiva y fallarme cuando decido que es final, dándole treguas a la tristeza. Le digo que hoy no, que mañana, mañana quizás suelte anclas en la cornisa del onceavo piso. Por años odié que me miraran los brazos. Incluso cuando ya no había nada que ver, y sólo el sol transparentaba los recuerdos junto a mis venas, mis malditas venas, moradas. Ayer una señora me preguntó si me habían sacado la sangre cuando esperaba el bus a las ocho de la noche. Observé, mecánica, las migas de costras y hematomas que pintaban mis poros dilatados. La cara interna de mi codo estaba hinchada y palpitaba, mi antebrazo emulaba el rechazo de Hera y su vía láctea derramada en mi piel; yo también fui la hija bastarda destetada a la fuerza. Conté los puntos violáceos y aguamarina que adornaban las manchas de media luna, absorta. Ya no se me erizaba el vello con el frío, pero lo sentía punzando mis tendones. Deslicé la manga de mi camisa y asentí categóricamente. Me habían sacado la sangre hacia once años bajo un árbol de flores anónimas y con una mordaza en la boca para que no gritara. Hubo silencio y decidí irme a pie a casa. Un ebrio dijo algo de mi culo, pero no me importó. Ya no me duele —el haber sido drenada, y lo de ebrio tampoco—, pero muchos menos sé gritar. Ya no puedo. Me he desgarrado las cuerdas vocales abriéndome en canal. Es por eso que te pido cuando me miras, que me aprietes la garganta para no asfixiarme de palabras. Y que no me mires. Y que me abraces antes de que me desplome. Porque me doy asco cuando soy vulnerable, pero me necesito así para saber que nada pasará. Porque estoy a punto de partirme y crujo entre tus dedos, pero quiero que me aprietes más. Más. Que me dejes marca. Porque me doy asco cuando me preguntas qué quiero y no sé decirte que te quiero a ti; no sin morirme antes, sin quemarme por dentro y que lo sepas por mi rostro arrebolado. Porque soy un malestar, un bicho raro con buenas intenciones que no va a ir al cielo, porque un domingo a las seis de la mañana le abrió la puerta a d i o s, y tenía las rodillas demasiado golpeadas para hincarse a tragársela. Depender y d e s p r e n d e r es una puta tortura cuando sabes que no estás permitido a hacerlo. Soy el resultado de todo lo mal y todo el mal que hicieron conmigo, ensayo y acierto, tengo incisiones por donde puedes colarte en seco e incubar si quieres, pero no hay nada más que saquear. Soy la náusea que no se laxa a sí misma de su propia inmundicia. Supe que me había enamorado por primera vez cuando me hicieron el peor de los daños y era yo quien pedía disculpas por morder el polvo cuando ya no sentía las piernas. Supe que me había enamorado de ti cuando crucé mis muñecas en mi espalda, y entregué lo último que me quedaba: exactamente nada. Nada. La putrefacción hecha poesía una noche de fuegos artificiales, y yo con miedo a ruido, indefensa al chillido del claxon de los automóviles. Pero mi todo también. Las semillas de mi lengua y la infertilidad de mi vientre. No dejes que te suelte, o tírame tú. Hay cosas a las que les permitimos algunas violencias, ir y venir, ilusionarte y desvanecerte. Permíteme, enséñame a permitirte. Los perros atropellados aún podemos echarnos al regazo de la necesidad y lamerle la punta de los dedos al hambre.
Te dejé las llaves bajo la lengua, por si quieres dar bandera blanca.
