Antes de la aceptación, el asco y el remordimiento. He tratado de dejarlo veintisiete veces, exactamente, este año. Afirmo no resentirme por los cambios, por los saltos atrás. Podría argüir que lo he intentado, que lo que vale es eso, el querer más que el conseguirlo. La culpa asciende en volutas de escarcha y yodo que no acaban por sellar las medialunas de este prado seco, infecundo, quemado con nicotina. Mentiría si dijese que no me embarga un sentimiento de seguridad y consuelo al arrancar las costras de sangre e histamina de mis uñas. Me he dejado crecer las uñas por siete años, desde entonces no las he usado cortas otra vez. Los ojos, la atención de cada uno se desvía a ellas y a su funcionalidad antes de a lo que hacen en mi piel. Mi asquerosa piel. Eso está bien, no quiero que nadie la vea. No quiero que nadie sepa de ella, pero es lo que me envuelve y es tan jodidamente imposible ocultarlo del todo que cada día es una competencia más donde debo llegar antes de la erupción y las irritación y la desgracia de hallarme con una imagen totalmente distinta a la que había en el espejo de mi polvera. De toparme con el yo tan diferente y mucho peor que el que ya conocía reflejado en las yemas grasosas de un espejo en un baño público. ¿Siempre me vi así? ¿esa estúpida mancha, ese arañazo, esa línea vena dilatada y palpitante... siempre estuvo ahí? No. Pero he vuelto a perder la carrera, han aparecido antes de que pueda siquiera lavar mi cara por la décima vez en las últimas seis horas. La primera vez que dejé que alguien tocase mi espalda, voluntariamente, temblaba. Mi corazón estaba escondido en alguna parte entre mi tráquea y mi lengua seca de palabras más que las que rondan siempre en mi cabeza cuando alguien intenta acariciarme: vas a sentir asco. Vas a sentir asco como lo he estado sintiendo durante los últimos dieciocho años de mi vida, salvando tres porque el cerebro de una mocosa permanece aún aislado de una verdadera consideración personal sobre su imagen y (no) semejanza al entorno que la rodea. Pero ese mismo entorno la educa, hace que se percate de que algo no está bien y ese algo es ella. Es ella. Es ella y esas asquerosas llagas en las manos, esas burbujas que salen de la nada, esos repulsivos granos que por años llamará acné, aunque nunca haya sido eso, pero es la única forma de adjudicarle el sufrimiento a una etapa de la vida, es la única esperanza de que en algún momento mejorará, que será sana, digna, limpia. El tiempo pasa, los años no han curado nada porque no es una etapa, es una enfermedad y así es como funcionan las cosas: naciste, la sufres, vives con sus consecuencias. Vives con el constante miedo de sorprender a un cúmulo de pecas aparecer un momento y desaparecer al otro, con la culpa de ser «engreída» al no poder ir de una esquina a otra sin una sombrilla. Ellos piensan que simplemente no quieres dejar esa perfecta piel blanca que tienes porque eres un complejo con patas. Y lo eres. Pero no por el color de tu piel o porque quieras mantenerlo. Hagas lo que hagas, las marcas seguirán ahí; cada prenda, cada movimiento, cada vez que siquiera cruces las piernas por más tiempo del sugerido. Tampoco deberías mostrar las piernas, esas piernas gordas y deformes. ¿Qué son esos puntos rojos? ¿por qué no pruebas depilarte? Tienes una piel tan bonita... Esa boca desborda tanta verdad como cinismo. Límpiate más. Aséate más. Usa más jabón. No uses maquillaje, el maquillaje empeora todo. Si lo usas, por otro lado, es como si no aceptaras lo no suficientemente buena que eres. Tampoco puedes prescindir de él, te verías como la desgracia con ojeras que eres. Saturno podría llover ahí. ¿Has intentado lavarte mejor? He frotado tantas veces mi cara que se me fue prohibido, pasé de aclarar la espuma del jabón a aclarar trozos de piel enteros, irritados, mutilados, en un charco rosado de agua oxigenada y la crema de turno. Horadar con pinzas se ha convertido en un buen hábito. Toma más sol. Eres alérgica al sol, nada se resuelve. Te ves tan pálida hoy. No me veo, lo soy. Soy esto, y la misma persona que alguna vez me hizo sentir segura en mi propia piel acabó desmoronando la pequeña dulzura que había podido sentir por mi propio cuerpo recordándome que podía tocarme porque me quería, porque era asqueroso. Asquerosa. Podría contar cada uno de mis cabellos que aún habrían vacantes para cada vez que he escuchado un adjetivo similar para referirse a la situación política, al la frontera violentada que es ahora mi abrigo de carne. Una frazada venosa que rememora a la Navidad, entre cables, puntos rojos y azules que se encienden y apagan con intermitencia al ritmo de un villancico en el que no quiero cantar, pero me veo obligada a participar con una mordaza en la boca. Soy una espectadora más, un turista sin voz dentro de mi propio cuerpo. Este cuerpo. Este maldito cuerpo. Hay días en los que todo cambia. Hay momentos en los que las protuberancias, las heridas, las marcas, desaparecen. Salen de paseo y no