Abre los puños,
ciérralos,
abrélos.
¿Sientes
eso?
Las marcas de tus uñas son como cuartos
menguantes que hicieron tierra en tus palmas; delgadas cicatrices efímeras que
se irán con la falta insistencia en el dolor; tibias, amoratadas, perfumadas. Ellas
se van a ir y tú vas a quedarte ahí, sola, con el rostro entre las rodillas
como la niña que no fueron a recoger al cole. Pero eso ya no importa. El olor a pan quemado te recuerda que la vida se ha
quedado rezagada en ese último desayuno, aburrida, dejándose migajas en el
mantel de fresas que habías comprado cuando llegaste ahí. Ahora tiene manchas
de café y nata. Nebulosas de color ocre que opacan el rojo intenso de la tela. Pero
eso ya no importa.
Han
pasado seis años. Y estaban
destinadas a ser tristes todo un universo.
—Llámame cuando llegues a casa —dices,
mirando a algún lado a través del polvo de oro que brilla a trasluz, pequeñas
motas de polvo y pelusa que descienden del techo y se agitan con la brisa que
pasa a través de la ventana de la cocina. Sacas el rostro de entre tus brazos y
te muerdes los labios—. No olvides llamarme cuando llegues a casa.
—Vale.
No lo hará. Y tú lo sabes. Mas, no te van
a doler menos sus maletas en el portal, ni sus cartas arrugadas, ni sus pies
fríos en la cama. No te van a doler menos, te llame o no. Que no lo hará, te
repites. Y no te duele menos ahora, ni te va a doler menos mañana. Y lo sabes.
—Siempre puedes volver…
—Lo sé.
—¿Crees que querrás volver?
—No lo sé. No. Creo que no. Ya no. No lo sé.
La miras, y aunque ella evada deliberadamente
tus pupilas cansadas, sabes que te observa también. A su manera. Siempre fue a
su manera. Su indiferencia ya no te hace sentir denostada. Se ha recogido el
cabello lacio en un moño apretado, casi tanto como las arrugas que se forman en
su entrecejo mientras recoge los platos sucios de la mesa. En un impulso torpe
le coges la manga del jersey con trémula esperanza, esperanza de que algún hilo
tonto aún esté enredado a tus costuras, que aún haya espejos que empañar con
labial mojado y restos de pólvora que prender a su frío.
Ella suelta el platito con crema dulce y
galletas a medio comer. Te toma la mano con las suyas, gélidas. Es el primer
contacto en tres días; es la última puta vez y se siente tan real el escalofrío
como la primera, y la segunda, y la tercera de todas sus vidas juntas. Te
presiente llorar y apresura el golpe final como quien se compadece de un animal
atropellado, aplicando una eutanasia a tu garganta árida de palabras.
—Laura… —te llama. Has vuelto a meter la
cabeza en la cuna de tu brazo y rodillas, aunque tus dedos se aferren a los de
ella, fracturándote a ti misma como la primera vez que se tomaron de las manos—
Laura, mírame… mírame —las lágrimas
te atragantan, te niegas a obedecerla. No
quieres hacerlo si no va a haber repetición, no quieres hacerlo si va ser la última partida. Te contraes en ti misma, te
retuerces, pero ella no te suelta. Reprimes un sollozo, luego otro, y otro,
hasta que juntos todos han hecho un charco de moco y sal en tu rostro,
adhiriendo pelo a tus mejillas que escuecen como el sol de verano. Ella te
abriga, pasa sus brazos por encima de tus hombros y entierra tu cabeza en su pecho
núbil. Su corazón sigue tan calmado que es odioso. Peina tus cabellos con sus dedos largos, larguísimos, de canciones de
piano que ya no van a ser bailadas con vino barato y pelis en la madrugada. Te
prendes a su espalda, como si apretarla contra ti pudiese evitar la inminente separación
de almas. Entonces viene esa mentira manida—. Vas a estar bien, te lo prometo.
No
es cierto.
Pero no te va a doler menos.
Ni vas a estar bien.
Pero eso ya no importa.
.
