Nothing else matters.



El problema siempre estuvo en que nunca supiste cuánto te quise,
nunca fuiste consciente del corazón echado a morir a la orilla de tu costa
luego de resbalarse entre charcos de sal.
El problema fue que nunca supiste cuánto te quise, corazón;
¿y me querías?
Esa nunca debió ser una pregunta.
Esa nunca debió ser una duda.
¿Y me querías?
pregunté, y no estabas.
No estabas.

¿Te acordarás de mí? Sé que es una tontería, ¿por qué lo harías? 

¿Pero lo haces?

¿Te acuerdas de mí?

   Hacía mucho te habías ido cuando cerré mis puertas, aunque siempre hubo una ventana, esa pequeña saetera de luz, esa grieta sentimental donde podías colarte de vuelta en los meses que te esperé. Esperé mucho, incluso desde tu no-adiós. Incluso desde antes del final de lo que nunca comenzó. Te esperé, pero te habías ido; aún estando cerca, aún acortando distancias. ¿Te acordarás de mí? me pregunto, a veces. De las confesiones, de las promesas, de los planes, de las ilusiones, del buen viaje y el ten dulces sueños. Soñé contigo, no recuerdo qué. Malditas quimeras. Pero olías a melocotones y cariño, a vuelo atrasado y llamadas pendientes. Sé que te abracé y no me mirabas, sé que cuando alcé mis ojos para encontrar los tuyos sólo hallé la carencia de rostro, de vida. Y lloré. No sé si despierta o dormida. 

Pero no estabas ahí de igual forma. 

Musité tu nombre.

   Quería enamorarte, enamorarte desde el corazón, desde el espérame media hora más. Y pintaba mis labios y peinaba mi cabello, y ponía bonita cada una de mis letras. Incluso si no llegabas, sabía que querías. Incluso si no te importaba. ¿Te importaba? ¿lo hacía? A mí sí, tapar mis heridas, envolverlas en plástico caro y alzar mis barcos hundidos para que tuvieses el panorama completo de mí, del yo que quería que quisieras, aunque me dijeses un te amo masticado. Yo me conformaba con que me quisieras, que en algún momento te saliera de adentro y no del juego diario y la charla vacua y mundana, el tiempo perdido. Me quedó el consuelo de ser tu gracia y consuelo.  Ay, amor. Si supieras tanto que quería decirte, si tan sólo aquel «no puedo» no hubiese derramado la copa donde habían sido vertidas mis entrañas latentes, esperando ser tejidas de vuelta a la vida. Tanto, tanto que contarte, tanto que decir. Quería enamorarte, hacerte feliz. Y cuando cogí el valor de desnudarme, de entregarte aquello que con más celosía guardaba, me enseñaste que podías hacerme vivir un cuento de hadas. Desapareciste. Te fuiste como quien se va dejando a su otra mitad en la cama, trémula.

   Tantas cosas que decirte, tantas cosas que llorarte... Yo quería hacerte feliz. No me preguntes por qué, ya sé que te lo dije, ya sé que nunca lo leerás. 

   Mi luz verde con treinta minutos de retraso. A veces me dejo llevar por el amarillismo en la TV y sé de tu ciudad, y me pregunto qué ocultarías. Qué hice mal. Yo quería confiar en ti, para que pudieras confiar en mí. Mas, no me importaban, amor. No me importaban los secretos. Yo creía en ti.

   Perdóname, Sol. Si es que alguna vez te has acordado de mí, perdóname. No fui una realidad para ti, no fui un sueño por cumplir.

   Tú sí fuiste mi mentira más amada. Mi durazno a medio comer.

   Sonríe, sonríe.
   De tantas cosas que decir, sólo eso me queda.

Sé feliz.
   Noviembre será siempre para ti.