Mas no puedes engañar al tiempo, algún día debía crecer, entender.
Los únicos recuerdos que tengo de ti son manidos. Ensombrecidos por un prisma de vivencias que no puedo asegurar hayan tenido que ver contigo, de juegos, de paseos sobre tus hombros. Sé que, creo que, estuviste ahí. Mas tu cara es sólo un tachón más, como lo serían muchos rostros años después.
Dijiste que estabas enfermo. Dime, ¿era la enfermedad o tu asco hacia mí lo que te hacía regresar siempre que necesitabas dónde vaciar tu bilis endulzada? Imbatida, te recibí de brazos abiertos, aún sabiendo la mentira que escondían tus lágrimas. Si mueres, es mi culpa. Si no mueres, también. Tu miseria era inherente al amor que me profesabas, mi resignación era algo que no cubría, aún, tus expectativas. Nunca fue suficiente. Nunca fui suficiente. Jamás pude curar tu dolor. Llegué a esperar que me usaras, como siempre, para no sentir tu dedo en el hueco que dejaba tu rencor. Me arranqué las costras para no dejarte cicatrizar. Si el dolor era lo que nos unía, que así fuese. No necesitaba que me protegieses, tu presencia, aunque difusa, era todo. Colmaba.
Pero tu cariño ya tenía un mejor postor.
Yo quise morir.
Y no te importó.
¿Recuerdas cuando me prometiste que nadie me haría daño? ¿que le cortarías las piernas al primero que quisiese engañarme, lastimarme? Me anularon. Me utilizaron. Me desecharon. Yo no quería eso, pero estaba bien. Si lo hiciste tú, ¿por qué no otro más? También esperé su amor, su satisfacción, que emancipara mi ser. La herida estaba bien. La infección que carcomió mi interior era algo que debía soportar por su bien. ¿Dónde estabas cuando me hicieron lo que tanto juraste no permitirías? Es retórico. Sabemos la respuesta. Estabas ocupado contándome lo mal que estabas y lo bien que te hacía yo. No fue el daño en el cuerpo, fue el daño en el alma. Fue mi sangre, mi sudor, mi ilusión, mi inocencia, ¿qué hiciste cuando confié en ti y busqué tu refugio?
Te reíste.
Te burlaste.
Degluíste mi angustia con la simpleza con la que un niño tira un dibujo que no acabó.
Me abandonaste otra vez.
Solía pensar que podía odiarte. Me equivoqué. Fallé. No me arrepiento, no me malentiendas. No me arrepiento de nada. No puedo odiarte. No puedo sentir nada por ti.
Me enseñaste la lección más valiosa de toda mi vida: no puedes compeler a nadie para que te quiera. El amor no es algo que se da o se quita, por lo que nunca tuve que competir para conseguir, aunque fuese, una pequeña mueca de orgullo, una palmada en la cabeza, un abrazo, que me llevaras en brazos a dormir. No lo tuve. No lo conseguiré en nadie más porque nadie podrá suplirte. Es cierto. Vas a ser una quemadura que arderá hasta que sucumba a la muerte. También es cierto que no sé, todavía, qué es el amor. He visto cómo se desnuda, cómo se apena, cómo se aflige. Qué es, no lo sé. Pero existe, y eso es mucho.
De un modo subyaciente, seguirás ahí.
Seguiré teniendo tus ojos, tu sonrisa, tu creatividad, tu excelente gusto, tu perfeccionismo que ahora es mío.
Sin embargo, no serás más que una fuente seca, que no hace ruido, de la cual no brota más que silencio y un intermitente sentimiento de decepción más que tristeza.
Tú estabas enfermo. Yo fui la que sangró, la que vomitó, la que mutiló. Yo fui quien necesitó de un escudo, de un respiro, de una mano que me sostuviese cuando caminaba sobre la cuerda floja, que bregara por mí. La tuya simplemente me soltó. Tu corona de aljófares no me dio un castillo encantado, ni la casa de muñecas que tanto esperé, me dio un infierno.
Ahora reino en él.
Y te lo agradezco.
Porque tú escapaste. Tú fuiste cobarde. Mentiroso. Ruin.
Yo sobreviví.
Viví el amor, lo lloré, lo acuné. Yo me sané.
Espero que algún día puedas decir lo mismo.
Pero, ya no a mí.