Luces de bengala.



Silencio. Calor. 

Latido. Latido. Nadie respira. 

Había vacío en tus ojos cuando el vagón cerró sus puertas.

Te miré.

Nuestros ojos pelearon por un par de minutos antes de que las voces y la música de ambiente me recordaran que iba a regresar a casa, aunque no quería. 

Tú tampoco me querías. 
Hahaha. 

Pero eso estaba bien.

El amor no debe ser correspondido para hacerse; y te lo hice tantas veces.... y no me importó quedarme con un corazón de escombro en cada abrazo, en cada vez que sentía mis manos pequeñas entre las tuyas, adaptadas al tamaño de otras manos que jamás iban a ser las mías. Siempre insuficiente. Siempre tonta. Siempre adorable. 

Siempre
esperando,
esperando,
esperando, 
puto
esperando...

No llamaste. 

Pero eso estaba bien.

Decías que querías protegerme.
Decías que querías destrozarme. 

Me besabas con una entrega compleja, con un abandono que paraba las prisas de mis finales súbitos: pensé saber cómo acabaría todo y te dejaba acabar a ti conmigo, jugando a creer que no me importaba que no te importara a ti. El veneno se escurría en nuestras risas y éramos desgraciada e irónicamente inmunes al otro. 

Quise hacerte daño.

Hundir mis dedos en tu cuello y tejer tus cuerdas vocales hasta arrancarlas de la gruta húmeda de tu boca. 

Hasta verte convulsionar en tu propio asco.
Hasta que lo dijeses.
Hasta que dijeses la verdad.

Por un momento se te escapó decir que me querías.
Pretendimos pensar que querías lo que yo hacía con tus ganas.
Se hizo el silencio antes del huracán. 

Tu manos temblaban sobre mis mejillas, como si tocaras una reliquia de arcilla a punto de desmoronarse. Era una caricia cadenciosa, pura. 

Mi pequeño, mi frágil Sísifo... 

Cómo deseé sacarte esos malditos ojos que me miraban, ansiosos. 

Promesas. Risas. Más promesas. 
Tú sabiendo que las cumplirías y yo intentando grabármelo.

Todo era hermoso, onírico, nauseabundo.
 Tu felicidad fue una escara en mi pecho, que saqueaste con la mayor dulzura del universo.

No te odio porque me dolieron más tus lágrimas al verme caer en tu ratonera que las mías. 
No te odio porque aunque era mi sangre la que pintaba tus pasos, deseaba tu felicidad.
No te odio porque me sentía culpable de mi propia indefensión antes que burlada por tu daga.
No te odio porque si no sentiste ninguna compasión por mi amor, mi rencor no removería nada más que la indiferencia en ti.

Pese a haberte escuchado pedírmelo.
Pese a haberme roto el alma. 
Pese a haber secado el insomnio con llanto.
Pese a que mi perdón fuera grotescamente violado por tu abandono.

No pude odiarte.

Cuando quieras, recuérdalo. 

Llovía y un cielo artificial nos despedía.

Hoy ese cielo se apagó.