Toc toc.
Adivina quién.
Siempre te preguntaste por qué mis historias
no tenían un final feliz. Me mirabas a los ojos y acusabas a la
tristeza de ladina. Amor, si hubo algo que nunca revistió mis letras fue
el deseo infiel; esos besos políglotas sólo conocieron una lengua y una
sangre. La misma sangre con la que teñí las sábanas que dieron amparo a
tu desdicha. Siempre miraste con ofensa al futuro que mi incisivo
pasado homologaba, desdeñoso. Eras distinto, decías. No te creí, pero lo fuiste. Por supuesto que lo fuiste. Tu ponzoña pudo más que la de cualquier otro, más que cualquiera de mis crucifixiones.
Eras la cura y el agua bendita. La lanza de mi descenso. Alas; esas fueron las que quebré, las que hice añicos junto a mi espíritu para seguirte infierno abajo. Nuestros demonios armaron un tiovivo donde la ironía se hizo de mí —otra vez—. La mejor actriz, la de voz y mentiras blancas, fue la más engañada. La más escupida.
Me siento débil, amor. Y tu pulso férreo se burla de lo trémulo de mi corazón, apretujándole hasta diluirlo, convulso y grumoso, entre tus dedos. Me tienes en un puño, como quien arranca amapolas sin querer matarlas. No hasta secarlas al sol y mar.
No querías quebrarme, querías desfigurarme. Deshacerme y hacerme desde la implosión.
Y se hizo la oscuridad.
Cada embate abrió zanjas limpias y prolijas en mi cuerpo perlítico. Destajaste mi piel en nombre del querer. Del querer, amor, si por querer te quería yo. Salí perdiendo la muerte y ganando cicatrices. Más marquitas coquetas de leche que lucir en la canícula como misivas de la traición.
Mi Judas, mi alma haploide.
Fui la canéfora de tus teatros, y ofrendé lo más bonito de mí; te di la faca con la que abrirme y deshilvanarme. Me vendiste por kilos, por gotas de sudor tóxico y jadeos lastimeros de quien espera piedad sobre la cama de clavos.
Sollozos tintineantes, deseos embutidos y atragantados en la tráquea cortada.
Te quedas con mi ausencia,
yo persevero.
yo permanezco
y o m e a h o g o
yo me pierdo
pero no muero
.
