Corpus delicti.

Deberías contar las veces que te enseñaste a ti mismo a ser de otro antes que de ti, cada vez que las guerras en tu cuerpo fueron sostenidas con artillería del exterior, revoluciones de voz ajena a la tuya, parcelando tu libertad en tramos censurados. El arte te rescató hermoso, diáfano. Medusa traslúcida en un mar de oscuridades, nácar cortante que no puede compadecerse en su propio abrazo; el arte te tomó impoluto, dado la vuelta, sobre el vientre y con la boca invadida de algodón y sangre. Yaciste ahí, entre brazos del bien llamado amor; violado, amonestado, en la esquina de la carcinería que fue tu cuento de hadas. Las hadas ahora no están y el tiempo te dice que crezcas, pero han amarrado tus raíces con cordeles de cobre, el estaño fundido en tu interior canaliza cada gota de sangre, cada lágrima. Ahora ya no creces, ahora no corre el tiempo, Chronos es la puta vieja de los cigarrillos mojados, y el humo se ha metido en tus branquias. El amor ha pasado de tu cara y las caricias de satén se han transformado en navajas. Fuente de vida, fuente de sueños, fuente de ilusiones y perdones y arrogancias y mentiras blancas como alfileres en la lengua; fuente seca, mohosa, polvorienta. Socavado, con miedo, frío y hambre de morir. ¿Te cuento un secreto? no te has enterado, pero he llorado por ti. Fuiste enterrado tantas veces que las semillas en tu pecho se han podrido y lo que fue su vera ahora es tu pantano; brilla, asesina, chilla, gime. Quema, hazte arder. Esta mala pécora, esta insistencia en sacarte la mierda con las uñas está abonando tus jardines y crecen crisantemos sin sol. Eres preso de un bosque embrujado y nadie va a rescatarte de estas ramas, nadie va a dejarse la piel si tú te la desgarras. Corazón escaparate, siempre el mejor dolor, la anestesia a toda herida menos a la que tienes en la cara, esa que te gotea bajo los párpados cosidos. No lo ves. No lo puto ves. Pero lo sientes. Animalillo abandonado, la sarna te ha comido las migajas de alegría que pintaban constelaciones en tu cuerpo; costillar atravesado por la daga del asco y la emancipación ¡Dios lave tus lamentos! los años todos lo curan. Pero ellos te quieren puro, y este agotado cuerpo ya ha vencido sus oportunidades de transmutar el daño, el adefesio adherido a tus vértebras. Tu dios se ha diluido con el verdemar de tu estómago vertido en el caño. ¿Ahora qué?  Tu sexo ha sido abierto, tu alma sesgada en dos, cuatro, ocho, doce años de maldito terror a bocajarro. Duermes con los ojos abiertos por si la realidad toca a tu puerta, desde que no duerme a tu lado te acompaña en alucinaciones que te obcecas en llamar errores. Aquí-no-pasa-nada. ¿Te digo qué pasa? pasas tú. Te estás matando y no te estás matando. Keres ha fenecido en tus campos, entre estacas y nubes de dulce euforia y éxtasis. Le invocas cada cuando mirando hacia dentro con el espéculo  dentado del no tener intención más allá de sentir algo. Las cuevas ya no sangran, la grasa ya no se derrite a tu faca, dime ahora: ¿esta miseria cubre los vacíos? Porque aún te oigo. Nos oigo. Y el aire se está yendo por esa boca que no besa porque no quieres. Las noches se están apagando en esa espalda que no es tocada porque aún te da miedo ser leído en braille por unos dedos lisos de culpas y náusea. Juntas las rodillas con miedo a ser mutilado una vez más, tu aleta de sirena se está convirtiendo en mármol y ceniza. Mas no quieres ser tallado por si necesitas aquella dureza para sostener tus paredes de hielo frente una vida que es agua hirviendo. No lo ves. Tú no lo ves. He llorado por ti. Y haré un río de cólera que lave tus pies de tu grotesca ceguera. Aceitaré tus manos encallecidas para que puedas sentir de una vez por todas lo que las tristezas han grabado en tus rasgos: la ceja partida de haber amado equívocamente, los labios juntos en mieles de yeso y cal. Porque tus heridas son mis heridas y son las de aquellos que también se rescatan de sus bosques y sus brujas, de sus calderos fríos y fogatas extinguidas. Porque si no lo ves, lo veré por ti. La ternura de tu abrazo, la protección de tu humildad, la beldad de tus jodidamente perfectos defectos. Lo haré por ti. Me odiaré menos para quererte a ti.