Desiderata.



—Te noto más contenta. 
—¿En serio?
—No, pero no has escrito más. Menos triste sí debes de estar. 

Risas. Cómo escuece el cinismo cuando lleva una dosis de acertada verdad. Sigue sin ser del todo cierto, aún así. He escrito en mis más profundos e idílicos momentos de euforia. Lo que sucede es que no lo he hecho en el teclado o en el papel, lo he hecho en bocas, en nudillos magullados, en código de lunas marcadas en las palmas de mis manos por apretar los puños hasta enterrarme las uñas en la suave almohadilla que protege mi línea de vida. Cortada. Intermitente. Una requisitoria sin público. 

La miseria no es algo inherente a la inspiración, aunque un pájaro azul nos seduzca desde el fondo de una botella-alcantarilla y la mugre de las calles se torne en la resina preferida de nuestras deducciones y vicios, en nuestro campo de juegos. Un arenero lleno de hojillas y agujas usadas. Yo no tengo pájaros, desconozco el trinar de esas avecillas cautivas, de esa añoranza... Yo tengo buitres, domados, leales. Sus plumas resplandecen en el verde óxido de la sangre seca, putrefacta. Los alimento con semillas de girasol porque, como el ama, son bestias contra naturam.

El psicólogo me dijo que no dejara de escribir, que hacerme la muerta no iba a matarme de verdad. Difiero, pero tampoco tengo las fuerzas para desobedecer. No conozco de grises. No hay puntos medios en mis caprichos. Soy alguien de excesos y es por eso que son indigna del abrazo bautista, del perdón, de la calma; esa falsa calma antes de la tormenta, antes de mí. Eso no existe. Es el Ratoncito Pérez que no vino a limar mis colmillos antes de morderme yo misma la yugular. Las monedas tuve que ganármelas de rodillas sobre canicas porque la cabeza no me encajaba en el cojín de la recepción del consultorio. Libo de mi propio dedo y amamanto mi propia inclemencia; debería dormir más, que sí, que lo sé. Y quiero. No resulta. 

«Respira... aguanta... dime si te duele, ¿no? Respira otra vez...» Hay un parásito en mi estómago que vibra cuando la enfermera clava sus pequeñísimos ojos café en mis vacíos, a la vez que hunde sus dedos de látex cáustico sobre mi ovario derecho. Gimo, pero me alivio arrancándome la piel dentro de las mejillas hasta que comienzo a sentir el metal correr bajo mi lengua. Me pregunta si no pienso tener hijos. Que lo mismo no voy a poder. Mi útero ha de ser un acuario translúcido que apenas retiene el calor de la impotencia, como para poder germinar algo que no sea más desidia. Nuevamente me pregunta si me duele —qué amable es, más que la mitad de las personas que han tenido sus manos sobre mí— y se me ha olvidado el qué. Le digo que no, pero no estoy del todo segura. Tampoco importa ya. 

No hay paleta de consolación, aunque a mí también me están sangrando las encías como a la nena de al lado. Somos lo mismo. Los pies no me llegan a los zapatos, la sensación me resulta familiar.  la nena sigue en su mundo, sollozando. Yo no puedo revolcarme en el piso y llorar. 

Pero puedo alquilar(me) a quien sí me socave, por mí.