Posdata.




   Puedo sentir tu respiración silbando en el aire. Cuento contigo para que jamás dejes de hacer eco en estas paredes de cal; escaleras arriba hay un corazón que cuelga del hilo de nuestras risas y lágrimas, de nuestra inocencia e ignorancia. Este rencor no me es desconocido, no eres desconocido. Los recuerdos brotan en capullos de sangre, llagas dulces que se secan al sol de un estío eterno. Puedes volver a casa cuando quieras, mi pequeño, mi fuego, a estos brazos que jamás se cerraron a ti. Confieso que escribir no hace más amena esta tristeza: las palabras son hostiles, y su violencia se refleja en la fuerza de mis pasos en la buhardilla, jugando a caerme un día de estos, a flotar una última vez. 

   Todos encontramos una puerta de escape, la tuya no contaba con paracaídas ni red de seguridad. Contabas conmigo y te llevaste un pedazo que no consigo de mí, no sé qué era, pero me cala el frío por la fisura que dejó, no supura, pero palpita, infecto. Vuelve. Sé que no puedes. Pero vuelve. Vuelve. El miedo hoza en mi cama, en mi carne. Lo miro con ojos de volcán, enrojecidos, que escuecen, mas no lloran. No he podido llorarte ni una sola vez, pese a haber querido. La angustia tiene la virtud de hacerte de piedra y perfilarte con cada arremetida del mar que acaba arrastrándote, te paraliza, te sodomiza. La costumbre deviene del saber que no hay un más allá al que acudir, no hay recompensa, no hay paz. Sólo puedes arrodillarte y esperar, en una calma casi mística, con las palmas entre las piernas, tímidamente. 

   Aún te busco, aún te espero. 

   El paso de los años no me ha hecho olvidar el ruido que hacían tus gestos en mi mente, las sonrisas a medio labio, acariciarte la oreja mientras contemplabas a la nada; te reías y acaba todo lo malo cuando lo hacías. ¿Cómo lo hacías? nunca lo supe. Fuimos un misterio el uno para el otro. Siempre pensé que sería yo quien tirara de la cuerda y acabase con todo. No hay cabida para el arrepentimiento en esta guerra de cuerpo y espíritu, me estoy ganando a mí misma y al mismo tiempo cada día soy algo muy distinto a lo que conociste. El nauseabundo crepitar del tiempo corriendo en mi contra me recuerda que he decidido quedarme, aquí, en este cuarto sin ventanas con vista al Averno. Y aunque me estoy quebrando otra vez, aún me dejo doler para dejarte estar. Vivo sumergida en pozos de cristales rotos, cada uno de ellos es un yo distinto, errático, volátil, suicida, una carcasa más que se multiplica, que contagia, que convulsiona antes de convertirse en esporas y desvanecerse. Una vela no derrite ni da calor, pero no acaba por apagarse. 

   Estos pensamientos no quieren jugar siguiendo las reglas, no cumplen sus promesas. Soy indolente hacía mí misma, lo sabes. Sigo trazando este espiral con mis huellas de sangre, con estos pies desollados de tanto vagar; no sé a dónde me llevará, pero no tengo cómo regresar... ni a dónde. A quien me leyere —no mis palabras, ni mis miserias, a mí, a esto que soy y se escabulle entre los dedos como agua que quiere ser abrazada— le conferiría yo el derecho que fue tuyo, no te miento. Esta desnudez, este sopor, esta desmedida necesidad de recuperar la credulidad que revestía mis paradas y decisiones. Te traicionaría sin pensarlo dos veces. Tu memoria no sería obstáculo. Pero no existe quien no cierre los ojos al susto, ni quien se quede. No hay. No tengo. Sólo queda este resplandor ciego que deja la impotencia cuando te lava los ojos y engatusa. 

Así que muero contigo.

Una vez más. 

Hasta mañana.