Mi truco de magia favorito era tragarme las cuchillas.






«Lolita, qu'ai-je fait de ta vie?»




El miedo es un pastillero vacío tirado entre agujas y barcos de papel encallados en bilis y agua regurgitada. 

Ennio Morricone se ríe por ecos y estática. La colcha es un complejo romboide deshilvanado entre tus uñas rotas; uno a uno, los puntos de se deshacen dejando pequeños agujeros que se llenan de goma espuma. El nylon corta tus dedos, la fricción del hilo quema tu piel y levanta tus costras. Pero te aferras, te amarras. Si te duermes, pierdes. Hay sangre, y sudor, y la repugnancia se adhiere a tu espalda que se arquea entre convulsiones necias. No puedes sentir los pies, pero sabes que no se están quietos. Las sábanas están húmedas, tu rostro está empapado. Hay un río fluyendo en algún lado pero no aquí y te estás ahogando. Hay cabello adherido a tu cuello, nudos de pelusa sin finales felices. El jugo gástrico se deposita en tu garganta, y las lágrimas y el moco y la ira y el asco y la soledad y el terror. Te envuelves a ti misma, el vientre bajo gime, bajito, muy bajito. Tiemblas. Tu estómago se vuelca en tu boca, pero no tienes fuerzas para vomitar. Tragas. No hay ventanas en esta cárcel tapiada; hay cuadros torcidos, clavos sin sacar, un teléfono descolgado y manchas en las paredes, pero no ventanas. Manos. Muchas manos. Garabatos que te enseñan sus dientes y se trepan por tus muslos y violan tu fuero. Si te duermes, ganas. Pero no puedes. Sorbes. Morfeo es una puta triste que sólo viene a resolver su cansancio lanzándote a sus dédalos con las hienas. Los espejos en las paredes reflejan la miseria de un cuerpo infecto, mutilado, empaquetado en algodón. El nylon se rompe. El caleidoscopio se torna blanco y negro. Negativo. Las heridas se abren. Esa maldita sarna sentimental hace erupción otra vez. Una pareja folla en la habitación de al lado y el ruido levita sobre ti como un manto de brea gélida que nubla tu vista. Gasas de salmuera que escuecen tus mejillas. Tum-tum-tum-uh-hmm-uh. Tum.  Evaporas. Culmen del sadismo, dos cuerpos caen y con ellos el silencio. En la televisión anuncian que tres se han partido en el camino y tú te preguntas a qué dios han tenido que chupársela para que les hiciera el favor. No puedes moverte. Sigues temblando. El agua del lavabo rebosa con una última gota y con él te desbordas tú, arrastrándote fuera del lecho, de esa sentina, vaciándote de las mariposas ahogadas en el retrete. Tus brazos pintados de úlceras ya no abrazan. Tus labios ajados de ácido ya no raspan. Pero te mantienen sujeta. A flote. A la deriva. Sudas.

Algo te rompe las rodillas y el espíritu, pero ya no importa. Te mece la frialdad de la cerámica. Ovillo de humano. Intento de persona. Aborto enjuto. No hay pájaro azul en tu pecho, y no aparecerá. No hoy. 

El cielo es un charco de baba roja y amarilla con asteroides de paracetamol, picados, carcomidos. Alguien duerme luego del orgasmo. La decadencia polímera se fermenta, Morricone continua arañando sentidos.

No hoy. No hoy.

 El desagüe encamina el agua con un vórtice, un soplido de la nada. La soledad, es mala maña, llega a desintoxicar con sus ortigas.

Cierras los ojos.

Drip.