Noche.
Noche gélida, vetusta, sensual. Que desborda arrogancia en argén,
secuestrando musas entre las estrellas. Su canción devora marineros,
y su tacto inmortaliza al corazón de los poetas. Noche que no
necesita fuego para arder, sino besos y susurros crueles. Noche
devota de los demonios, amante del caos.
La tormenta no mostraba deseo de cesar, los goterones danzaban entre silbidos del viento fugaz, que se devolvía sobre su sombra para hacer remolinos de frío y agua. La gélida estancia retenía a sus actores dentro, mientras las llamas del eclipse de luna rozaban los nubarrones tornasol, volviéndolos grises. Su forma era sinuosa, mitad calor, mitad hielo. La mitad de fuego se estiraba y desgarraba a jirones como lino roto, expandiéndose y flagelando la piel de las estrellas ocultas. El otro lado, perfectamente redondo y sin vida, cráteres negros como la sombra de los años, piel de plata y cicatrices sin curar. Escenario salido de una pintura, acuarelas sin pincel ni más lienzo que la noche promiscua, colores brillantes luchando por tragar los densos bosques de tinieblas. Un lugar parecido al Paraíso, pero demasiado cercano al Infierno.
Como el cazador que detalla los movimientos de su presa, la dama observaba al amante inocente tendido en su lecho, indefenso, inocente. El resollar del joven extasiaba sus oídos alertas; los labios agrietados y sangrantes le recordaban la delicia vivida sólo minutos atrás. El banquete que se había regalado luego de la danza sin final, elevando el guardainfante y las sedas entre dedos vigorosos, hundiendo en las mieles del adulterio las caricias insinuantes. Que oscilan entre lo frío del castigo y lo cálido de la recompensa, en el sadismo puro y la creatividad humana.
Humanos, qué entretención hallaba en ellos y en sus bajezas mentales, enervando las físicas son solamente un roce, un gemido austero. Como ese que ahora escapaba de la garganta masculina cuando su nudillo gélido se paseó sobre la tráquea, deteniéndose en la manzana de Adán. Tan suave y tersa piel era muestra de la pubertad en aquel cuerpo inerte, perdido en los dédalos de Morfeo y sus poemas de dolor y sangre. Desnudo bajo las sábanas se hallaba, igual que ella, tras el velo de las sombras de sus largos cabellos negros, derramándose como cascada cobre sus hombros y la almohada, ligeramente levantada sobre su codo, dejando perder sus dedos largos entre la cabellera azabache. La figura núbil, el pecho frondoso y pálido rozando el hombro de él, mientras su mano libre se paseaba por la seda castaña en su cabeza. El gesto era cariñoso, agradecido… y macabro.
Infortunada alma, infortunada.
Lo que antes era piel rosada y suave, ahora se volvía escamas mohosas y pútridas, dejando caer trozos de piel del varón sobre la cama desarreglada y amplia. La brillante cabellera comenzó a deshacerse entre fealdad opaca, convirtiéndose en canas verdosas y grasientas, como si los fluidos de su cuerpo se le escaparan por los poros al joven. Su respiración era inestable, y la boca fina se abrió en busca de aire, como un pez fuera del agua. Intentó despertar, pero sus párpados estaban fundidos contra sus pupilas, arrancándolas de los globos de un tirón cuando logró abrir los ojos.
En lugar de sangre, algo parecido a brea espesa brotó de ahí, al igual que de su nariz respingada y de las orejas que se derretían sobre la blanca sábana como metal fundido. El aroma del placer, de la odisea al éxtasis, se convirtió en husmo nauseabundo que inundó las fosas nasales del moribundo amante, que, con un chillido agudo y una última exclamación en busca de la gloria después de la muerte, alzó su mano hacia el cielo. Ésta se cayó a trozos, primero los dedos, uno a uno. Luego se partió desde la muñeca, destajándose y colgando de las venas secas y negras como sus cartílagos.
El brazo se desplomó, y la mano de la mujer acarició por última vez aquellos cabellos que antes había halado con desespero, buscando profundidad. Sonrió ella con suavidad y apartó la extremidad, impregnada de la carne podrida. De su piel pareció hacerse un lienzo, dibujándose casa línea sinuosa de sus venas en un color brillante y denso, una mezcla de sangre y saliva, rosa profundo. Elevándose el grabado hasta su hombro, absorbió como si agua fuese la esencia dejada por el cadáver del hombre, alimentándose de su virilidad como bien sabía hacerlo. Él había sido delicioso, inexperto y virginal. Consiguió desatar lo que muchos habían olvidado, y lo que ella no exigía —pues sólo pensaba en la cena—, su disfrute.
