Meine liebe.

Esto será lo más mío que llegarás a leer.
Lo más nuestro.
•••
   No sé si te acuerdes de mí: 
la de ojeras, rodillas torcidas, magulladas, y vía láctea derramándose en el catéter. 
No sé si te acuerdes de mí, mas yo sí. De mí, quiero decir.

   Recuerdo al perro callejero, enjuto, 
de encías ennegrecidas y colmillos macilentos,
tirado en una esquina con la cadena a medio eslabón 
y el cuello lacerado por la asfixia.

   Recuerdo los gimoteos
y los golpes contra el concreto de la pared
blanca, enfermizamente blanca.
Las cortadas, las quemadas, las mordidas, los arañazos, las secreciones, los poros abiertos al frío,
el silencio y las risas que venían antes de las cenizas
apagándose contra mi piel.
Y luego la humedad del cloro del agua del grifo 
lavar mis lamentos.

   Recuerdo prometerme que no volvería a suceder.
Que ya no te escucharía.

  Recuerdo las aspirinas
y la comida echada a la basura
y los atracones 
y las náuseas
esas náuseas de mí misma.
De verme.
De verme a través de tus ojos.

 Treinta piezas de plata,
treinta azotes en el lomo
te costó mi alegría...
Qué barata te salí,

y qué caro me lastimaste.

Yo me recuerdo bien. 
La bilis que navega en tu boca,
estancándose con un gorgoteo mudo. 

   Mas, ¿a ti cómo recordarte? si cambiabas el rostro cada minuto, si eras un caleidoscopio a convenir, un tragaperras donde nunca obtuve el premio mayor; cada calle recorrida, cada cómo estás ladino y cada te ves cansada. Me diste una dirección falsa al querer, y di tantas vueltas que terminé perdida en tus avenidas, buscándome, pero con miedo a encontrarme. Me hubiese gustado decirte la verdad, escupírtela, como me escupías tu malsana curiosidad; sí, hubiese querido mostrarte el esputo en las manos donde debían haber flores, mas la censura. Cómo me censurabas con tus «me siento mal», «hoy te notas contenta». Me hubiese gustado creerte y que la fe fuese el hilo que cosiera mi mutismo endémico. Me hubiese gustado decirte que estaba agotada, agotada de la vida, de la vida conmigo, de la vida junto a ti. Junto a todos tus rostros, junto a tus mentiras, tus burlas, tus «son sólo un juego».  «Eran». Eran. Me hubiese gustado decirte que aquel cuerpo que mancillabas con tus palabras se sostenía con los mismos pies que se suspendían a veintidós pisos del suelo. Que esa voz que callaba se alimentaba de los mismos pulmones que alguna vez se habían contaminado por tu hiel, cediendo al desprecio y a la apatía, implotanto en una cuenta regresiva. Mas eso ya lo sabías, ¿no es así? A veces eras labios escamados por la edad, a veces sólo una vocecilla suave y jocosa. Algunas fuiste un falso hombro dónde llorar, un consejo que no pedí, una herida más al calendario. Un par de palabras camelando mi oído antes de dar el último paso. «Te ves mejor cuando sonríes», dirías, antes de hincar tus dedos en mi tráquea, hurgando bajo mi piel para encontrar mi espina y partirla a la mitad. Cómo olvidarte, si aún existes en mi espejo. A veces me sonríes, y otras me dices que me echas de menos. Que he cambiado, vociferas, como si fuese mi pecado mortal. Que cambié, que ya no me dueles y por eso no te quiero. Que me dueles, aunque no te piense. Que me dueles porque tengo marcas de ti que no podré cambiar, sin importar con qué tanta purpurina disfrace los sentimientos y las huellas en mi piel. Que me dueles porque sembraste la incredulidad en mi pecho, porque me quitaste mis formas de amar. Y cuando me amaron, cuando me amaron de verdad, con tus cicatrices y tus recuerdos, tuve miedo. Miedo de que sus dedos me tocaran a través de tus dedos, y que tu (mi) asco fuese el suyo al sentirme erizándome con cada roce. Este fue —y será—, el miedo más sincero que alguna vez sentiré en la vida. Y no sé si agradecértelo o culparte. No sabes cuánto hubiese deseado, dulzura, serte suficiente; que mi sangre, que cada pinchazo cubriese tu cuota de necesidad, de afecto requerido. No sabes cuánto hubiese querido me quisieras. O que al menos no me acorralaras bajo tu pulgar furibundo, bajo la crítica de tu pupila. Cuánto hubiese deseado tus palabras, una vez me inmunicé a ellas, a tu mirada despectiva. Tu morbo petulante y tus carcajada armoniosa. Me pusiste sobre la hornilla, a fuego lento, sin saber que aún sin alas volaría. Que me volaría. Me pregunto a veces si de haber sabido lo haría, hubieses continuado arrastrándome a ese barranco.

