Luciérnagas.

   Todavía eres mi luciérnaga más brillante. Todavía le tengo nombre a cada una de tus pecas, y a tus muecas. Todavía sé, y siento de ti. Todavía, y no porque el tiempo falle o la angustia apremie; no porque la soledad golpee a un hueco en el costado, o el sueño baile de un charco a otro. Todavía sé, todavía espero. Tal vez ha sido larga la distancia y corta la estadía, tal vez aún sigo tocando la puerta sin decidirme a entrar, sin quedarme. Tal vez esto ya no tiene palabras pintorescas ni flores vivas, tal vez aún sigo marchitando las más bonitas. Pero princesa, nunca olvides. No olvides que no es el ego quien te dibuja, sino la esperanza de relatarte de voz a voz, de aliento a rostro, de beso a mejilla. Que no es el oportunismo ni la algarabía del nacimiento, porque para mí renaces cada día, no como el Fénix, no eres ceniza; como el pez, el equilibrio, la burbuja de viento marino. Que no es arrepentimiento ni compensación, ni halago esporádico. Que es sólo una misiva más, de muchas, de tantas que aún tengo que llevarte dentro del roído velis. No olvides, no nos olvides. Aún queda viaje, y a veces el cansancio pillará a la as ganas. Pero siempre, siempre, siempre las saltamos. Con ganas más grandes y despedidas más pequeñas. 

Te quiero, 
feliz cumpleaños.