Los dibujos se fueron como llegaron, dejando su piel marmórea y perfecta como única protagonista.
«Merci».
Susurró a sus adentros con acento perfecto y gracia encantadora. Como la niña que conserva aún el dulce entre sus labios.
Le observó desde su lado de la cama, levantándose de ella con una languidez que no podía interpretarse, sino, como la de una bestia recientemente satisfecha. La bestia hecha mujer, eso era. Y sin embargo, su belleza era fiel detalle de una diosa. Diosa caída, cruel y egoísta. Su desnudez revelaba lo ocurrido con las marcas argénteas en el interior de sus muslos firmes, elevados desde un par de perfectas piernas esculpidas por la delicadez. La visión de su figura era enmarcada por el velo de los suaves cabellos de obsidiana, bajo la luz de la luna ardiente que entraba desde el ventanal abierto. La brisa no osó a tocar su figura, pero se hizo tirana en las telas porosas del dosel exquisito, al igual que el resto de la alcoba decorada por los tenues tonos del magenta y vino. Iluminada por la luz de las velas largas y torcidas que, con un chasquido de ella, se enderezaron y flamearon como antorchas en la guerra.
Sin mirar atrás ni despedirse, cruzó el umbral de las telas del palio y se aproximó hasta el balcón, envuelta solamente por su pelo que brilló bajo la luz del exterior. La madera crujió bajo sus pies descalzos, sus manos se posaron sobre la barrera risada que la separaba del abismo bajo ella, abismo del cual provenían voces quejumbrosas, gimoteos infantiles, alaridos. La lluvia salada seguía cayendo como diamantes que destajaban la piel, pero se limitaron a peinar los cabellos largos con delicadeza, bañando su carne. Hacían eco en el barranco sin fondo aparente y llegaban a sus oídos como la más hermosa canción del tormento mortal, recordándole que ahí, en aquel lugar lejos de lo divino, se hallaba el precioso elixir de los sueños.
Sus pechos redondos saltaron con su peso cuando se estiró cual tigresa perezosa, meciendo sus caderas desnudas y haciendo tronar sus huesos deformes bajo la máscara de la perfección. Se quebró las manos sobre el madero que fungía de límite entre aquel caos y ella, elevando el semblante curvo hacia la cúpula del cielo. Miró a los demonios elevarse y perderse con sus alas destrozadas hacia la luna flameante, mientras que las arpías arrancaban las cabezas de los condenados en la superficie térrea y las devoraban con brutalidad. La sangre regaba las flores del campo, las flores morían y con sus pétalos muertos se alimentaban los gusanos que dejaban los cadáveres encadenados a su mansión.
Impropio de una dama, pensó.
Incluso ella tenía modales a la hora de comer. No había mejor festín que el que uno mismo se preparaba, agasajaba y descuartizaba. Todo con elegancia, hasta una piedra sagrada, sabe bien.
Observó el mar del horizonte, donde los tentáculos babosos de los leviatanes se sublevaban entre las aguas y tragaban, una y otra vez, barcos piratas destrozados por los siglos. Los vomitaban y volvían a llevarlos, pese a que ya no había alma de marinero del cual burlarse. Una criatura caída, como ella. Ambos había sido creación de Dios, y ahora estaban en aquel inferno. Condenados a matar, a alimentarse de carroña. Condenados a vivir sin vivir. Ella, en su cuerpo, que no es mortal ni inmortal. Él, en sus mares, donde la desgracia reina y las sirenas no cantan canciones de seducción, sino de repugnancia.
¡Qué desgracia esperaba a los querubines! Se carcajeaba de ellos, inocentes centinelas del Todo Poderoso, juguetes de un ente que nadie reconoce como Dios. En un momento que parece ser eterno, ellos están en sus nubes de compasión. Y en segundos, que parecen venir de un reloj maldito, terminan en la orilla de un precipicio… Empujados por la misma mano divina que les dio vida, caen entre lacerantes cuarzos negros y sus alas, débiles contra la fuerza que los atrae, se parten en pedazos, desangrándose, arrancando sus vísceras. ¡Pobres angelitos! ¡estúpidos, estúpidos!
