Etcéteras I.

Estabas loca. 

—Deja de hacer eso.

Espeté, contemplando tu boca semiabierta; semiherida, semítuya. Te estabas arrancando trocitos de piel con los dedos enrojecidos, como quien busca quitarse el resabio de una vieja historia o el aliento de un mal beso. Tú única respuesta fue entornar la mirada, buscando hallarme por encima de tu hombro, en tu ciega lejanía. Un mechón enredado te surcaba la cara como una cicatriz aúrea oxigenada. Te gustaba sentarte en la orilla de la colcha en el suelo, con las piernas abiertas al ventilador de segunda mano y aspas de color (fue una de las cosas que encontramos abandonadas cuando nos mudamos al cuchitril que ahora llamamos hogar). Estabas loca y habías decorado todo con esmalte de uñas y purpurina. Incluyendo el ventilador de segunda mano y aspas de color.

Te sentí sonreír, pero no estoy seguro. Nunca estaba seguro contigo. Porque estabas loca. 

—Deja de hacer eso —volví a escupir, mas mi voz carecía de la firmeza que tuvo anteriormente; ahora era lo más parecido a una súplica lastimera. Di un puntapié travieso a tu cadera, queriendo captar tu atención aunque siguieses dándome la espalda. Te vi fruncir el entrecejo a través del espejo de la cómoda que había a los pies de la cama, repleta de libros y bocetos que ya no distinguían entre tu autoría y la mía—. Déjalo, déjalo... me lastimas.

Y me envolví en la frazada azul. Azul, porque te gustaba el mar. Todo es azul en esta casa. Pero tus ojos son marrones, un vulgar marrón dulce. Amielado. Ruisueño. No tenemos jardín y las flores de la mesita de noche son plásticas, huelen a infancia perdida. Y estás loca. 

—No siempre voy a poder cuidar de ti, darling.

Musitas, sentencia o no, me arde escucharlo, y sigues masticando —sí, masticando. Siquiera fueses tan gentil de no hacer ruido, de no restregar tu maldad en mis narices...— tus labios. Los abres. Los partes. Me duele el estómago. Cierro los ojos con la fuerza suficiente para ver en mi interior; mis entrañas saludan con cálida vehemencia, con un vago recuerdo de lo que puedo ser sin ti y no soy por estar contigo. Se burlan quedadamente de mí, como tú. Bueno, no. Tú lo haces de una forma muy descarada, cínica, ruín... ese sarcasmo prostituido tuyo me hace vituperarte con asco. Y luego te amo. 

¡Jodida desquiciada!

Porque estás loca. Porque estás. Porque te necesito.

Pero sigues diciendo que no puedes cuidarme. Que no vas a quedarte. Que un día vas a evaporarte por las grietas de las paredes, dejándome tu olor a crema humectante y dedos ampollados luego de bailar toda la madrugada.

Me encojo sobre mi vientre y te saco del colchón de una patada. Tú ríes, un poco maníaca. Un poco hermosa. Te levantas del suelo y sueño tus rodillas sangran. Que sangras por mí. Y te extraño.

—No siempre voy a poder cuidar de ti, darling... 

Repites. Te acuestas a mi lado y gimo contra tu pecho de algodón. Me prendo a ti, quieto, como el niño que ha encontrado consuelo en el seno materno. Tus brazos son sólidos y etéreos al mismo tiempo; eres humo, y yo no sé abrazarme a la nada. Tu cantas algo, tarareas con timbre seráfico alguna nana que nunca escuché. Imagino tus lunares en constelaciones y, por un momento, creo que puedo odiarte.

Me besas la sien, pero todo lo que siento es el ruido procaz de ti masticando tu boca. Destajándola.