Tengo tan mala leche que podría echarme a correr a través del paso de
cebra en la intercomunal a ojos vendados, en luz verde, a hora pico, y
saldría ilesa. Incluso con una contractura menos y dos centímetros más
alta. Qué triste debe de ser la inmortalidad; no me viene a la cabeza
algo más enfermizo que el supino aburrimiento de hallarse estancado en
la misma mierda día tras días. No se trata de viajar, ni de conocer. Se
trata de la respiración, el ser consciente de inhalar y exhalar, de
tener contraído el ano y saber que tu nariz está entre tus ojos. Me
están dando escozores de sólo pensarlo. ¿Estoy cometiendo una falla
ortográfica en algún lado? No puedo volver a leer, esto me está poniendo
nerviosa. ¿Debería regresar y hacer de cuenta que no lo hice? No he
borrado nada en minutos. ¿Cuánto tiempo llevo escribiendo esto? Ah...
son sólo un par de líneas. Me siento trémula, como en el aire. Así se
deben sentir esas bolitas de hierro que le ponen al esmalte de uñas para
que no se dañe. Como cayendo en gravedad negativa. Tengo calor. Podría
estar en bragas en un congelador de Wendy's y seguiría achicharrándome
por dentro, oliendo a corto circuito, cabello quemado y mal peinado.
¿Cuándo he sabido peinarme yo? La idea de que estar en bragas pueda ser
material masturbatorio para el estándar común, del copia y pega social
comercializable, más que darme asco me deja indiferente. Mientras no lo
sepa, me da igual. ¿Por qué le dirías a alguien —que no conoces de nada—
que te estás masturbando su nombre y en el nombre de sus muertos? Estoy
olvidando que yo me lo busco. Igual si no lo hago, es que soy una
frígida. Estoy cansada de explicar la diferencia entre piropo y halago,
de indiferencia y aceptación, de «deja de tocarme los ovarios» y «jódeme
más». La manipulación sin arte me ofende. Soy una salchicha alemana
partida a la mitad, que no se cuece y aflora sus manchas de grasa
porcina intragable con orgullo. Envidio a las personas que pueden
cabrearse, por su lado kamikaze y la cuasi sociopatía convenientemente
manejable. Soy esa que si vuela en tren, se disculparía con galletitas y
algodón de azúcar. Me estoy olvidando de cómo llorar y ahora no me sale
la risa como antes. Solicito un reseteo, un escobazo en el culo para
continuar. Me pregunto cuánto tiempo seré la nena de las baladas y de
vocecilla dulce, mas no me pegaron la etiqueta de caducidad en la nuca a
tiempo y ahora ando libre, un gremlin luego de las doce, buscando quien
me dé de beber con gotero. Odio las etiquetas sexuales, mas son útiles
para cuando me preguntan a quién me follo y a quién no. Espera, ¿por qué
te interesaría la vida sexual de otro? Me resulta tan mórbidamente
ridículo que no termino de entenderlo. Me sabe a mierda si eres gay o
follas cabras, a mí no me vas a tocar un pelo igual. Me parecen
estúpidos los que reclaman el adjetivo «bollera» como una palabra de uso
limitado a las lesbianas, y quien no lo sea y lo use, es que es un
cerdo falocentrista o se «apropia» de lo que no debe. No, jódete. Las
razas me sudan la polla que no tengo muy fuertemente, y el orgullo negro
me la tiene floja. La ineptitud del escribano se traduce en poesía
amarillista y fatalismo romántico que haría saltar el hígado etílico de
Bukowski, aunque él esté más puteado que El Ché. Me han preguntado más
veces si soy lesbiana a si soy feliz. Hay más interés en la alegría de
mis genitales que en el largo de mis venas. No quiero ser la prioridad
de nadie si luego se quejan cuando me voy de sus manos. Mi abuela murió
cuando tenía nueve. Me dijeron era mi culpa. Va a ser que tenían razón.
Me pica debajo de la piel y no puedo tragar saliva sin que el eco de mis
latidos resuene en mis oídos. Malditos acúfenos. La sordera debe ser
magnífica en noches como esta y en los debates políticos en los cuales
no me quise meter. Mi sueño americano no incluye dos niños, casa
compartida y un perro. Me enferma el feminismo barato y el argumento
risible de la hombría herida («¡A los hombres les mandan a la guerra y a
las mujeres no! ¡Los hombres trabajan en las alcantarillas y las
mujeres se pintan las pezuñas!»), el meme risible y los mofletes
inflados de la ira taciturna. Las tetas al aire y el grito del
heteropatriarcado opresor en pancartas proaborto. No comprendo la
inutulidad del no saber doblar un calcetín. Los niños de mamá me
agobian. El desconocimiento de la sodomización de infantes y animales me
perturba, y luego se me olvida, porque no soy yo. Me aburre Coñolandia
Happy Club y el pene erecto que tienen pintado en la frente la mayoría
de los que conozco. Me indigesta el feminazismo y que digan que no
existe. Me escupe el cerebro la pobreza mental y el complejo de loro
académico, el «sabías qué», el feed de la red social en carne y hueso.