Sonrió con desdicha, dejando caer el rostro sobre su hombro mientras del abismo emergían más gritos de socorro, de madres buscando a sus hijos, de hijos buscando a sus madres, de ambos siendo troceados como animales. ¡Y por allí va! la pierna del infante. ¡Y el seno de la madre por allá! Desesperanza, sólo eso debían aceptar tener. Y nada más, porque en aquel sitio, nada más había. Sus largas uñas acariciaron el aire, cortándolo. Hubo suspirado un par de veces, enamorada del panorama que desfilaba ante sus ojos, cuando se aburrió y se dio la vuelta, regresando a sus aposentos.
Con el cuerpo empapado y el alma en pena, paseó por la habitación suntuosa, en su mirada perdida asomó la agonía del cadáver en su cama, pero lo ignoró. Ya le había enseñado el cielo dentro del limbo, qué más podría hacer. No sentía frío, y el calor de las velas no la tocaba. La esperma caía de éstas como de sus piernas aún, sólo eso la nutría.
Musitó algunas palabras de lastimero aburrimiento, mirando de soslayo las marcas húmedas de sus pies en el tapete. Se observó a sí misma y acarició su vientre lleno. Mas, incapaz de concebir criatura alguna. Siquiera eso la haría feliz, incluso dentro de la tortura de cada día, del dolor. Era su condena real y no podía escapar de ella. Nunca. Su dedo largo se perdió bajo el ombligo pequeño e inventó un lazo plateado con el ser dentro de sí, al otro lado de la muralla. Ese bebé que jamás nacería, porque nunca había sido creado.
Hundió la uña lacerante sobre la piel, mordiéndose los labios. La sangre profanó su santuario otra vez y bañó la intimidad de sus muslos. Una lágrima traviesa quiso brotar del rabillo de su ojo, pero la contuvo como el dueño a su perro. Estaba amaestrada. Cruelmente amaestrada.
Mataría, mataría hasta hallar placer en ello. Mataría hasta que el amor se olvidara de ella y dejara de atormentarla, mataría hasta que su cuerpo se pudriese y la noche lo llevara al descanso eterno. Cuando un día eran mil años, y mil años de felicidad sólo un segundo. Era ese momento que vivía ahora, que recordaba, lo que mataba su corazón lleno de telarañas, pero aún capaz de latir.
Tantos que había cruzado su mundo, todos con miedo a morir. Y ella, que era única, deseando perecer cualquier noche, dormir por siempre. Los siglos se hacían largos, no recordaba casi nada del pasado feliz. Ni de las noches estrelladas, ni del sol en su esplendor. ¿Qué es una flor sin pétalos, sino tallo mustio? Sus pétalos habían marchitado hace mucho, mucho tiempo atrás. Cuando la música no provenía de un instrumento en especial, sino de la garganta y el alma.
Ahora, era pájaro sacrificado. La humanidad había desperdiciado tanto, tanto.
Ladeó el rostro hacia el antiguo fonógrafo, dormitando cual infante en su nana, soñando con ser tocado otra vez. Había visto mucho, el aparato aquél, había visto mucho. Y callado tanto tiempo, que su dueña sintió lástima y dejó la libertad de su vientre para aproximarse a él, acariciando su contorno con la sangre de su piel. Una sonrisa llena de algo, algo inexplicable, llenó su rostro fino, estirando los labios rojos y carnosos. El flequillo adherido a la frente escasa dejó su sitio y cayó por un lado cuando se inclinó hacia delante, con las gotitas carmín floreciendo en la alfombra mullida, desde la fuente de su cuerpo. La sinuosa curvatura de la bobina atrajo los sentidos de la dama, que se entretuvo un momento en ella, palpándola, quitando la delgada capa de arena sobre el dorado opaco. La misma cayó al suelo y se esparció como partículas de pirita en él.
Acercó la mano hacia la manivela, y trémula giró ésta, mientras su otra mano se dedicaba a posicionar la púa agresiva y resquebrajada sobre la ausencia del disco que no tenía. Soltó la pequeña varilla retorcida y la contempló girar en dirección contraria a donde la había ubicado. Escuchó el desolado rechinar de la aguja quebrarse contra la madera, pero luego, se hizo la sinfonía imaginaria. No, no era la locura que hablaba por el artefacto, ni la soledad quien escuchaba por ella. Realmente, había música. Una hermosa tonada que calmaría al mismo Lucifer en su tormentosa labor, y seduciría a los ángeles a descender al frío infierno.
