Qué
pena que estos semáforos en verde de mi boca pongan muros de cal a la tuya; que
el temblor sea y no sea miedo y que las ansías sean espera. Qué pena esta
distancia y las ganas, estos recuerdos y aquellos inventos, qué pena la
confianza calzada y los pies fríos en la cama. Que no fue, que no se pudo. Qué
pena esta vida y nosotros en ella. Qué pena esta autocensura, estos labios cosidos
con alambre de púas. Que no me duelen si no te lastiman, pero ya te veo
sangrando y tengo las manos lavadas de culpa. Y el andén vacío y los vagones repletos
de rostros que no son el tuyo. Los asientos azules con muerte preferencial
mirándote a los ojos, diciéndote que sólo te faltan dos pasos en falso más para
hacerla verdadera. Qué pena el silencio, ese silencio. Ese. El de no saber qué
decir porque hay por hacer con retraso de vidas pasadas, de pasado torcido y presente
tímido. Qué pena el vértigo y el claustro que se encontraron por causalidad. Y
la lengua de sentir acrisolado, de cansadas letras, sola en una garganta que ya
no se rasga ni enronquece. Qué mal darle la cara a tu cara sin tenerte en
frente y querer a vaharadas de cristales empañados y carreteras que pintan
crepúsculos con gasolina. Que si tengo que vomitar las memorias para que puedas
anidar, lo hago. El caso no es drenarme
con agujas huecas y henchirme las venas de brisa; no se trata de verte ir, sino
de esperar tu regreso subterráneo. Recrear cuentos en la piel, y verter y hacer
el polvo en estas historias de hadas que no tienen final feliz. Sin finales,
así nos quiero. Despertar sin lanzarse al precipicio de las despedidas, cerrar
los ojos cinco minutos más con el calor de ausencias envueltas en algodón. Quédate
a llover conmigo y me quedaré cuando todo sea lodo y arcilla rota. Quédate, en
blanco, en ruido, en mi más sentido bésame, en lo que no sabe nadie y en lo que
aún no tengo. En silencio, en impaciencias, en odio y en dudas; quédate en mi
presente y el futuro lo pintamos con los dedos. Quédate a mojarme y yo morderé
el agua. Quédate aunque te vayas; que el estar no es sólo estar sino dejar
pistas de tu desbandada. Aceptamos lo que creemos merecer y te quiero valiendo
las risas escondidas entre cada pena, hacer funambulismo en tus histerias. Quédate,
y si las cuerdas flojas de tu tristeza se convierten en ira enroscada en mis
pulmones, saltaré de la banquilla y tropezaré con la nada para nuestro todo. Para todo.
