Ese absurdo «tú y yo».

Si te sueño, eres mi pesadilla favorita. Quiero dormir, permíteme hacerlo. Desaparécete.

Déjame descansar por un momento, déjame... Deja de respirar, que mi aire se me está escapando, y mis venas se están secando con cada latido tuyo... Por favor, detente un segundo, ahí donde estás. Lejos, muy lejos. Cuéntame los pasos en retroceso mientras camino, buscando a tientas una salida. Si trastabillo, no me levantes. Si lloro, hiéreme más. Si grito, silénciame. Creo no poder hacerlo yo sola. Creo que no estás. Creo que no vendrás. Creo que desaparecerás. Creo que tu ausencia es lo único en lo que puedo creer.

Estás. No estás. Convivo con tu intermitencia, existo cuando te apagas. No estoy segura de existir, si existes dentro de mí. Estoy segura de que si sales, me dejo.

Quisiera que ésta fuese la última letra de mis fuerzas, para sostenerme en la tuya y calcar tu nombre con los dedos, pretendiendo no conocerlo, y equivocarme una, y otra, y otra vez... Pero no. O tal vez...

No. No. ¡No!

Si necesito ser débil, no es por necesidad de tu abrigo. Si necesito desgarrarme la garganta, no es porque estas lágrimas sean por ti... Si necesito que estés, no es porque no pueda vivir sin ti.

Preferiría eso, que fueses irreemplazable, y así tener una coartada a mis partidas inconclusas, de mis atribulados reclamos.

Pero créeme, no soy sólo esto.
Créeme, puedo dejarte.
Créeme, puedo gastarte
hasta el último suspiro,
y no lamentarlo.
Créeme... estoy mintiendo.

Quisiera que esta no fuese una carta, sino la guerra. Quisiera que la ganases de una vez, para poder desplomarme, lejos de tus fantasmas y susurros. Quisiera que tus hilos no fuesen mis telarañas, y no haber sido la mariposa incauta. Arrancarme las alas, con tal de que no seas tú quien las aprese; arrastrarme con la corriente negra de un caudal desbocado. Quisiera vengarme de todas las mentiras que no me dijiste, para carcomerme en tu sinceridad, para extinguirme en el indubitable hecho de que no habitas en otro sitio sino a su lado, y no en el espacio que siempre aguarda por ti. Quiero invadirte, hasta corromperte desde dentro. Quiero que me sientas, y no que me compadezcas. Quiero dejar de acompañar cada sílaba tuya con un «quisiera» y culminarlo con un «te haré».

Te haré morir, abandóname. Te haré ser feliz, olvídame. Te haré llorar, sécame. Te haré inhalarme, víciate. Te haré irte, regresa. Te haré quedarte, mátame. Te haré escucharme, ciégate. Te haré ser...

Esfúmate. Piérdete. Muérete. Duélete.
Escúpeme. Ódiame. Mancíllame. Cállame.
Cállate. Cállate. Cállate.

¡Cállate!

Ámame...

Sonríeme mientras me cuentas cómo sus cabellos cortos, son los perfectos cautores de tus dedos. Y cómo sus ojos grandes combinan con tu amargura, la que yo no pude curar... Cuéntame cada beso sentido, y cada abrazo donde te refugias y me desamparas. Cuéntame cómo le quieres, para imaginarme qué miel habrá en sus labios, que no arden en los tuyos, avinagrados... idénticos a los míos. Deja que mi actuada alegría migre tras el proscenio, y que la orquesta toque nuestra canción una vez más. Tan suave como me tragaré las letras que no leerás, y te besaré la frente...

Tan suave como te diré 
que puedes volver cuando quieras,
si no te quiere tanto como deseaste.
Puedes volver cuando quieras,
si se te abren las heridas 
y necesitas quien las limpie...
Puedes volver cuando quieras,
porque yo no sé cómo irme.