Afinó el oído ella, entonces se regocijó en el dolor de los espíritus vagabundos que provenían de la oquedad de las trincheras del exterior. Junto a la música, hacían orquesta. No había notas, ni estrella a quien aplaudir. Una ópera muda, una canción sin letra, una danza sin pasos. Pasos que ella bien se había memorizado.
Recayendo de nueva cuenta en su desnudez típica, saltó del salón al armario destrozado y abrió sus puertas de par en par. Un trío de arañas muertas la saludaron, intentaron picarle la mano, pero ella las aplastó y retiró sus patas del cuerpo peludo con un simple pensamiento. Halló colgado su camisón preferido, entre los mil y un vestidos de gala, el terciopelo y la seda. Tan suave y simple, lo atajó entre sus dedos con presura y acercó el algodón blanco hacia sí en un acto de coquetería propia, visualizándose en el espejo roto. Su cuerpo multiplicado, fragmentado en el reflejo. Ciñó a su cintura la tela y rasgo ésta cuando hizo descender el encaje por sus caderas y piernas.
El piano seguía pulsando sus teclas, el violín deshilaba sus cuerdas. La sinfonía del alma trascendía por sobre el barullo de la noche; sus pies danzando por la alcoba, modelando para el cadáver seco sobre la cama. El cabello negro dejaba rocío puro tras de sí, con cada paso y movimiento. Como toda una dama, el camisón cubría con pudoroso cuidado las curvas asesinas de su señora e invitaba a la lujuria con aquel corte en la espalda que dejaba a la lujuria el resto.
La lluvia no mermaba, pero no era capaz tampoco de defenderse de los latigazos del sol en el eclipse infernal. Un rayo cayó, justo en la cabeza de una arpía, cocinándole los sesos y derramándolos con un alarido sobre su víctima moribunda, que se tragó toda la masa con un gusto envidiable, buscando las entrañas del cuerpo con las uñas mugrosas y mordiéndolas con las encías peladas. Las aguas turbias del mar se alzaban en olas rizadas y encrespadas, escapándose de la boca de la Bestia. La algarabía del festín.
¡Callaos
todos, alimañas!
¡Callaos!
¡Callaos!
Y el silencio se hizo. Aquella voz potente y a la vez llena de benevolencia encadenó a las quimeras deformes a su estaca, donde yacían empalados los de corazón impío y alma corrupta.
El diluvio convertido en sangre cogió el caudal más cercano, huyendo de la luz que comenzaba a hacerse en los cielos, abriéndose paso entre las nubes espesas y la neblina de la lluvia. El hombre que devoraba aún las vísceras de la arpía alzó su semblante, dejando caer el útero abierto sobre sus rodillas rotas. Sus ojos, casi ciegos, hallaron con desconcierto la cúpula estrellada, como si fuese el primer milagro que veía en su vida dentro de aquel lugar.
Los coyotes de dos cabezas y hocicos abiertos aullaron, despertando de su letargo milenario. Los demonios recibieron entre ellos la presencia de aquella figura fémina, desde aquel balcón de donde todo se veía y nadie escapaba. Ahí, donde las garras de la noche se hacía persona y cruzaban los humanos el umbral a la muerte deliciosa. Vestida de blanco, vestida de inocencia y sonriéndoles con garbo; tras ella un ejército de notas remontaba entre las cortinas negras y salían a envolverlos como el sudario a Jesús. Los colores brillaban como luceros entre la angustia y el suplicio, mientras que de la lluvia sólo quedaban vestigios húmedos, tanto en la tierra maldita como en el cuerpo de la mujer, que ondeaba sus cabellos lacios como bandera de victoria.
Hacía mucho que había ganado la batalla, pero no celebraba su victoria. ¡Infierno, decían! ¡Pero el Paraíso no existía, jamás lo hizo! Sólo estaba ese eclipse condenado, como ellos. Dios había mentido, le dijo a Adán que no comiese del fruto del árbol prohibido, porque moriría. Él no le obedeció, ¡pero no murió, sólo se hizo mortal!
