Léeme en minúsculas.

—Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Tic. Tic. Tic. Tic.
Silencio, Cronos. Shhh.

Esta jaula me duele, me gusta así. 
Los barrotes nos están uniendo, cierra la boca; 
si te arranco la lengua no podré besarte. 
Me sabes a ausencia, quédate. 
Seis mil rostros se deforman en los callejones,
y he elegido prenderme al tuyo...
Puedes quedarte y nos bebemos 
los sueños, las ganas, las orbes;
o arrancárnoslas y mirarnos 
con las heridas abiertas.

Levitaba en la esquina ajena de ti, en un cuarto de mil murallas, cuando otras necias gotas tocaron la ventana y me encerraron en tu libertad. Dos de mis dedos en tu cara, recorrían el mismo camino suicida de aquellas perlas de miel, muriendo en el humo de un mar de cenizas. Tu semblante encaja en el filo de la guadaña, en su reflejo. El brillo es cárabe, intenso, prepotente. Apaga el Sol, no me agrada. Mi vicio se calcina.

Me sabe a nicotina, 
suéltame la garganta. 
Si me ahogo en tu aire,
entonces desgástame
en la esquina mordida
de una de esas páginas que doblas
y jamás lees.

Y comencé a pensar en el tiempo, en cuántos segundos nos restaría la vida por cada palabra. Entonces callé, y callaste, y nos escuchamos con la piel; me invade el cansancio de vivir por un ti, y morir sin nada. Me dormí, dejando de ser. Mas, el cielo ardió en llanto, encaprichado, y nos inundó. Nos desbordamos en las raíces del jardín y los pétalos se pudrieron... Nos jodimos, otra vez.

Comerme la tierra de tu carne
me está dejando hambrienta.
Si te destajo, condéname
a devorarte con los ojos
y a no probarte.

Me quemo. Me matas. Te odio.
Hijo de puta.

Las cerezas dejaron su tinta en las paredes, y es un olor carmesí el que empaña el tono fébril de nuestra existencia. La lámpara se apaga, y nos llenamos de luz; verte a la cara me repugna, pero tú me sigues sangrando... Y es mi sangre la que te llena las venas, y es tu existencia la que me vacía. El hilo se tensa, se desintegra y nos arrastra a la insanidad de nuestro interior. Las voces nos nombran, y el aria termina. El veredicto del tridente nos acusa de sublevarnos, y caemos. El coral de Neptuno se nos clava en los huesos, y viola nuestra voluntad. Sabe distinto si no somos quienes mancillamos nuestros tratos, y nos lamemos la yugular. Este enfermizo espiral me recuerda a la lepra de las caricias abandonar nuestras uñas e irse por el drenaje. La corriente suena como suena el esputo al escupirse, se te adhiere a la mejilla y me pides que ponga la otra. Dios tiene minúsculas para mí; no me mires con compasión, porque no rezo por piedad. Puedes tragártela, hacer algo interesante con los estigmas que me quedan al curarte.

Que le den a Luzbel, 
este infierno no es el suyo...
La guillotina cae
y nos mutila.
Tu visceral sabor es un murmullo 
en el cielo de mi boca.
Cuídame de ti,
porque me estoy perdiendo...
Deja de llover, no puedo soñarte
si me mojas las cerillas.