regresan por un par de días. Le puse un nombre a esos días: los días de paz. Son los días donde no escucharé más preguntas. No seré observada. No seré intimidada. No seré referida a un nuevo medicamento o este a mí, a alguna bebida espirituosa, a algún consejo de belleza. La piel no tiene por qué ser lisa, te dicen. Tienes más cosas con las que sentirte a gusto. Pero los comentarios reptan como gusanos por tus piernas, devoran tu carne y llegan a tu cerebro, carcomiéndolo con una lentitud tan desesperante como la sensación de atragantarte con esas dos lágrimas que se sienten como si una avalancha húmeda y densa tapiase tu pecho y no te dejara respirar. Entonces me cubro. Me cubro porque de no escuchar por qué mi piel mejoró, se me será cuestionado por qué no lo ha hecho. Depende de mí. Es el estrés. Es el no dejarla sanar. Y si no es el estrés, es no dejar que mis poros respiren correctamente, mas si así les permitiese, se contaminarían, me contaminaría. Estoy sucia, pienso. Sigo sucia. He estado sucia por los últimos diez años de mi vida y no hay nada que pueda hacer al respecto, porque no importa qué tanto talle, arranque, queme, blanquee, desinfecte, exfolie o extirpe, las heridas siguen ahí. Como pequeños botones de rosas que mueren antes de siquiera nacer y se pudren bajo mi dermis, dejando estacas de carne inflamada y sangrante que se adhiere a las mangas de mi ropa, esa ropa que es demasiado pesada para el verano, pero que debo usar porque sino sería vista. No puedo ser vista. Estas ampollas, estos mordiscos, estas picaduras que yo no he hecho serán vistas como algo que yo sí he hecho, porque es bien sabido que estoy enferma y que soy capaz de hacerlo. No lo hagas, M. No te quemes. No te cortes. No te infectes. Pero no he sido yo. Juro que no he sido yo. Mañana lo seré, porque no haría diferencia una cicatriz a otra y al final no será más repulsivo de lo que ya es el asomarse por los tirantes de mi sujetador y ver caminos tallados a pulso por el simple hecho de haber sido tocada por una tela que no debía tocarme. Entonces los días de paz acaban, y yo intento volver a ellos. Me grabo con fuego que todo está bien, que estoy limpia, que no hay nada que arreglar. Me atrevo, incluso, a alzar la cara. Pero no es suficiente, alguien se ha dado cuenta. Hoy me sentía bien, me sentía aceptable, pero esa persona, esa que me ve todos los días, se ha dado cuenta. Joder, M. Cuánto chocolate has comido, mira cómo tienes la cara. Sonrío ante la broma, entre la inercia y el condicionamiento que he impuesto sobre mío naufrago en un silencio que acaba por ser suficiente para la retirada del observador que narra la guerra que se ha armado entre mis ojeras, mis malditas ojeras, y los cráteres de hierro que maquillan mis mejillas gordas. No he comido un chocolate en cuatro meses, pero está bien. Está bien. El cien por ciento algodón de mi espalda ha amanecido luminoso, suave, incluso merecedor de afecto. Pero algo pasa. Cuando me abrazan ya no es así. El algodón crece, explota, revienta, mutila. Soy un campo de minas antiyo que ya no puede ser purificado hasta dentro de veintitrés días, cuando los días de paz regresen, o eso dice el calendario que metódicamente he armado, el que sigo con la devoción con la que cada hematoma, cada arañazo, cada cortada, es colgada en un cartel de se busca para el amante de turno. Abogo a la indiferencia, al placebo de la seguridad que vende el no hacerte saber al mundo, de rondar cual satélite accidentado, flotar sobre la realidad. Procuro no escucharlo, pero lo hago. La ansiedad me sonríe ladina, parasitaria como es. No hay más salida sobre esta cuita que asimilar, ceder a la ebriedad del daño, del desgarro intencionado. Y las palabras se siembran en mis oídos como hiedra ponzoñosa que se alimenta de mis sesos y regurgita una convaleciente gama de palabras que no me ofrece más que la respuesta a la pregunta que ya no me hago. No me pregunto por qué hay miradas sobre mí porque ya no tengo las uñas largas y no hay nada que desvíe la atención de mi rostro sonrojado, aunque no haga calor. Me veo tan bien sonrojada. Tan bien como se vería una cataplasma de óleo caducado sobre el arrugado lienzo usado de un retrato en el que nunca podré dibujarme porque no puedo simplemente sentarme a contemplar el escenario que conforma mi mentón, que hace unas horas era tan impoluto como un trozo de lino, destrozado por dos horas de diversión con el mundo exterior. No es la belleza de esta piel lo que añoro, sino el sosiego de no ser contagiosa, de no ser la náusea que se propaga en la boca del beso que espero por años y rechazo al saberme estorbo, saberme sucia. Porque tarde o temprano será eso lo que salga de la boca que antes abra fuego contra mis defectos, que devore, que tome. Porque, cuando ya no haya nada, eso será lo que recibiré: el aborrecimiento del haberme tocado por compasión y afecto, no por ganas, sino por tramar una llegada segura a mi consentimiento. Las ilusiones se escancian. Yo me apago.