El «me gusta» al mutismo y el anarquismo de camisetas de marca. Tengo
anorexia emocional y estoy vomitando mariposas muertas de una utopía
inexistente. Me hago la imbécil, mas no lo soy. Soy imbécil, pero puedo
pasar por inteligente. Estudios comprueban que mil de mis partes poseen
un intelecto emocional elevado, y yo me siento como un globo de helio a
punto de reventar en la estratósfera, dejando un intestino delgado a
medio colgar para la nueva vida parasitaria. No siento culpa por
refocilarme de la maternidad sagrada y la imbécil preconcepción de la
familia y la jerarquía, mas sí fastidio por la crítica del infante
recrecido. El aborto tardío podría ser sugerido en clínicas de clase
alta: si eres un inútil, empáticamente hablando, a los veinte años, la
eutanasia es la mejor opción. Me hastía la simpatía que se publicita
como algo ajeno a la hipocresía, al no esperar que el perro se de la
vuelta antes de lanzarle la piedra. Odio los relojes analógicos y la
hora capicúa. La perfección me es tan insustancial como una charla
proveganismo de algún activista con el esfínter anal ardido. Los
evangélicos me pueden chupar el endometrio, y cualquier que me toque la
puerta a las seis la mañana. Incluyendo mierdiateos. Me revuelve el
estómago el empoderamiento de la menstruación haciéndose pasar por
producto comestible y reinvindicamiento de la sangre limpia y pura, sin
solventar la histeria en lugar de naturalizarla y pedir comprensión.
Vete al coño, niña. Estar en el metro es como reventar liendres en el
cráneo que cada vez se reproducen más y liban de la blanda masa gris de
tu sesera. La introversión es una plaga que penetra cada poro y derrama
plasma amarillento desde el hiponiquio de un dedo medio, en plan
Terminator. No comprendo a los que suben tres pisos en ascensor y luego
se quejan de estar entumecidos. El hedor a cebo humano es nauseabundo,
acompañado de nicotina es una violación a mi sentido del olfato.
Quejarse del tabú de la sexualidad censurándola es estúpido, mas
confundir el hablar de sexo con la invasión a la privacidad que nos
viene de fábrica es de pajero perdido. El lenguaje inclusivo con
modificaciones gramaticales es patético, además de un poco analfabeta.
Arrobas y e's la punta de mi... Decir que bebes pero no «toleras» que un
conocido tuyo fume es la mierda más hipócrita del mundo. Chúpala. El
aliento a café me da ganas de potar. Cálmate, pendeja. Te va a saltar
encima la vida y sus ángeles de camisa blanca y pulseras rosas. La
justificación de la violencia y la naturalidad que exuda su existencia
me deprime. El hacer daño porque sí es tan pueril como la creencia de un
castigo divino. Antes de creerte científico intensito, deberías saber
de qué carajos hablas. O por lo menos aprender a comunicarte como el
homínido que eres. Darwin estaría avergonzado de ti. Esta oligofrenia de
la normalidad comienza a oler a polvo, a guardado y obsoleto. El
pensamiento enlatado me preocupa y temo que cuando salga se haya
evaporado. No quiero podrirme en una urna si ya estoy engusanada antes
de estirar la pata. Quémenme, a mí y a todas mis muñecas. Y si no
tengo, entonces a alguien arrastraré conmigo. Soy el capitán de un barco
hundido, mas nadie contaba con que me habían dejado la ventana abierta y
que carecía de ningún del concepto de deuda moral. La delgada línea
entre elegir y aceptar me ahorca. Se me acaban los verbos libres sin el
improperio de la huelga que los coge de vuelta, que los rescata de las
manos del captor de turno. El victimismo me arquea las cejas con
palillos chinos, pinchándome el globo ocular con saña. Me reclama el
abandono y yo sólo sé responderle con una sonrisa de colmillos sin
amolar. Se me viene a la mente un chihuahua ladrando todo esto, y
solamente puedo mofarme a media mejilla. Qué bonito todo.