El secreto para no matar a las musas es no dejar que te traigan a la vida. No existe tal cosa como el amor inocente. No importa de qué amor hablemos: la ingenuidad alberga cierto morbo que escarba, insistente, entre piedras y botijos, deseando ser mancillada. Corrompida. Juega al raspa y gana de la indecencia, se ofrece, se frota, se contonea sobre sus rodillas, con la mirada tímida, como aquel que espera la recompensa. Puede ser un halago, una caricia, o la total indiferencia. ¿Hasta que punto es el dolor realmente un indeseado? Te gustará más saber que me lastimé pensando en ti antes que imaginarme con la mano entre las piernas por tu misma causa. Hay un remanso, un corte a la realidad cuando te duermes la lengua entre los dientes. Yo con esto de la moral soy diletante. Las venas henchidas me recuerdan a meandros que se hienden, dadivosos, torrentes de púrpura y magenta que desembocan en la asfixia esmeralda que tiñe los ojos cerrados cuando ya no puedes más. Te ofrezco una adivinanza: ¿a quién has subyugado esta vez? ¿a mí o a la anomalía que se columpia a pies descalzos en el plafón? Soy la causa sin rebeldes que mejor te ha hecho creer en las violencias compartidas. Tú miraste algo más allá del polvo crudo, del hedonismo y el ansia disidente. Yo metí tu puño en la herida tierna, caliente, grumosa; tus dedos en el coágulo de mi verdad, de todo lo retorcido que alguna vez estuvo bien en mí. Saboreo la intimidad de ese lazo entre la aguja que penetra la carne y el hilo que la sutura. El premio de la disciplina. La apatía endémica oculta tras de sí un compendio de decepciones que no conllevan misterio alguno, más que sus rechazos y lágrimas; no tiene sentido corregir la incomprensión, no puedes apreciar al fuego si no has sido arrasado por él. Y es la veleidad de esa devastación lo que te hace cruzar el charco y cambiarla por la galaxia de la sangre comprimida en tus pulmones, palpitando, febril. El dolor es un sopor, un esclavo al que hay que rendirle tributo. Tiene una cara bonita a la que puedes escupir sin remordimientos, porque seguirá alzada, calándote con los ojos bien abiertos, cristalizados por la fruición de haberte provocado e impelido como quería. Un sincretismo que promete protección y alojo más allá de la impostura de lo superfluo. Brizna, sangre y devoción.
