A mi querida, punto.

    La melancolía...

   Si pudiera darte tan solamente un hálito lejos de ella; eres una polilla deslumbrada, ojos enormes y anegados en una calamidad que nos devora a todos. Siento tu miedo y lo desconozco, Ellen. Mi pequeña rapsoda, absorbida por un averno que no puedo consolar. Pero lo siento, en mi carne, en la ternura de mi espinazo y el centro más hondo...íntimo. Yo también he pecado, —¡«pecado», qué fácil es destronarla a una del derecho divino!—, en tributo a la agonía, a la incertidumbre. 

   Si pudiera darte tan solamente un hálito de su amor; por supuesto, mis manos desbordan. Tus dedos se entrelazan con los míos, y son tan fríos como las falanges de la propia muerte.Te miro morir cuando él se aleja. Thomas, tu Thomas. Conozco esa mirada, embebida en tu devoción; ¿siento celos, acaso? Envidia, sentimientos tan ambiguos, diferentes... Mi pecho no incuba celos, mi lecho también está ocupado por él. En su lugar, es Friedrich es quien adolece mi miseria... envidia, algo tan nauseabundo e impropio de ti, de tu nostálgico mundo, aquel donde huyes cuando desaparece el zarco del cielo y cae la penumbra. Envidia

   Darías tu vida por mí como yo por ti, mas no es sino el amor de una hermana lo que corre en tus pupilas. Hay tanto cansancio en tu mirada, tu rostro macilento de tristeza.

    Si tan solamente pudiera darte un hálito de mí; de mi vida, de mi existencia. Amo a Friedrich, amo a mis niñas, amo a Thomas por amarte a ti. ¿Cómo algo tan gentil se ha convertido en la podredumbre de tu alma? Mein Schatz, recorres los pasillos como un espantajo desvíado de Dios, y no puedo seguirte ahí, a ese pequeño y sórdido lugar, a la cripta de tus pensamientos. Entre acianos y árnica cae tu cuerpo, desnutrido, agotado. Y tan sólo puedo apaciguar tu febril espíritu con trapos y esperanzas.

   Friedrich teme por mí, pero su insistencia en dejarte ir sólo astilla mi corazón. ¿Soy egoísta por hacerlo jugar con cartas marcadas, o él es un actor que maquilla nuestra verdad, por lo mismo que todos nosotros, por amor? Sonríes cuando tocas mi vientre, mi familia es tu familia. Abandonada por la ignorancia de la crueldad, aún veo a esa niña en ti. Pequeña, perdida y atormentada Ellen, cuánto quisiera poderte abrazar desde el recuerdo de esa infancia, quizás es mi condición de madre la que me hace ansiar tal consuelo, al menos. 

   La sangre se cuela por las saeteras de esta consciencia ida, un sueño, un presagio. La oscuridad. Sus manos descarnadas entretejen mis entrañas, sorbiendo sus dientes podridos, Mefístofeles. El dolor. ¿Es esto lo que ha perseguido tus pasos? La úlcera me recorre, quema, tortura. Qué ironía, mi pedazo de cielo, vocecilla afásica, que no ha sido Dios quien condene mi querer. Veo el infierno.


El jardín de las mariposas

 


«El jardín de las mariposas» es el diario de un trastornado a través de los ojos de su víctima. Maya, la protagonista del primer peldaño de esta saga, nos ofrece un giro narrativo a la emoción de la persecución, del juego del policías y ladrones, y la adrenalina que caracteriza al thriller como género. Una experiencia construida en esencialmente flashbacks con matices desordenados, mas con una diégesis que se podría considerar pulcra, da pistas frustrantes y detalladas a agentes del FBI para deshilvanar la naturaleza corrompida del secuestrador, un hombre cruento que ocupó roles desde el benefactor hasta el amante, pero desalmado al final de la historia de cada una. Entre idas y venidas de la infancia de Maya enturbiada por la negligencia y precocidad, ella comienza a narrar el horror de un jardín de muros infinitos donde ella y otras chicas con fecha de caducidad serían atrapadas, tatuadas con intrincadas alas y finalmente enmarcadas una vez los años de su juventud acabase y estuvieran listas para ser cosechadas. Un invernadero para un fetichista del dolor. La dicotomía de la depravación y la resignación a una predilección enferma comienzan a enraizar en Maya una vez se convierte en la favorita de su captor, que decide compartirla, entregarla y protegerla del hijo de él, sexualmente degenerado, en un círculo de premio y castigo donde era acogida en el consuelo de su depredador si el hijo de éste la rompía. Con el reloj corriendo en su contra y con todas las chicas aceptando su final según cumplían años, la más pequeña, secuestrada cuando niña y decorada con el privilegio de no ser corrompida debido a sus deficiencias intelectuales, muere en el jardín, dejando al jardinero y a sus mariposas destrozadas, ofreciendo un pequeño y efímero atisbo del «amor» de él por ellas como sus presas. Sin embargo, sin entenderse con claridad si fue producto del encierro y el proceso de moldeamiento sexual, Maya se encuentra ahora enamorada del hijo menor del jardinero, a quien comienza a ser compartida. Descubre en él, que descubrió el secreto de la casa del horror de su padre por accidente, y que es convencido de guardar silencio a cambio de disfrutar de las mariposas, entregándose también a un sentimiento más allá del deseo hacia Maya, de quien, regresando al presente de sus recuerdos, dependerá su vida y libertad una vez cuente su historia tras la destrucción del jardín. 

Con una sordidez que podría encontrarse en narrativas más oscuras, como en las de Thomas Harris, y un esencia poética que convierte los diálogos de Maya en una declaración libre de aflicción y llena de cansancio, con un criminal que desde el inicio sabemos atrapado, Hutchinson entrega un libro que persigue tras ser culminado. 

panqueques

 


me como los panqueques quemados. 


los primeros panqueques nunca salen como deben; demasiada azúcar, demasiada leche. hay demasiado de algo. de mí. 


por eso me los como. 


mientras todos esperan su ración, yo borro los rastros de vainilla caramelizada y grumos de azúcar. si dejara un rastro, nadie me encontraría igual. 


trago. es amargo, duro, denso, crudo. se deshace en mi boca como hollín, quedándose entre mis dientes flojos. en el plato dejo los más bonitos; los esponjosos, suaves, los que recuerdan al hogar que no hemos tenido. 


me como los panqueques malos para que no los deban ver. para que la costra negra no enturbie la imagen de la última cena juntos, siempre es la última, pero nunca termina. todos ríen, yo mastico.


mi garganta sangra, pero también me río. 


hay sepsis en mi boca. 


la fruta podrida también puede hacer mermelada. me como las fresas feas, las de los gusanos. la pieza mohosa del pan. todos respiran, yo me atraganto.


aunque dejara un rastro de azúcar, nadie me buscaría. 


nadie verá mis uñas quebradas en la sartén. no hay huellas en mis dedos. 


la bilis tiene una extraña similitud con la mantequilla.


mi voz es sólo un ruido más en la autólisis permanente, constante. todos comen.


no hay que discutir, hay espacio para todos. un plato de comida caliente —


todos vamos a hervir.


en esta mesa nadie parpadea y todos engullen con la boca abierta, como un pez atado a la carnada de piel.


para el momento en que todos están servidos, yo ya estoy llena. mi cuerpo está hinchado, revienta en fumarolas de pus y flores. miel. 


¿también quieres servirte un trozo?


hay larvas en la harina.


tú no las ves. 


alguien se ahoga. 


yo sonrío.


no te preocupes, siempre me como los panqueques quemados.