I - Por si te acuerdas de ti.



A quien pueda interesar.
Padre.
Su despacho.
Progenitor.
Amigo.
Fiel.
Infiel.
Amante.
Intermitente.
Posdata sin remitente.
Cartas del averno.

De ti aprendí que no se es princesa hasta que te atan a un madero y te hacen arder en fuego ígneo, dejando tu corazón latiendo como el pez que se ha salido del balde del pescador. Que si das bocanadas sin mirar hacia atrás te empalan la vida con morbo y gentileza lubricada.

De ti aprendí que siempre se puede supurar más por la misma llaga; que el dolor es sólo el primer paso al arrepentimiento y al por qué yo. Que se puede sentir culpa por lo infundado, por la quimérica expectativa, por ser.

De ti aprendí que hay mentiras que eclosionan como huevos de mosca en tu vientre y puedes dar a luz monstruos que tu más tierno niño interior no imaginaría; que más vale odiar con ganas que amar con miedo o sales lapidado.

De ti aprendí que no hay bofetada que maquille al alma magullada, que no hay insulto que duela más que la ausencia, que no hay un dónde estás que escueza más que un por qué tuviste que regresar. 

De ti aprendí que un clavo no saca otro clavo, sino que lo hunde más adentro, esparciendo óxido y escarcha en tus entrañas como una gangrena corrosiva que consume cada milímetro de tu carne.

De ti aprendí  que la mejor despedida se hace de espaldas, con el vacío al frente.

De ti aprendí a no necesitar.
A no depender.
A no escapar.
A no temer.

De ti aprendí que si pica, es que sana. Y si sana, puede volver a infectarse. 
Pero también aprendí que lo iba a superar. Que tenía que hacerlo.

Porque te superé a ti.
Los superé a ellos.

A mí.

A ese yo, tan volátil y adefesio. 
A ese yo tan niño, tan crédulo.
A ese yo tan bastardo, tan impuro.
 A ese yo tan sí, pero tal vez.
A ese yo titilante, a ese yo de luces de navidad.
A ese yo tan amargo, tan empalagoso.
A ese yo tan jodidamente tú.

A no ser tú.

Lo aprendí de ti.


Y a no firmar los finales, eso también lo aprendí de ti.