Ansiolíticos 22/03



Qué pena que estos semáforos en verde de mi boca pongan muros de cal a la tuya; que el temblor sea y no sea miedo y que las ansías sean espera. Qué pena esta distancia y las ganas, estos recuerdos y aquellos inventos, qué pena la confianza calzada y los pies fríos en la cama. Que no fue, que no se pudo. Qué pena esta vida y nosotros en ella. Qué pena esta autocensura, estos labios cosidos con alambre de púas. Que no me duelen si no te lastiman, pero ya te veo sangrando y tengo las manos lavadas de culpa. Y el andén vacío y los vagones repletos de rostros que no son el tuyo. Los asientos azules con muerte preferencial mirándote a los ojos, diciéndote que sólo te faltan dos pasos en falso más para hacerla verdadera. Qué pena el silencio, ese silencio. Ese. El de no saber qué decir porque hay por hacer con retraso de vidas pasadas, de pasado torcido y presente tímido. Qué pena el vértigo y el claustro que se encontraron por causalidad. Y la lengua de sentir acrisolado, de cansadas letras, sola en una garganta que ya no se rasga ni enronquece. Qué mal darle la cara a tu cara sin tenerte en frente y querer a vaharadas de cristales empañados y carreteras que pintan crepúsculos con gasolina. Que si tengo que vomitar las memorias para que puedas anidar, lo hago.  El caso no es drenarme con agujas huecas y henchirme las venas de brisa; no se trata de verte ir, sino de esperar tu regreso subterráneo. Recrear cuentos en la piel, y verter y hacer el polvo en estas historias de hadas que no tienen final feliz. Sin finales, así nos quiero. Despertar sin lanzarse al precipicio de las despedidas, cerrar los ojos cinco minutos más con el calor de ausencias envueltas en algodón. Quédate a llover conmigo y me quedaré cuando todo sea lodo y arcilla rota. Quédate, en blanco, en ruido, en mi más sentido bésame, en lo que no sabe nadie y en lo que aún no tengo. En silencio, en impaciencias, en odio y en dudas; quédate en mi presente y el futuro lo pintamos con los dedos. Quédate a mojarme y yo morderé el agua. Quédate aunque te vayas; que el estar no es sólo estar sino dejar pistas de tu desbandada. Aceptamos lo que creemos merecer y te quiero valiendo las risas escondidas entre cada pena, hacer funambulismo en tus histerias. Quédate, y si las cuerdas flojas de tu tristeza se convierten en ira enroscada en mis pulmones, saltaré de la banquilla y tropezaré con la nada para nuestro todo. Para todo.