   «Lo de adentro es lo que importa». Estoy segura que me dirías eso, si te preguntase por la beldad de las costuras que me recorren. «Lo de adentro es lo que importa», es por eso que me pusiste del revés, con la carne en vivo y las blandas vísceras por fuera. Sólo fui una muñeca descosida a la que nadie compraría, y gran favor me hacías al mantenerme alimentada en tu altar, con el pecho fermentado de flema y lágrimas, y el letrero de «en venta» cosido a la espalda. Mi ascetismo te enamoraba, y yo sólo tenía que retorcerme a tus pies para recibir algo de pan y afecto a cambio. Ese placebo edulcorado que me permitía absorber algo de luz en tus grietas, germinando y enredándome con la maleza.

   Te juro que si no fueses tú, esto no lo escribiría así. Diría, no sé, que tus ojos claros eran mortalmente hermosos y que no fue sino la ingenuidad la que me adhirió a tus manos de criatura aburrida. Diría, tal vez, que no existes. Que es la historia de alguien más. Alguna chiquilla simplona, de sonrisa desabrida y ojos hundidos. La mocosilla míope y, por cambiar algo, cabello lacio y negro. No el gato de colores, no la mascota fiel. 

   Lamento no haberte llenado luego del bocado. Lamento nunca fueses suficiente para aquella persona que obligó a encontrar en mí un paliativo a tu soledad, aquella persona que te enseñó a herir, que te enseñó a matar desde dentro sin que nadie se diese cuenta del sufrimiento que causabas. Lamento no haber sido más fuerte, no haber escapado antes de ti. De tus miles de rostros, de tus miles de voces. Lamento no haberte pedido que pararas, y si lo hice, lamento no haber alzado suficiente la voz luego del primer golpe. Lamento no haber podido llorar con el último. Lo siento, mi eterno anónimo, por no haberte rescatado. Por yo seguir aquí y tú haberte quedado con mi pasado. Por yo tratar de olvidarte y tú esperar que regrese, en alguna niña, en algunas mejillas que pellizcar por las mañana para comprobar si sigue viva.

   Dime, sanguijuelilla.
        ¿Valió el veneno el complejo que instalaste en el espejo?
                ¿valió la vena abierta tu capricho de diversión?
   Dímelo, y tal vez pueda abrir la otra
que me quede aún sana.
Tal vez pueda abrirme un poco más
para que entres con tu espéculo ocioso,
con tus yemas antisépticas
a revisar los fósiles que quedaron dentro de mí.
Qué buen trabajo hiciste.
Enmárcame, ahora.

¿O ya no soy tan bonita?
Todavía tengo algo de relleno por sacar
a pellizcos en los costados.

Siempre quise ser tu favorita.
Pero me rompí antes de tiempo, y te aburriste de mi deformidad.
No te gustó lo que hiciste, 
no te gustó cómo quedé al último brochazo de barniz.

   Seguramente habrán otros en mi lugar ahora. Seguramente les harás el mismo daño. Seguramente a mí me seguirá matando la idea de que por dejarte existir, otros recorrerán mi mismo camino. Seguramente ellos huirán de ti y tú volverás a cambiar de forma; ya no el anciano benevolente que me contaba cómo perdía respeto al usar falda y no orar en las mañanas. Ya no la sangre de mi sangre que me acusaba indolente. Ya no la adolescente perfecta que me hacía la sentadilla moral y me enterraba con el polvo de la zuela de su zapato. Ahora serás algún buen amigo, algún amante de algún idiota —como yo—, algún pasajero en el asiento de al lado del tren. Algún comentario zaheridor. Alguna mentira golpeando el bajo vientre. Tan sólo espero que no lo sepas, y ojalá que no duela.

Cuando no esté,
y sólo el vacío llene las habitaciones de tu casa.
De tu ghetto.
Cuando te mires la ventana
y ya no haya cielo que empañar con tu aliento.

Ojalá no te duela
la sangre en tus manos.
Las lágrimas que hiciste derramar.

Que no te duela,
no como a mí,
no como a ellos.

Al final de todo, siempre hay otra mejilla para prestar.
No me esperes cuando regreses.