Los humanos, pobres, pobres humanos. Piezas del juego divino como los ángeles, pensó la dama, al ver con sus ojos de fuego ámbar el recinto de tinieblas. Dios creó al humano, su curiosidad. Luego, le decía que no debía hacer algo. Y luego se divertía moviendo las piezas del tablero a su gusto, cambiando los recuadros de negros a blancos a placer. Dios creó a los ángeles, seres de luz. Pero, luego los enviaba a la Tierra —¡Maldito elemento y nivel inferior!—, a batallar. Profesaba la paz, pero les ordenaba arrancar cabezas y devorar almas. Decía amar al prójimo, pero el prójimo que no leía sus labios era asesinado. ¡Decía Dios, tantas cosas! y hacía tan poco, porque tenía sus esclavos.
Y cuando los esclavos no servían, había que venderlos otra vez. ¡Traidor, traidor! ¡Era eso, la locura! ¡era eso, el dolor! un dolor para el que no hay más cura que hundirse en el abattoir! Y bañarse las manos de sangre, sin poder lavarlas de verdad. Perder la cordura entre gritos, y no poder tú gritar. Sí, eso era el Infierno. Y no era diferente a lo que conocían por Vida los humanos, ni por Cielo los luceros. No, no era distinto. Dios les había mentido… ¡Traidor, traidor! volvía a clamar su mente, y el resto de los confesos igual gritaron en sus almas macilentas y regurgitantes, lo sentía. Estaba conectada a cada uno de ellos, eran hijos de Lilith, de Magdalena y de María. Todos juntos y revueltos. El caos, deleitable caos.
Los buitres se alzaron en vuelo, el cielo bramó. Los aullidos hacía poemas de aquella canción sin corazón, y entonces, luego del alongado silencio, la voz de su Reina se volvió a escuchar como cuchillas rasgando el viento, y viento rasgando las huesudas falanges de los árboles mortecinos, meciendo a sus colgados presos y desnudando sus esqueletos.
¡Escuchad,
Criaturas!
Lamentables seres,
que habéis pisado descalzos
y hundido vuestros dedos en las vísceras.
¡Escuchad, Espíritus!
Que vuestra memoria, en iglesias
ahí arriba
es recordada,
pero vuestros cuerpos yacen
llenos de gusanos,
putrefactos ya.
¡Escuchad, Demonios!
Mis Ángeles de una sola ala,
mis hijos,
mis amantes;
¡A mí, el Arcángel!
¡A mí, Michael!
¡Escuchad, la Canción del Infierno!
Lamentables seres,
que habéis pisado descalzos
y hundido vuestros dedos en las vísceras.
¡Escuchad, Espíritus!
Que vuestra memoria, en iglesias
ahí arriba
es recordada,
pero vuestros cuerpos yacen
llenos de gusanos,
putrefactos ya.
¡Escuchad, Demonios!
Mis Ángeles de una sola ala,
mis hijos,
mis amantes;
¡A mí, el Arcángel!
¡A mí, Michael!
¡Escuchad, la Canción del Infierno!
La barahúnda avivó las llamas gélidas y el Sol se apagó, petrificándose ante la esos ojos succinos que lo miraban con ira. Los rayos cayeron sin lluvia y la Luna se partió en dos, el eclipse había acabado y sólo la sangre iluminaba los caminos del limbo perfumado en hierro y sal. La tonada del caos profanó los oídos de las criaturas, una orgía de sabores, olores y caricias se hizo aquella noche sin día. Dios no podía verlos, porque su nariz era muy larga para inclinarse, pero los ángeles cayeron, seducidos por la melodía y el bálsamo que eran esas palabras aguerridas, que invitaban al pecado.
Con el graznido de los cuervos decapitados, la delicada espalda de la mujer se bañó de sangre, los huesos se fracturaron en una metamorfosis gloriosa. Y se hicieron las alas de Satán, blancas y suaves. Sus cabellos negros flotaron en la oscuridad y agitó sus renacidas alas de maldad, alzando en vuelo. Desde la cima del cielo, miró a su séquito, a su ejército, a su hogar. Regando la semilla de odio en su vientre. Una lágrima carmesí cayó sobre el rostro del niño maldito, quien miró hacia arriba con sus ojos sin párpados y halló, embelesado, la belleza del ángel caído, bendiciéndolos.
Michael le sonrió, brindándole el cariño de una madre con aquella mirada cárabe.
La
rebelión había comenzado.