Then I
lost it all, dead and broken.
My
back's against the wall,
cut me
open.
I'm just
trying to breathe,
just
trying to figure it out.
Because
I build this walls
to watch
them crumbling down;
I said
«then I lost it all...»
Who can
save me now?
Lost it
all, Black Veil
Brides.
Preludio.
Adagio.
♦
Dolor mudo. Sangre. Nauseabundo olor.
La mano trémula se arrastró por los canales que
adornaban el suelo, entre cada laja de madera que lo conformaban. Tres uñas
encajadas en la dureza caoba y cuatro líneas de piel despegándose, arañando la
superficie con desesperado cansancio; como quien busca respirar bajo el agua,
la mujer se moría, sintiendo cómo su interior se desparramaba en cada costado
suyo. Podía escuchar sus vísceras retorcerse en la baba que arropaba cada
órgano, mas no oír su propia lengua cortada llenarle la boca de sangre y el
cuello de saliva. Retorcía las piernas, las tensaba contra el ente que hurgaba
su vientre con los dedos y envolvía el pecho frondoso bajo el camisón que alguna
vez había sido de algodón. Golpeó con las rodillas y se sintió vacía de algo, a
la vez que la llenaban.
La maraña de cabellos se hundió en el rojo acuoso
que solapó la alfombra, pintando los claveles y los pies pálidos que a su lado
esperaban, deteniendo unas piernas cortas que no huían, que no podían moverse
un ápice y unían al infante contrala pared. Sus manitas se cerraban, su boca se
abría y sus rizos negros absorbían la sal que enrojecía sus ojos brunos...
Chillaba, pero no lo hacía. Por cada estocada que daban al interior de su
madre, su párpado temblaba y sus encías desnudas de los dientes frontales se
privaban de robarle un mordisco. Por cada grito que se perdía entre los dedos
del captor, más oxígeno le faltaba. Por cada parpadeo, más lejos estaba ella...
y más cerca él.
El chasquido de los troncos arder en la chimenea
era rítmico, e iluminaba la delgada línea que definía dónde empezaba el asesino
y terminaba el hombre detrás de la máscara de porcelana, aovada y lacónicamente
blanca. Hermosa. Se preguntaba
qué pupilas miraban desde esas rendijas sonrientes, cuáles dientes rechinaban
en la boca cosida; las manos enguantadas sostenían una muerte frágil y violaban
la cálida ruptura de un cuerpo, cada movimiento era una delicia sádica y lenta,
y el pequeño podía sentir sobre su propia nuca los suspiros gorgoteantes, aún
cuando su imaginación no hallaba un rostro ni unos labios que los evocaran.
Aquel espectro de carne tallaba con la seda de sus dedos la piel mancillada, frotaba
y quemaba. Hacía música de una garganta que ya no crujía...
El niño se dejó caer de espaldas, recorriendo un
camino infinito desde la pared hasta el suelo. Acorralado, presa de una
excitante expectación, del morbo que su frágil mente no podía concebir aún... y
aún así delicioso. La boca se le secó, y un grito le hacía cosquillas en las
cuerdas vocales, tensándolas como un violín que culmina su más exquisita obra.
Sentía la pegajosa esencia de su madre entre los dedos de los pies, sus tripas
desparramadas como las cerezas que rebosan la canasta tejida. Olía su perfume,
olía la maldad de aquel que lo lamía, y olía un miedo abrasador pasearse por los
rincones del salón, escondiéndose bajo los muebles de roble.
Desprendiéndose los puños tiesos que sostenían su
gabardina, el hombre se irguió, dejando caer los brazos inertes lejos de él.
Acomodó la cinta del pantalón, sin que su mano izquierda soltase el cuchillo
con el que había acariciado a la que ahora yacía en el piso, dejándola morir en
el éxtasis. En su éxtasis. Las huellas féminas de unos dedos adornaban el contorno impoluto de la
máscara, aquéllos que habían intentado sacarle los ojos mientras se retorcían
en medio de la tortura, dejando el carmesí abstracto bajo los orificios que
ocultaban en penumbras su mirada. La removió con la bota, escapándose de la
prisión candente de sus piernas, y volteó.
Podía percibir desde su altura la respiración entrecortada
del menor, mirándolo sobre el hombro. Sus pies giraron en vilo, a la vez que cedía
a inclinarse y dejar caer su sombra sobre él, asfixiándolo con su simple
presencia. Le dejó revolverse, intentar fundirse con la pared y rehuir de su
mirada oscura, indefinida bajo el velo de sus cabellos castaños, largos. Mas, poco
tardó en tomarle del cuello y hundirle los dedos en la mandíbula ínfima,
deteniendo sus movimientos como se aplastaría a una mosca en el tapiz. Paseó el
filo del cuchillo por su garganta, tocándole apenas.
Lo dejó respirar un momento y luego volvió a
someterlo, a estrangularlo, deleitándose con la presión que ejercían las manos
infantiles en su antebrazo. Le gustaba ver esa boca fundirse en gimoteos,
perder su forma y dejar caer la espesa baba en el dorso de su mano. Hundió la
punta de la faca en la comisura izquierda, rasgando de un lado a otro y
abriéndole la piel en carne viva. Los ojos del niño quedaron en blanco, ya
fuese por el dolor que le recorrió la espina o porque la sangre no llegaba a su
cabeza, reventándole las venas del cuello.
El hombre lo soltó y sostuvo el peso de su mentón
con el mango del arma. Lo observó, endeble, dejado, despavorido. Pasó el pulgar
por la herida abierta y restregó la sangre en el espacio blanco de su mejilla.
Lo obligó a dejar el rostro quieto e introdujo el filo en su boca, cerca de la
otra comisura. Notó la ausencia de algunos dientes y el movimiento de la lengua
alrededor del metal sucio, bañado en sangre. Relajó la postura y suavizó el
tacto, convirtiéndolo en casi un mimo...
—Sonríe
—ordenó, afincando el cortante peligro en la boca. El niño lo miró con ojos de
angustia, de presa. Volvió a hablar, endulzando la voz, moldeándola en un susurro—.
Sonríe y todo esto acabará... sólo quiero una sonrisa...
Convulsionando en lágrimas ásperas, esos puntos
azabache y trastornados hallaron un lugar debajo de aquella máscara, la forma almendrada
que sostenían el atezado mirar ajeno, tornasolado en el fuego de un ansía
sobrenatural...
Sonrió, y él le abrió la otra mejilla.