Y nos tocó aprender a esperar.
Sin sol, ni lluvia, ni oxígeno.
Con los caminos torcidos y sin saber alzar la cabeza.
Y hubo dolor.
Y náuseas.
Y miedo.
Un día se convirtió en seis años.
Años larguísimos.
Alguien me dijo que mi cuerpo estaba tan marchito como lo que escribía.
Sucio de sangre y hematomas y arañazos y cicatrices.
Y le creí.
Pero es la muerte quien amamanta a las flores.
Y yo elijo las espinas.
