Ojalá te enamores de él. Y lo digo en serio, ojalá, desde tu más profundo suspiro y lamento, logres enamorarte de él. Que te ponga su voz y no la tristeza con la que te conocí, que te tape la boca con su ansia y que no sea el mutismo lo que empañe el espejo de tu tocador por las mañanas. Sé lo que odias despertar y no saberte esperada, lo mucho que te asusta ver el cielo desde arriba y no tener dónde caer. Que te escuezan las rodillas de haberte corrido el labial sangre atrás de una puerta y de haberte corrido tú. Ojalá que te enamores, que te lo creas, que te lo repitas cada día y cada noche y cada vez que lo mires a los ojos y te des cuenta que él no se lo cree tanto como tú. Y que esa astilla que es la duda te guiñe con el cinismo de saberse tu dueño. Y que tus manos estén seguras de dónde agarrarse, no vaya a ser que te fallen las piernas cuando quieras volver a correr. Que te palpite todo dentro cuando lo esperes fuera y que sea esa la excusa de tu insomnio. A ti, que estás tan acostumbrada a las despedidas sin remitente, a tragarte los miedos y las ganas, a pedir perdón sin sentirlo en el pecho, te deseo que te enamores. Que lo ames. Que lo anheles. Que lo esperes. Y que te des cuenta que no es suficiente.
Que cuando sus dedos pidan permiso para subir tu falda, pienses en los tuyos bajo la mía. Que esa felicidad profane tu eje como tantas veces como veces santiguaste con tus uñas los hilos de mis uniones. Que te rías hasta llorar y te des cuenta que no puedes detenerte, que es demasiado tarde y que no puedes regresar al campo que marchitaste huyendo descalza esa tarde. Que cuando sus huellas tracen la circunferencia de tus pechos, el corazón se te encoja y te salte y te duela y sientas tanto, jodidamente tanto… pero que no sea suficiente. Que los satélites de tus pecas pierdan su órbita y colisiones contra la memoria de tu ropa sobre mi silla y mi ropa sobre tus trazos y todo lo nuestro en el corredor. Que al beber de su boca te sientas ahogada y aun así sedienta. Que te hierva la sangre y tus manos sigan heladas aunque te las sostenga tan fuertemente que sientas te vas a partir. Y que quieras sonreír y te sientas tan equivocada, en la cama tan equivocada, en el momento tan equivocado. Enamórate, adelante. Porque podrás. Y te lloverá a las diez, a las doce, a la una, y tendrás la tímida madrugada a cambiando mareas a tus pies como quien cambia de canción para no acordarse de quién se la dedicó. Pero te acordarás. Y su ojo se clavará en ti y hallará una coraza de mujer, una extraña que arrojó el corazón en una maleta y lo dejó en el andén. Por cobarde.